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<rss version="2.0" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"><channel><title>Cristina Grande</title><link>http://cristinagrande.blogia.com/</link><description><![CDATA[  
]]></description><ttl>60</ttl><pubDate>Sun, 06 Jul 2008 21:19:24 -0500</pubDate><generator>http://www.blogia.com</generator><item>
<title>PULSO CARDÍACO</title>
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	<pubDate>Sun, 06 Jul 2008 21:19:00 -0500</pubDate>
<category>Sin tema</category>
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<content:encoded><![CDATA[	 <p style="margin-bottom: 0cm;" align="justify">    Dormíamos con las ventanas abiertas. Intentábamos dormir venciendo al calor y al transistor de nuestra vecina sorda. Yo pensaba en Hulk y en su ira verde. Habíamos visto la película esa misma tarde. Me daba pena la soledad de tan siniestro héroe, que tuviera que automarginarse para evitar hacer daño a los demás, que el antídoto finalmente no sólo no funcionara, sino que sirviera para crear un monstruo peor que él. Hulk hacía ejercicios de autocontrol para mantener a raya su pulso cardiaco. Varias veces, entre el final de la primavera y el comienzo del verano, yo había perdido los estribos en absurdas discusiones, y notaba entonces que las venas de la frente se me inflamaban peligrosamente. Contra ira, templanza. Cuando recuperaba la conciencia, Hulk apenas recordaba sus desmanes. &amp;ldquo;El animal que llevo dentro te ama a ti... Me vuelve esclavo de mis pasiones&amp;rdquo;, dice una canción de Battiato que también me vino a la cabeza esa noche. No podía dormir y me puse a escuchar la radio de la vecina. Por el patio entró de repente la noticia: Ingrid Betancourt había sido liberada. Me eché a llorar. Pensé en su alegría. Pensé en sus hijos, y en mi madre. Había pensado muchas veces en la Betancourt (y había escrito de ella en un artículo) desde que vi aquella foto de finales de año en que aparecía demacrada y mirando al suelo, como vencida. Todo el mundo anticipó su muerte a partir de aquella imagen. Ahora la veo abrazando a sus hijos. Sonríe. Parece recuperada físicamente, como si hubiese estado preparándose para este momento, y entiendo que en aquella triste imagen quizás estaba, como El Increíble Hulk, buscando en su soledad la manera de enfrentarse al futuro.</p><p style="margin-bottom: 0cm;" align="justify"><em>Heraldo de Aragón (Huesca, 6-7-08)</em></p>	
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<title>COSAS QUE NO SE VEN</title>
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		<description>     &amp;ldquo;La letra con sangre entra&amp;rdquo;, el boceto de Goya adquirido por el Gobierno de Aragón, se presenta en sociedad coincidiendo con el segundo aniversario del Museo Pedagógico de Aragón. No hay dos f...</description><comments>http://cristinagrande.blogia.com/2008/052001-cosas-que-no-se-ven.php#comments</comments>
	<pubDate>Tue, 20 May 2008 10:29:00 -0500</pubDate>
<category>Sin tema</category>
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<content:encoded><![CDATA[	 <p> </p><p style="margin-bottom: 0cm;" align="justify">    &amp;ldquo;La letra con sangre entra&amp;rdquo;, el boceto de Goya adquirido por el Gobierno de Aragón, se presenta en sociedad coincidiendo con el segundo aniversario del Museo Pedagógico de Aragón. No hay dos formas más opuestas de entender la educación. He visitado varias veces el Museo Pedagógico y no es la nostalgia del pasado lo que me hacen sentir bien allí adentro, sino la percepción de la bondad, entusiasmo y dedicación de aquellos maestros que creían en el ser humano. Victor Juan Borroy, como heredero de ese espíritu humanista, se pasea con la cabeza muy alta entre pupitres de madera, mapas, libros, encerados, huchas del Domun, cuadernos, estufas de leña y otras piezas que recrean aquella escuela. Leí con alegría, hace un tiempo, la edición facsímil del Libro de los escolares de Plasencia del Monte (publicado en 1936 por el maestro Simeón Omella) con prólogo del mismo Víctor Juan. Se fomentaba la