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Cristina Grande

PUKINUKI

¿Qué tiene la palabra gratis que no acaba de gustarme? Por más que la publicidad se empeñe, soy de esas personas que han heredado el gen de la desconfianza más recalcitrante. En Madrid te ponen algo de picar cada vez que pides una caña, bien unas patatas de bolsa, bien unos frutos secos que acabas comiendo sin ganas, bien unas mini croquetas congeladas que suelen quedarse en el plato, y a mí no me gusta esa costumbre que casi te obliga a comer algo que no has pedido, que normalmente es de ínfima calidad. Si me apetece tomar algo, prefiero ir a un bar de tapas y pagar por las que yo elija. Las cosas gratis que regalan las revistas de moda, bolsos, echarpes, qué se yo, acaban en algún armario porque te da pena tirar cosas por muy inútiles u horrendas que sean, así que ahora busco publicaciones que no regalen nada, pues quizás ese dinero lo inviertan en mejores artículos o colaboraciones. Lo mismo me sucede en los hipermercados: el 2X3 ó 3X4, o lo que sea, me ponen nerviosa, prefiero elegir los productos por otras razones aunque sean tan banales como un envasado atractivo o una especificación clara de sus características. Y no me creo un bicho raro, sólo creo que no hay nada gratis en la vida y me gusta pagar a tiempo. Llaman a la puerta de casa, es un tipo que dice ser del gas y me pide un recibo para aplicarme un 10% de descuento en la factura. Le digo que no tengo gas. Un minuto después, oigo que mi vecina de rellano le suelta la misma mentira, que su caldera no es de gas, y amablemente lo despide.

HERALDO DE ARAGÓN (23-12-09)

FLORES

Hace tan solo unos días, un dibujo de Joaquina Zamora se pudo adquirir en un subasta madrileña por la cantidad de 80 euros. Se trataba de unas flores y la obra fue comprada por un coleccionista aragonés de Luesia que en otra ocasión se hizo con otras flores, muy bellas, de la también aragonesa Mª Luisa de la Riva. Era difícil en tiempos pasados, y lo sigue siendo (un poco menos), ser artista y ser mujer, aunque muchas de ellas se vieran abocadas a pintar flores y bodegones que, personalmente, me suelen fascinar y cada vez aprecio más. Las que conseguían afianzar su carrera y no cejar en el empeño de seguir cultivando su arte, desarrollaban con los años un carácter al menos poco convencional. Es lógico. La mayoría de los artistas, además, por el hecho de serlo, suelen tener poco conocimiento de la realidad más inmediata, más vulgar. Que Joaquina Zamora hiciese mal sus cálculos para la que sería su fundación, me parece normal. Y hasta casi me parece normal que Pilar Burges, de la que conocemos algunas de sus peculiaridades, se mostrara tan exigente en su testamento. El legado de estas pintoras, además de su obra, que a todos nos gustaría poder contemplar en un espacio apropiado, será la idea de que el arte está por encima de muchas cosas, esas cosas que al final estorban al artista, le lastran y le amargan la existencia. El pintor Cabañuz de Portugal fue al funeral de Pilar Burges. No la conoció en vida, pero la admiraba y había comprado, también en una subasta, un paisaje con árboles pintado por ella en 1975. Veo ese paisaje, oscuro e inquietante, y pienso que quedaría muy bien junto a las flores de Joaquina Zamora.

Heraldo de Aragón (8-12-09)