imaginación, el respeto al ser humano y a la Naturaleza, la solidaridad más que la competitividad, una serie de valores (esas &amp;ldquo;cosas que no se ven&amp;rdquo; a las que se refiere Victor Juan) que nos se cultivan precisamente con el latiguillo que pintó Goya en su momento. No es que yo quiera hacer con esto un análisis del estado actual de la enseñanza, ni mucho menos, eso corresponde a los pedagogos, pero sí me gusta pensar que algo de ese espíritu permanece, que el esfuerzo de aquellos maestros no fue en balde. Cuando ayudo a mi sobrineta con las multiplicaciones, o cuando leemos su libro preferido, &amp;ldquo;Valentina en París&amp;rdquo;, deseo que ella nunca tenga que conocer látigos ni humillaciones. Me pide que le cante algo que yo aprendí de pequeña: &amp;ldquo;Cuando tú me das tu amor, una estufita es mi corazón&amp;rdquo;.</p><p style="margin-bottom: 0cm;" align="justify"><em>Heraldo de Aragón (Huesca, 18-5-08)</em></p>	
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<title>CONEXIONES</title>
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		<description>   Se ha inaugurado la novena edición de Okuparte. Huesca rejuvenece cuando el arte se infiltra en su viejo tejido urbano. Cada año se recuperan espacios y es como si una piel castigada, casi necrosada, experimentase signos de...</description><comments>http://cristinagrande.blogia.com/2008/051501-conexiones.php#comments</comments>
	<pubDate>Thu, 15 May 2008 08:56:00 -0500</pubDate>
<category>Sin tema</category>
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<content:encoded><![CDATA[	 <p>   Se ha inaugurado la novena edición de Okuparte. Huesca rejuvenece cuando el arte se infiltra en su viejo tejido urbano. Cada año se recuperan espacios y es como si una piel castigada, casi necrosada, experimentase signos de mejoría. Quizás recorramos calles que nos eran casi desconocidas y descubramos obras de arte sorprendentes mientras dibujamos nuevos trayectos, nuevas conexiones, en nuestro plano cerebral. Hace tan sólo unos días, la cineasta Chus Gutiérrez (con quien compartí mesa en Documenta Madrid) decía que todos nos alimentamos de todo en los procesos creativos, de todo lo que vemos, de otras disciplinas artísticas que nos influyen, y que hay que permanecer con los ojos abiertos. También se habló en esa mesa de la influencia de la literatura y del cine en la realidad, a veces más determinante que la influencia de la realidad en las artes. Se me ocurre, como ejemplo, la descripción que el historiador Ricardo del Arco (que murió en Huesca en 1955) hacía de la visita de unos nobles al palacio y jardines de Vicencio Juan de Lastanosa (que también murió en Huesca, en 1681). Apenas queda nada de ese palacio, ni de su magnífica biblioteca, ni de sus versallescos jardines llenos de raras especies de animales y plantas, pero las palabras de Ricardo del Arco permanecen, y con ellas un imaginario de la ciudad. He visitado varias veces el Seminario en pasadas ediciones de Okuparte, y la bellísima casa Polo, en la cual tiene ahora su estudio el diseñador Isidro Ferrer. He visto la ciudad con otros ojos, y en esos paseos con artistas vivos y muertos, con espíritus que buscan a Lastanosa, la ciudad se me mostraba más compleja, más historiada, más rica, y más moderna.</p><p><em>Heraldo de Aragón (Huesca, 11-5-08)</em></p>	
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<title>TACONES</title>
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		<description>    Las chicas bajitas ya no llevamos tacones. Ni siquiera los llevamos en el bolso, como Melanie Griffrith en &amp;ldquo;Armas de mujer&amp;rdquo;. Hillary Clinton no se pone de puntillas ni tiene que hablar sobre afilados &amp;ldquo;stilettos&amp;rd...</description><comments>http://cristinagrande.blogia.com/2008/042801-tacones.php#comments</comments>
	<pubDate>Mon, 28 Apr 2008 11:31:00 -0500</pubDate>
<category>Sin tema</category>