AÑORANZAS

Hay una nostalgia que no está vinculada a los recuerdos, al menos a los recuerdos propios. Me refiero a la nostalgia, o quizás añoranza, de la tierra. Lo vi en la Casa de Aragón en Madrid, donde Pilar Castel, vicepresidenta de la Asociación, nos contó que ella en realidad nació en Madrid. Sus padres eran aragoneses, de Villarluengo, pero sus nietos ya poco tienen que ver con la tierra de sus ancestros. Aun así ella, madrileña universitaria y mujer de acción, habla de Aragón con un amor que sólo puede ser heredado y cultivado después con mimo. Su hija y su yerno son los encargados de mantener actualizada la página web de la Casa. El concepto de destierro, a la manera medieval, ha quedado desfasado, ya nadie sufriría hasta la muerte por eso, pero sigue habiendo pequeños destierros cotidianos. Los Aves Madrid-Zaragoza van siempre llenos y lo primero que dicen por sus móviles los viajeros es “Acabo de salir de Zaragoza”, o de Madrid, o pasando por Calatayud. Cuando estás continuamente de aquí para allá parece importante el poder ubicarse en cada momento, pero tengo la sensación de que ya no importa tanto de dónde eres, sino de dónde vienes. Recuerdo a Gaspar Cabañuz, que después de toda una vida en Buenos Aires seguía añorando su Huesca natal, donde ahora reposan sus cenizas. Debe de ser muy difícil pasarse la vida anhelando otro lugar, otra vida quizás, sin embargo observo una fortaleza excepcional en esas personas que no dejan de tener un punto de extravagancia, una cierta insubordinación a las circunstancias que les tocan. En la Casa de Aragón en Madrid hay un emparrado bajo el que sentarse a beber vino de la tierra, solo o en compañía, aunque ya haga frío.

HERALDO DE ARAGÓN (1-12-09)

CON EL TIEMPO

Pasado el tiempo, lo que en un principio parecía una desgracia puede llegar a convertirse en una bendición aplazada. Es algo que sucede bastante a menudo, cuando miras atrás, y recuerdas tantas lágrimas derramadas en balde. Vimos en Periferias una actuación callejera de la mítica Esther Ferrer que consistía en algo muy simple: con un rollo de cinta aislante (de la que usan los electricistas) y sus propios pasos sobre la cinta pegada al suelo, la artista iba diseñando un camino de funámbula improvisada. El trazado resultante no era recto. Como en el rastro de los caracoles se notaban las vacilaciones, los parones, los obstáculos sorteados, y sobre todo la larga distancia que puede llegar a recorrerse casi a lo tonto, sin darte cuenta. Me siento con mi madre y con mi hermano tras las grandes cristaleras de una cervecería. Brindamos por la medalla que mi madre recibirá en unos días por sus veinticinco años de colegiación en Zaragoza. Dice mi madre que entonces se sentía vieja para empezar una nueva vida (ya llevaba veintiséis años de farmacéutica de pueblo) pero que la temeridad le hizo seguir adelante. Mi hermano y yo teníamos poco más de veinte años cuando hicimos juntos la primera guardia nocturna. Más tarde mi hermano se hizo cocinero. Trabajó durante años en un restaurante cuya cocina solía estar a más de cincuenta grados. Cuando casi se seccionó un pulgar cortando un chuletón, nos pareció una desgracia, pues para más inri decidió entonces abandonar ese puesto de trabajo. Ahora vemos que aquellas herida seguramente le evitó males mayores. Miro atrás y veo el largo rastro de tres caracoles casi en paralelo.

HERALDO DE ARAGÓN (10-11-09)

MODELOS

Me encantan esas mujeres mayores, viejas de capital (así las habría llamado mi abuela), que suelen fumar en las paradas de autobús. No siempre son flacas, puede que incluso estén rellenitas. Algunas, muy pocas, lucen sus canas con naturalidad y a ésas en concreto no les importa que las llamen “viejas”. La mayoría son viudas, pero también las hay casadas y solteras de toda la vida. Puede que se ocupen de sus nietos cuando les toca, pero no renuncian a sus actividades cotidianas, sus pequeñas rutinas, como ir al Cinema Elíseos (pongan lo que pongan) o visitar a un pariente con Alzheimer una vez por semana. Lo que une a todas estas mujeres, me parece a mí, más que el lugar donde residan, es su inquietud, ese no parar quietas a pesar de los años. La vieja que llevo dentro tiene desde niña una peligrosa tendencia al apalancamiento, el peor enemigo del cerebro humano, por eso se fija mucho, y toma como modelos a las de su edad que son generosas con la vida. Una de ellas es Ana Mª Moré, que vive en Lérida y es capaz de coger un taxi para asistir a una represanción en el Liceo o para visitar a su queridas amigas de Zaragoza. Ni su quebradiza salud ni nada parecido a la pereza le impiden hacer lo que se propone. Cada año nos envía una enorme caja de “panallets” artesanos, que ciertamente son una exquisitez. Dice que por cada “panallet” que comes, sacas un alma del purgatorio. Es el día de los difuntos y recordamos a los que permanecen guapos y jóvenes en el álbum familiar, que es una especie de limbo para quienes nos dejaron antes de tiempo.