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<content:encoded><![CDATA[	 <p> </p><p style="margin-bottom: 0cm;" align="justify">   Las chicas bajitas ya no llevamos tacones. Ni siquiera los llevamos en el bolso, como Melanie Griffrith en &amp;ldquo;Armas de mujer&amp;rdquo;. Hillary Clinton no se pone de puntillas ni tiene que hablar sobre afilados &amp;ldquo;stilettos&amp;rdquo;. Los tacones son para las chicas altas. Para Elle McPherson, para las infantas más desgarbadas, para Bibiana Fernández, para Soledad Puértolas, para Nicole Kidman, y para mi amiga Mercedes Ventura, que compró en Estambul unas fascinantes botas de charol y taconazos de 9 centímetros. Las chicas altas ya no tienen complejo de altas. Ya no caminan encorvadas. A veces, se casan con chicos bajitos como Tom Cruise y se inclinan dulcemente para besarlos. Me acuerdo del gigante de Sallent, Fermín Arrudi, que se casó con una francesa diminuta del mundo del espectáculo. La historia de la Bella y la Bestia se estropea cuando la Bestia se convierte en un guapito de cara ante el desconcierto del público infantil. Cada uno es como es. Fermín Arrudi era un buen músico que medía 2,26 y su mujer lo abandonó. Carla Bruni no debería prescindir de los tacones, de esos tacones para chicas altas que engrandecen a quienes las acompañan, de esos tacones que, por contra, empequeñecen a la Princesa de Asturias. Las chicas bajitas ya sólo nos ponemos tacones por presumir, de vez en cuando, con gran osadía y optimismo, y acabamos la noche descalzas sobre el asfalto. Mi amiga Mercedes Ventura camina muy erguida sobre sus tacones estambulíes. Podría dormir con las botas puestas. Realzan su &amp;ldquo;magnifiquez&amp;rdquo; (que es un neologismo del artista Alfredo Cabañuz para calificar a ciertas personas de admirable grandeza). Sin tacones también el mundo es fascinante y ancho. No es cuestión de medidas.</p><p style="margin-bottom: 0cm;" align="justify"><em>Heraldo de Aragón (Huesca, 27-abril-08)</em></p>	
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<title>PRESENTIR</title>
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		<description>     Tormenteaba en Huesca la tarde del jueves. Me cubrí la cabeza con un pañuelo de seda que había comprado unos días antes en una tienda exótica de Madrid. Habíamos dejado el paraguas ol...</description><comments>http://cristinagrande.blogia.com/2008/042101-presentir.php#comments</comments>
	<pubDate>Mon, 21 Apr 2008 11:28:00 -0500</pubDate>
<category>Sin tema</category>
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<content:encoded><![CDATA[	 <p> </p><p style="margin-bottom: 0cm;" align="justify">    Tormenteaba en Huesca la tarde del jueves. Me cubrí la cabeza con un pañuelo de seda que había comprado unos días antes en una tienda exótica de Madrid. Habíamos dejado el paraguas olvidado en un armario y nos chipiamos por la calle del Parque camino del hotel. Busqué la mirada cómplice de unas mujeres musulmanas. Dice el Diccionario de la RAE que &amp;ldquo;presentir&amp;rdquo; (en su segunda acepción) es &amp;ldquo;adivinar algo antes que suceda, por algunos indicios o señales que lo preceden&amp;rdquo;. Por suerte, había puesto en mi maleta la plancha para el pelo que me regaló mi amiga Eva hace casi un año. Me gusta presentir ciertas cosas nimias. Cuando lo que presiento es algo más importante, me digo a mí misma que en realidad me estoy haciendo ilusiones. Había soñado despierta que la presentación de mi novela en la librería Anónima sería muy bonita, que Chema y Ana actuarían como estupendos anfitriones, que Carlos Castán (igual que en las presentaciones de mis anteriores libros) descubriría aspectos ocultos de mi obra, que Ismael Grasa vendría con su familia, y Pedro Vila con su mujer, que mi amor me sonreiría todo el rato para apaciguar esa eterna inquietud que nos atenaza a los de secano. A veces las cosas suceden incluso mejor de lo que habíamos soñado, con fascinantes detalles añadidos, y es entonces cuando la felicidad se convierte en un hermoso cristal transparente. Vino a saludarme un primo de María Salillas, que es una de las heroínas de estos &amp;ldquo;articulés&amp;rdquo;, y cuando le pregunté su nombre para dedicarle el libro, me dijo: &amp;ldquo;Pon sólo para Salillas&amp;rdquo;. Tomamos vino del Somontano y un espectacular queso francés. Tenía ganas de llorar, pero no lo hice.</p><p style="margin-bottom: 0cm;" align="justify"><em>Heraldo de Aragón,</em> 20-4-08.</p><p style="margin-bottom: 0cm;" align="justify"> </p>	
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<title>VERDE AUSENCIA</title>
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	<pubDate>Wed, 16 Apr 2008 00:06:00 -0500</pubDate>
<category>Sin tema</category>
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<content:encoded><![CDATA[	 <p> </p><p style="margin-bottom: 0cm;" align="justify">  Fuimos a comer a Lanaja. En el suelo pedregoso del corral habían crecido muchas hierbas desde mi anterior visita. Ese verdor inusual delataba la ausencia de mi abuela. Su ropa seguía ordenada en el armario. Varios perfumes sobre el tocador. Tres pares de zapatos a un lado de la cama. El batín de mi abuelo colgado de la percha de árbol, casi petrificado. No me atreví a tocar nada, ni siquiera la chalina de seda de mi bisabuelo que antes solía anudarme a modo de corbata. En el jardincillo interior, noté la desaparición de unos helechos que mi abuela trajo sin querer en sus botas de montaña, hace más de treinta años. Nunca quiso arrancarlos. Le parecía un milagro lo de los helechos espontáneos en la tierra monegrina. La hacían sonreír. El níspero que una vez había plantado (y que salió de una pepita) estaba cargado de frutos. Seis o siete gatos medio salvajes huyeron al comprobar que quizás faltaba entre nosotros una oscura silueta. María Salillas me habló más tarde de unos tulipanes negros que mi abuela compartió con sus vecinas. Yo traje de Holanda, sólo para ella, aquellos extraños bulbos. A mi abuela le gustaba lo raro. Fumaba cigarrillos turcos. Todos eran rubios a su alrededor y ella, sin embargo, por llevar la contraria, se teñía el pelo de negro negro (negro ala de cuervo). Ya hace dos años que murió. El verde de los campos, los olivos esplendorosos después de la última poda, el tomillo en flor, las humildes rabanizas que crecen entre las vides, el romero y la ontina con que nos frotábamos los dedos, todas esas cosas, incluso el recuerdo de los tulipanes que no salieron del todo negros, me pusieron ligeramente triste. María Salillas me regaló una hermosa cala blanca.</p><p style="margin-bottom: 0cm;" align="justify"><span style="font-size: x-small;">Heraldo de Aragón (Huesca, 13-4-2008)</span></p>	
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<title>RECUERDO (CREO)</title>
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		<description>   Vivíamos cerca de la plaza de San Miguel en el invierno de 1985. Solía apearme del 40 junto a una carnicería equina, donde ahora hay una tienda de telefonía. Tenía un bonito cartel de madera en la facha...</description><comments>http://cristinagrande.blogia.com/2008/041101-recuerdo-creo-.php#comments</comments>
	<pubDate>Fri, 11 Apr 2008 09:03:00 -0500</pubDate>
<category>Sin tema</category>
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<content:encoded><![CDATA[	 <p>   <span style="font-size: small;">Vivíamos cerca de la plaza de San Miguel en el invierno de 1985. Solía apearme del 40 junto a una carnicería equina, donde ahora hay una tienda de telefonía. Tenía un bonito cartel de madera en la fachada, creo recordar, con una cabeza de caballo pintada de perfil. Siempre me quedaba mirando al interior y siempre la veía vacía, como nuestra nevera. Los domingos no había tiendas abiertas, sólo el asador de pollos de la plaza de San Miguel. Hacía muchísimo calor allí adentro. Las esperas habrían sido más llevaderas de haber sabido que en esa casa, quizá justo sobre nuestras cabezas, había vivido Goya entre 1768 y 1769. Pero eso lo descubriría José Luis Ona unos años más tarde, cuando ya nos habíamos mudado al barrio de la Magdalena. Y descubrió otras casas del joven Goya en el Coso Bajo (números 128 y 132), y en la plaza de San Pedro Nolasco. La casa de Goya en Burdeos estaba cerrada cuando fuimos a visitarla. Tampoco vi a mis parientes bordeleses