HERALDO DE ARAGÓN (3-11-2009)

AGENDAS

Te regalan una agenda para 2010. Lo primero que haces es comprobar que las fechas importantes no coinciden con esas guardias nocturnas que te tocan cada seis semanas. Luego ves si hay suerte con los puentes, para hacer algún viajecito: San Valero cae en viernes, y la Cincomarzada también. Hacer planes a más largo plazo te da un poco de aprensión, últimamente estás viendo mucha gente accidentada (tu tía y tu vecina se han fracturado el radio y el cúbito, respectivamente, en absurdas caídas domésticas). El médico de cabecera te recetó calcio para prevenir la osteoporosis, pero se te olvida tomarlo. En la agenda hay una página por mes que dice “fechas a recordar”. Apuntas los cumpleaños de parientes y amigos, y te das cuenta de que algunos ya no están, o bien han muerto o bien han dejado de ser amigos, y apuntas el de una prima del pueblo a la que nunca felicitas. Te entra nostalgia del futuro, melancolía otoñal, y vulgar tristeza o bajón de estrógenos, todo asociado a la falta de luz. No anotas “tomar el calcio”. Entras en el blog “Entre copas y pucheros”, de José Luis Solanilla, y te animas repentinamente. Te apetece probar uno de esos vinos de nombres exóticos - Yonna, Oxia-, nombres que estás a punto de escribir en tu agenda, igual que escribiste “Beaujoulais” encima del tercer jueves de noviembre cuando estrenaste la de 2009. Finalmente cierras la agenda-dietario y le envías un mensaje a una amiga que acaba de volver de Washington. Te responde de inmediato, y caes en la cuenta (ingrata de ti) de que olvidaste anotar su cumpleaños en la hoja correspondiente. Vuelves a abrir la agenda y te quedas mirando un rato los doce meses del calendario.

HERALDO DE ARAGÓN (27-10-09)

 

QUITAR HIERRO

 

Me paro al borde de la acera. Estornudo. Ni que decir tiene que es un estornudo discreto, dirigido hacia las rayas blancas, recién pintadas, de un paso de peatones en el Coso Bajo. Entonces, una sexagenaria estupenda da dos pasos laterales para apartarse de mi lado. Su gesto de horror me recuerda al de Mia Farrow en “La semilla del diablo”, sólo que no se parece en nada a la diva. Me acuerdo de que en Londres una de esas personas hiper preocupadas por la salud me increpó porque, al parecer, no se podía fumar en un radio de no sé cuántos metros alrededor de un poste de parada de autobús. No puedo reprimir un segundo estornudo, pequeñito. Confieso que me da la risa cuando la mujer sale en estampida y está a punto de ser atropellada por un cachalote que navegaba tranquilamente Coso abajo. Me viene a la cabeza la última película de Woody Allen. No es difícil volverse misántropo con la edad, lo complicado es mantener y seguir cultivando el sentido del humor, aun cuando tengas una visión global del mundo bastante sombría. A mí el humor, a diferencia del mal genio, me va menguando con los años. Por eso agradezco una película, o cualquier otra cosa, que me haga reír, quitar hierro al asunto. De madrugada me despierta un fuerte dolor de cabeza y me duele la garganta. El termómetro no miente. Casi agradezco que el malestar físico me impida pensar en otras cosas. En la farmacia coincido comprando couldinas con mi primo Joseán, que es de mi edad, cascarrabias como yo (nos viene de familia), y fan absoluto de Woody Allen. Durante un rato hablamos de “Si la cosa funciona” y nos olvidamos de los catarros, las gripes y demás futilidades.

 

HERALDO DE ARAGÓN (21-10-09)

AHORRADORES

“La riqueza me da igual”, dice Mark Twain en su maravillosa “Guía para viajeros inocentes” (que por cierto le hizo rico) mientras visita Tánger y constata que los más ricos visten harapos y entierran sus dineros. Me asombra la gente que sólo piensa en el dinero, casi me da envidia que haya quienes encuentran la felicidad en ahorrar un euro aquí, unos céntimos allá, que recorren la ciudad buscando el jamón más barato y acumulan puntos en esas tarjetas de supermecados, y revisan los recibos de la luz, el teléfono y demás, y sólo van al cine el día del espectador, y ven con satisfacción, y casi con aprensión, cómo aumenta el saldo de su cuenta bancaria. En mi familia he visto los dos extremos: avaros hasta la médula y derrochadores irredentos, y también gente normal que intenta hacer de la medida una virtud. La crisis ha provocado un afán ahorrador en el español medio, y eso es algo que también me asombra, que no acabo de entender (la Economía es un gran misterio). Mi madre dice que lo que más diferencia a las personas es la forma de gastar el dinero, y que eso es lo que realmente une (o desune) a las parejas. De niña yo tenía fama de rata, no me gastaba la paga semanal, y mi hermano gastaba la suya y la mía argumentando que yo era muy mala administradora, el dinero era para gastarlo, y yo sabía que en el fondo tenía razón. Ahora es más moderado, a veces compara los precios de aquí o allá. Pero cuando le encargo una botella de champán para celebrar algo importante, mi hermano me trae una botella de Taittinger pues, según él, hay cosas en las que no deberíamos ahorrar porque acabaríamos siendo muy aburridos.

HERALDO DE ARAGÓN (12-10-2009)

LA MAGDALENA

 

Después de una larga restauración, la Iglesia de la Magdalena parece nueva. Su torre me recuerda a una joven esbelta muy bien educada, mas siempre dispuesta a no perderse cualquier celebración o festejo. A ras de suelo la han rodeado con mojones de piedra que impiden el acercamiento excesivo de los vehículos. Una furgoneta abollada se da con uno de ellos, y luego con otro, y se ve que el conductor es un habitante de la zona que no contaba con esos recientes obstáculos. Por las ventanillas abiertas se oye flamenco. Samantha, tras los tiradores de cerveza de su local, vigila de cerca el tráfago de gentes y sonríe. Un bollo más no importa. Suele haber un ambiente de set televisivo en esta plaza donde no existe el drama. El gallo de la torre dirige el viento a su aire, no es una veleta fiable, no tanto como la de la torre de San Pablo, según dicen los expertos (además han anunciado vientos variables y el gallo se despista). Samantha prepara unos bocadillos de ternasco para una parejita sentada bajo un árbol del amor de hojas acorazonadas. La torre de la Magdalena me parece una de las más bonitas torres mudéjares porque siempre que la miro me devuelve una sonrisa, como si no tuviese recuerdos, ni albergase en sus grietas ningún tiempo perdido. Es lo bueno del ladrillo: las construcciones de ladrillo, por muy viejas que sean, conservan un aire juvenil, cosmopolita y moderno, como si no tuvieran necesidad de sufrir en vano. Al atardecer, la torre se siente obligada a cimbrearse un poco para lucir la antigua orfebrería heredada de sus ancestros. La furgoneta abollada se aleja dando saltos de alegría.

HERALDO DE ARAGÓN (6-10-2009)

SANMIGUELADA

La espada de San Miguel se queda clavada en el espinazo del demonio con cara de hombre. El eje de la tierra permanece completamente vertical mientras dura el equinoccio de otoño. La balanza, que representa a la Justicia y al signo de Libra, empieza después a inclinarse hacia la oscuridad del invierno. Es hora de hacer balance, de revisar y romper papeles atrasados, de empezar un nuevo cuaderno. El sol membrillero calienta lo justo y se ve todo con una rara transparencia. Esta especie de otoño-primavera que comprende el final de septiembre y primera quincena de octubre se conoce en Aragón como Sanmiguelada. Es también, según el Vocabulario de Moneva, esa época que media entre el final de la trilla y el principio de la sementera, y un tiempo por tanto propicio para cumplir compromisos y contratos. Pero siempre habrá gente sin honor que se enriquece con todas las subvenciones habidas y por haber y luego no paga las deudas contraídas con sus vecinos. Las muchachas que estaban hartas de sus señoras aguantaban hasta estas fechas para hacer “Sanmigalada” y buscar sitios mejores: “Sabe qué, señora, que si la camisa no está bien planchada, que ahí se queda, que se la planche usted”. La señora despechada decía entonces: “La muchacha y el gallo, un año”. Es también en esta época cuando aumenta el número de demandas de divorcio, pero eso no aparece en ningún diccionario. La calle Mayor se reabre por fin al tráfico rodado. Desde mi ventana no puedo dejar de ver las flechas recién pintadas en medio del asfalto, tan rectas y refulgentes. Algunas especies de pájaros cantan dulcemente, como en primavera, como si fuesen a iniciar una migración.