aquel calurosísimo día de julio de 2003. La carnicería equina desapareció hace tiempo. Me dio un poco de pena, creo recordar, aunque nunca llegué a entrar en ella. Estaba justo frente a la casa de balcones vencidos en la que vivió Goya. La única de sus casas zaragozanas que sigue en pie. Apuntalada y con goteras, pero sigue en pie. Tiene dos balcones por planta, visiblemente inclinados todos ellos hacia un eje imaginario que partiría en dos la casa. En la planta baja, los pollos dan vueltas y vueltas, y nunca terminan de asarse. Ya no hace tanto calor allí adentro. Junto a la puerta del asador hay una discreta placa de metacrilato que recuerda a Goya, y que a mí, no sé por qué, me habla de las extrañas conexiones de la memoria.</span></p><p style="margin-bottom: 0cm;" align="justify"><span style="font-size: x-small;">Heraldo de Aragón (febrero, 2008)</span></p>	
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<title>AVANCE DIGITAL</title>
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		<description>       Un día sin periódicos es un día extraño. Como un apagón de los de antes. Consulto la cartelera en internet. Ya no puedo vivir sin internet. Sin mi portátil. Ya no soy capa...</description><comments>http://cristinagrande.blogia.com/2008/032401-avance-digital.php#comments</comments>
	<pubDate>Mon, 24 Mar 2008 11:33:00 -0500</pubDate>
<category>Sin tema</category>
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<content:encoded><![CDATA[	 <p>       Un día sin periódicos es un día extraño. Como un apagón de los de antes. Consulto la cartelera en internet. Ya no puedo vivir sin internet. Sin mi portátil. Ya no soy capaz de escribir a mano, me cuesta una barbaridad. Poco a poco se ha ido resumiendo el callo del dedo corazón de mi mano derecha de estudiante. No soy, sin embargo, de las que bajan películas ni música en el ordenador, quizás es que siempre he estado un poco desfasada dentro del mundo de la tecnología. En una de aquellas cintas de noventa minutos grabé hace más de treinta años una cena navideña. Me sentía orgullosa dándole a las duras teclas del primer magnetofón que hubo en mi casa (un Hitachi comprado en Canarias). Teníamos entonces un tomavistas que nadie sabía hacer funcionar. Mi padre lo había intentado varias veces y se había puesto de muy mal humor. También recuerdo que pasé días intentando averiguar cómo se ponía el despertador de dígitos rojos traído posiblemente de Andorra. Hay gente que vale para esas cosas, o para inventar maquinetas alucinantes sin las que el mundo se paralizaría. El IX Congreso de Periodismo Digital va tratar de la importancia de la imagen en la red, los youtubicos y esas cosas. Imágenes en movimiento, ad infinitum. Guardo como una reliquia mi primer teléfono móvil (mi zapatófono), que hacía reír a los avanzados en nuevas tecnologías cuando me resistía a cambiarlo por un modelo con cámara y más pequeño. La era digital es un milagro, un gran misterio para mi cerebro analógico. Siento una extraña alegría viendo la pagineta web de Mariano Gistaín: ajenas a la mirada del pionero, siete monjas capuchinas de Barbastro se concentran en sus misales y en sus rezos.<br /></p><p>Publicado en Heraldo de Aragón (Huesca, 23-3-2008) </p><p> </p>	
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<title>ALMENDRICOS</title>
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	<pubDate>Tue, 18 Mar 2008 13:11:00 -0500</pubDate>
<category>Sin tema</category>
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<content:encoded><![CDATA[	 <p style="margin-bottom: 0cm" align="justify"><font size="3"><font face="Times New Roman"><font color="#000000">    Marzo mayea y me dicen que ya se han helado los almendros. Año tras año me asombra la ingenuidad e imprudencia de los frutales que florecen antes de tiempo. Mi abuelo se disgustaba enormemente cada vez que comprobaba que tampoco ese año cogería ni una almendra. Hablaba entonces de arrancar aquellos estúpidos árboles y sembrar cebada en su lugar. Pero nunca lo hizo. Su almendrar era como un hijo díscolo por el que sentía debilidad. Con