HERALDO DE ARAGÓN (29-9-2009)

 

DAR LA TALLA

 

Nos ponían por orden de alturas en la fila del colegio. Según el ritmo de crecimiento podías cambiar de posición radicalmente, en poco tiempo. Ahora una Universidad de Estados Unidos dice que los altos son más felices. Conozco a poca gente alta, es decir, que pase del 1´77 en varones o del 1´65 en mujeres, así que mi observación me sirve de poco para crear una teoría propia. Alfredo Cabañuz no es alto. Es pintor y profesor de secundaria. Es mi primo hermano. Acaba de inaugurar una exposición titulada “Sentir el orden” en el Centro Cultural Matadero de Huesca. Son veintidós cuadros complejos, en los que se funden la geometría, el amor a la pintura, años de estudio y trabajo, y una profunda interiorización (como explicó Luis Lles a los medios). Saliendo de la rueda de prensa, dos ex alumnas de Sariñena le saludan con cariño y eso le hace tan feliz como sus óleos. También acaba de ser pregonero de las fiestas patronales de Lanaja. Su felicidad, sin embargo, no depende de estar o no estar viviendo un momento dulce. Depende, sobre todo, de su coherencia en la búsqueda constante, casi obsesiva, del orden de la vida. Mi amiga Mercedes Ventura es realmente alta. Me encanta verla calzada con afilados tacones, sorteando con ligereza toda clase de obstáculos, obstáculos que a mí, por ejemplo, me resultarían insalvables. Su sonrisa, a veces, me desconcierta. Yo soy bajita. Últimamente me río poco, pero no creo que eso tenga que ver con mi talla. La gente feliz que conozco, como Alfredo y Mercedes, es la que se dedica a su trabajo con pasión, y a sus seres queridos sin pasar factura alguna.

HERALDO DE ARAGÓN (23-9-2009)

LOCALES VACÍOS

 

Una vez soñé que me haría empresaria. Reabriría uno de esos viejos cines que fueron desapareciendo de nuestro paisaje (el cine Coso, los Buñuel, el cine Palacio, los Goya, el Quijote, el cine Norte, El Fuenclara, el cine Salamanca...) para poner exclusivamente películas en versión original. El cine Mola lo desechaba porque una vez, viendo “El buscavidas”, el sonido era tan malo que apenas quedamos tres personas al final de la proyección. De niña odiaba a las taquilleras de los cines, me resultaban antipáticas en general aunque en mi pueblo no había más que dos cines. En mi sueño yo haría de taquillera de vez en cuando, para vengarme de aquellas cacatúas del franquismo que me daban localidades siempre esquinadas. Finalmente mi sueño se desvaneció, por suerte, como tantos otros. Durante una temporada me imaginé que sería un buen negocio abrir una parrilla argentina, con una gran barra donde comer la entraña sin demasiado protocolo, y mi hermano de socio y cocinero en los fogones. Me fijaba en los locales vacíos. Aún lo hago. Pero no valgo para los negocios, eso lo tengo claro, y que no he heredado la facultad de algunos miembros de mi familia para el mostrador. La mercería de mi difunto tío Sixto (fundada en 1956 con el nombre de San Antonio) acaba de trasladarse a otro sitio. Veo el local vacío y siento un poco de pena. Es un local pequeño, que hace chaflán y siempre fue muy luminoso. Pego la nariz al escaparate y me pregunto qué negocio podría funcionar en ese rincón de mis sueños.

HERALDO DE ARAGÓN (14-9-2009)

MI RÍO

El puente de Santiago es el único de Zaragoza bajo el que anidan las golondrinas. Eso nos lo contó el patrón del Ebrobús, Luis Calavia, un día antes de que el barquito encallara junto a la pasarela del voluntariado. Desde el centro del río ese puente misil me pareció una auténtica maravilla. El agua estaba turbia, como la de los grandes ríos de cierta edad. Quise ver la enorme cabeza de un siluro cerca de la superficie, y disfruté la travesía una barbaridad. Hace unos años, cuando Luis Calavia hacía los cursos de navegación, sus compañeros le preguntaban que para qué quería un zaragozano ser patrón de barco. ¿Para navegar por el Ebro?, le decían con ironía. Pero es que la vida es así, así de extraña y maravillosa, a veces. Yo siempre quise vivir con vistas al Ebro, pensaba que la corriente me había traído desde Haro, donde nací, y quizás, contra mi voluntad, me llevase río abajo a la hora de morir. “La vida es un largo río tranquilo” es el título de una película francesa de la que apenas recuerdo nada, quizás era una comedia, y yo he acabado apropiándome ese título (un poco alterado) como una de esas frases que vienen de repente a la cabeza. Poder navegar por el río de tu vida es una experiencia hermosa. Es como reencontrarse con viejos amigos. No tienes que dar explicaciones de tus andanzas, porque para ellos no importa lo que hagas o dejes de hacer, sino lo que eres. No quise hacer fotos, no sé por qué. Sé que habré salido de bislay en alguna de las fotos que disparó una joven turista que iba descalza. También sé que la vida no es un largo río tranquilo.

HERALDO DE ARAGÓN (7-9-2009)

LA P DE SEPTIEMPBRE

Cuántas cosas inútiles se pueden acumular en una casa!. Aún conservo en un cajón mi primer teléfono móvil, que data de 1999. Sé que en caso de necesidad se pondría de nuevo a mi servicio, pero sólo lo guardo por una especie de cariño absurdo. Tardé años en sustituirlo por un modelo más pequeño y avanzado que ya casi no recuerdo. En España se cambia de móvil todo el rato, una vez al año, según las estadísticas. Y se envían millones de mensajes en el mundo cada diez segundos. Guardo mensajes antiguos como mi tía Dorita guardaba todas las postales que recibía, o mi madre conserva las cartas de mi padre con una gometa alrededor. Hay algo patológico en esa manía de guardarlo todo, un indicio de síndrome de Diógenes hacia objetos que puedan contener algún protón de memoria en su interior. Un viejo encendedor de mesa que no funciona, una figurita rota y pegada con Imedio, una corbata mugrienta, y hasta un cable de antena inservible puede provocarnos una medio sonrisa. Mi último móvil sólo me ha durado cuatro años. El fichero de mensajes está lleno, me cuesta borrarlos. También me cuesta abreviar las palabras cuando los escribo. Ni siquiera me como la –p- de septiembre porque esa letra prescindible significa algo importante para mí, como esos objetos inútiles que nos resistimos a quitar de en medio. Empieza septiembre, un nuevo curso, un nuevo año agrícola después de revisar los libros de cuentas, un buen momento para ponerse al día sin demasiados sentimentalismos. Pero al final, siempre resulta difícil tener que desprenderse de algo.

HERALDO DE ARAGÓN (31-8-2009)

UNA DEUDA

Todas las ventanas de la casa estaban abiertas de par en par. Ese día corría un poco de cierzo pero el termómetro del comedor no bajaba de 29 grados. En la radio habían anunciado que el incendio de San Gregorio estaba controlado y que subirían los impuestos a los más ricos, que en tiempos de crisis había que fomentar la solidaridad. Los muebles crujieron un poco. Pedir dinero a sus padres le daba mucho reparo. Sabía que siendo austeros y ahorradores estarían encantados de poder sacar de un apuro a uno de sus hijos. Aun así, era casi una cuestión de orgullo y de no querer decepcionarlos lo que le paralizaba. Tenía llave de la casa, casi a diario iba a visitarlos y nunca llamaba al timbre porque no lo oían. Su madre se asustó al verlo de repente a su lado. Había llegado más temprano que otros días y el padre en seguida notó su angustia. Siempre les costaba lo suyo iniciar una conversación seria. Con un tono excesivamente dramático, la madre habló de una moscarda asquerosa que no quería irse por ninguna de las ventanas. Sobre la encimera de la cocina había una carta de Hacienda, una carta certificada. Lo raro es que venía a su nombre cuando hacía más de diez años que no estaba allí empadronado. Abrió la carta delante de ellos. Le reclamaban una pequeña cantidad, una nimiedad comparada con la deuda de su negocio, pero esa carta le dio pie para exponer su problema. Los padres suspiraron casi agradecidos, como si llevasen tiempo esperando el momento de dar un fin a su dinero. Al salir estaba contento. Sonrió cuando su madre le dio como a escondidas un billete de 50 euros.