la comida en la boca, y mi abuela a su lado, o bien él solo, recorría contra el cierzo los siete kilómetros que distan del pueblo al almendrar. Se detenía un poco antes de llegar para contemplar de lejos su belleza en flor, o para tomar aliento presintiendo que la noche de Viernes Santo los almendricos habían sucumbido bajo el cielo raso. Todos tenemos debilidades. La gente de orden quizás pueda permitirse grandes debilidades. Fatídica Semana Santa. Arrancar el almendrar habría sido como echar de casa al hijo díscolo y encantador que siempre suscita zozobra. Mi madre heredó esa finca. Asumió esa herencia ruinosa con cierta resignación. Nunca se atrevería a arrancar esos árboles y ni siquiera se atrevería a vender (porque &amp;ldquo;el que vende acaba&amp;rdquo;, decía siempre mi abuelo). Para mi madre, que no sabe nada de agricultura, el almendrar es un símbolo. Ella y sus hermanas plantaron de niñas algunos de esos ingenuos árboles, que siguen empeñados en comportarse como jóvenes impetuosos a pesar de haber pasado más de sesenta años. Son de una variedad (desmayo, creo) del todo inapropiada para el clima de los Monegros. Habría que injertarlos, o arrancarlos, mejor. Pero ahí siguen, para recordarnos algo, algo escrito en un lenguaje indescifrable.</font></font></font></p><p style="margin-bottom: 0cm" align="justify">Publicado en Heraldo de Aragón (Huesca el 16-3-2008)</p><br />	
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</item><item>
<title>CAPITANAS DEL CIERZO</title>
	<link>http://cristinagrande.blogia.com/2008/022501-capitanas-del-cierzo.php</link>
		<description>    Fuimos en busca de capitanas. Víctor Forniés me había pedido que participase en el documental &amp;ldquo;La voz del viento&amp;rdquo;. Me acordaba de un paraje cercano a Monegrillo donde hace unos años fotografi...</description><comments>http://cristinagrande.blogia.com/2008/022501-capitanas-del-cierzo.php#comments</comments>
	<pubDate>Mon, 25 Feb 2008 00:19:00 -0600</pubDate>
<category>Sin tema</category>
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<content:encoded><![CDATA[	 <p>    Fuimos en busca de capitanas. Víctor Forniés me había pedido que participase en el documental &amp;ldquo;La voz del viento&amp;rdquo;. Me acordaba de un paraje cercano a Monegrillo donde hace unos años fotografié esas extrañas plantas de color grisáceo. Estaban amontonadas, detenidas contra una valla metálica que rodeaba un viejo molino de viento. Se las llama capitanas por sus espinas en forma de estrella. También se llaman volanderas, o barrillas. De sus cenizas <span style="background: #ffffff 0% 50%">se</span> extraía la sosa necesaria para la fabricación del cristal. A veces, los días de cierzo, cruzan la carretera sin mirar, como manadas de bestias enloquecidas, o en solitario, de forma casi pesada, en busca de un imaginario cementerio <span style="background: #ffffff 0% 50%">de</span> elefantes. Su nombre científico es Salsola Kalis. Lo que más me gusta de ellas es que después de muertas, después de rodar y rodar empujadas por el viento, pueden volver a echar raíces si encuentra un lugar propicio. El cierzo soplaba con fuerza durante el rodaje. ¿Puede alguien filmar el viento? ¿Dónde buscarlo? ¿Cómo? ¿Qué se esconde en las películas que vemos o en los libros que escribimos? ¿El viento que azotaba contra nuestras caras? La ayudante de producción me ofreció unas <font color="#000000">horquillas </font>para sujetarme el pelo. Las aspas amarillas del molino emitían un quejido metálico que recordaba a las extractoras petrolíferas de la película &amp;ldquo;Gigante&amp;rdquo;. El sonidista se desesperaba. Ninguna capitana rodó ante la cámara. Seguían detenidas junto a la valla, como espectadoras de esos secanos que a George Orwell le parecían &amp;ldquo;grises y de superficie arrugada como la piel de un elefante&amp;rdquo;. Las capitanas mueren. Algo las empuja, hasta que se quedan quietas y renacen. Silenciosas, cuando el viento cesa.</p><p> Publicado en Heraldo de Aragón (Huesca, 24-2-2008)</p>	
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