HERALDO DE ARAGÓN (26-8-2009)

EN CONSTRUCCIÓN

Desde mi ventana veo obras por todas partes (la calle Mayor, el Mercado de San Vicente de Paúl, la calle de San Lorenzo, el patio de vecinos de una finca colindante...). Y oigo a mi vecino de arriba con el berbiquí haciendo agujeros en cada una de las habitaciones. Creo que me estoy haciendo vieja. Antes me gustaba Zaragoza precisamente por ser una ciudad que se reinventa constantemente, que no teme a la piqueta, que ha desarrollado –tras los Sitios, seguramente- un gusto casi enfermizo por lo nuevo. Pero últimamente me pregunto: “pá qué tanto”. No es sólo por los comerciantes, que sufren grandes pérdidas cuando sus calles se convierten en Beirut; ni por los ciudadanos, que también; sino por la propia ciudad, a la que me parece oír quejarse como yo me quejo, gruñendo con la espalda encorvada. Creo que siempre he sido vieja, como Zaragoza, una vieja que quiere parecer joven, y ya ha olvidado cuándo empezó a ponerse potingues en la cara. La cosa es que mantenerse joven resulta muy cansado a veces, y una desearía representar su verdadera edad, y dejar de escuchar piropos falaces. La serenidad debería ser una cualidad en alza, pero los relojes marcan muy deprisa. He acompañado a una anciana turista, gorda y coja, hasta el paño mudéjar de la Seo. Le doy explicaciones, señalo aquí y allá, como las azafatas señalan las salidas de emergencia en los aviones, y cuando voy a seguir mi camino hacia la oficina de Ibercaja, me dice: “Señorita, se ve que usted ama su ciudad”. Son las doce, desde hace semanas el “Bendita y alabada” se reinicia solo y luego se interrumpe bruscamente.

HERALDO DE ARAGÓN (18-8-2009)

SIN COMPLEJOS

 


Gabriela ha cumplido nueve años. Tiene la misma estatura y talla que yo, y ya no puede heredar mis zapatos porque le quedan pequeños. Antes las chicas altas solían tener complejo, iban encorvadas, con la cabeza gacha. Los chicos no se atrevían a ligar con ellas (¿tendrían complejo de bajos?). Algunos complejos se sufrían mucho más durante el verano. En la piscina no había forma de disimular redondeces, manchas de nacimiento, orejas de soplillo y demás ignominias. Si además eras miope y tenías que dejar las gafas sobre la toalla, temiendo que alguien las pisase, y te lanzabas al agua en plan patoso, el ridículo estaba asegurado. Los complejos eran una pesadez, y era difícil quitárselos de encima. Me pregunto de dónde provenían y cuál era su razón de ser, si los sembraban igual que decían que sembraban las plagas de piojos. Algunos se agarraban tanto al alma que ni aún en la madurez conseguirías exterminarlos del todo, porque habrían pasado a ser parte de tu personalidad y quizás, con el tiempo, los podrías transformar en simples extravagancias. Mi amiga Ana creía tener los dedos demasiado cortos y se dejaba crecer las uñas hasta límites insospechados, y empezó a coleccionar toda clase de uñas postizas hasta hacer de ello su profesión. Viendo a Gabriela en traje de baño, jugando en su Nintendo a cocinar crepes de no sé qué, tengo la fugaz impresión de que los complejos han sido sustituidos por los percentiles de la consulta del pediatra, que es una cosa más neutra. Y tengo la seguridad de que es más feliz que cualquiera de las siete amigas que nos sentábamos en el bordillo de la piscina un día de agosto de los años setenta.

HERALDO DE ARAGÓN (11-8-2009)

SILENCIO

“Hay cosas de las que es mejor no hablar” es una frase que, como toda frase hecha, suena bastante hueca pero que tiene su parte de verdad. Las cosas que no se cuentan pueden llegar a momificarse en un rincón oscuro de la memoria. Eso ocurre en muchas familias cuando, por poner un ejemplo, no se nombra a alguien que ha desaparecido por un motivo que también se olvidará a fuerza de no nombrarlo. Mientras tanto, la vida sigue. En el ámbito público sucede algo parecido. El cadáver de Marta del Castillo nunca se encontró, ni en el vertedero ni en ningún otro lugar. Se ha dejado de hablar de ella y da la sensación de que el silencio contribuye a perpetuar su desaparición. Por eso me alegra que periódicamente se nombre a Publio Cordón, pues significa que hay quien no se rinde, que los nombres son importantes. Y por eso mismo me entristece el silencio general sobre la muerte y posteriores investigaciones en el caso de Luis Bernal, vecino del barrio de la Magdalena brutalmente asesinado a finales del mes de junio. Hay cosas, sin embargo, que me plantean dudas: la decisión del gobierno de no seguir dando cuenta de todos los casos de contagiados por el virus de la gripe A quizás sea una buena decisión, ya que hablar de ello no contribuye a la solución del problema. Pero en ese caso, ¿de qué sirve hablar masivamente de los crímenes terroristas? ¿Les consuela a los afectados que los medios de comunicación estén encima y que las autoridades les den el pésame ante las cámaras? ¿No estaremos con ello contribuyendo a perpetuar el nombre del terror, sus siglas, y por tanto su misma existencia?

Heraldo de Aragón (5-8-2009)

UN VERANO MÁS

Que no haya canción del verano me parece una curiosa excepcionalidad. Más allá de la nostalgia de una generación que envejece a trompicones, me aburre oír de continuo el “Un rayo de sol” de nuestra infancia. Como no sé nada de sociología y el calor reblandece la sesera, se me ocurren las más raras explicaciones. Aparte de la crisis, quizás haya una relación entre la anunciada pandemia que nos asolará en otoño y las pocas ganas que nos quedan de cantar como cigarras. Veo montoncitos de serrín al pie de una trona de unos noventa años que ha sucumbido a la carcoma, y lo primero que se me ocurre es quemarla en el corral junto con otros muebles contagiados. Luego, sin mucha convicción, decido inyectarles un líquido especial y esperar un verano más. Me acuerdo de “La invasión de los ladrones de cuerpos”, no sé por qué, y de la inquietante noticia de que las abejas están desapareciendo (salen de la colmena y ya no vuelven, hasta que la reina se queda sola y muere). No hay canción del verano, lo más parecido es el “jingle” de un anuncio de muebles que dice: “Donde caben dos, caben tres”. Un cubierto más en la mesa, una cama supletoria, un lugar reconquistado en el cosmos familiar. Es un anuncio que intenta desdramatizar la crisis, buscar el lado bueno de la vida aunque todo arda alrededor, aunque las abejas no regresen, aunque no sepamos nada de las vacunas antigripales. Sospechamos que las verdades dichas a medias producen un desasosiego que cunde como la carcoma, pero nos resistimos a caer en el derrotismo otoñal. Nos resistimos a dejar de ser un poco cigarras cantando las alegrías estivales.

Heraldo de Aragón (28-8-2009)

VILLA PEREZA

Pensaba hacer un elogio de la pereza. De aquellas interminables tardes de verano en que nos obligaban a dormir la siesta, porque nuestra única obligación era no molestar demasiado a los adultos, y nos pasábamos el rato mirando al techo, adivinando por los reflejos proyectados en él de qué color y tamaño era el vehículo que pasaba bajo nuestro balcón. No teníamos que hacer deberes, para eso habíamos sacado buenas notas en junio. No teníamos lecturas obligatorias, no teníamos un ojo constante sobre nuestras cabezas vigilando nuestra diversión. Perder el tiempo era algo natural. Nuestras abuelas decían “El tiempo Dios lo da”, y Julio Ramón Ribeyro en sus diarios decía “Toda evocación es tiempo robado al tiempo”. El verano se prestaba a la distensión, a la gandulería, era la época ideal para los incapaces de tomar en serio sus vidas. La fábula de la cigarra y la hormiga nos aterrorizaba, temíamos la llegada del mal tiempo. Preferíamos no pensar. Merendábamos pan con vino y azúcar, y así aumentaba nuestra modorra con la extraña sensación de que el tiempo podía llegar a coagularse como la sangre. El futuro estaba muy lejos, en el lado oculto de la luna. No éramos ni muy felices ni muy desgraciados, eso no había por qué analizarlo. Veíamos en la tele a la estrafalaria Pippi Langstrump (el opuesto a la niña de la actual “Villa Pereza”) y nos parecía casi normal su rebeldía. El verano no ha dejado de ser rebelde, reacio a cualquier tipo de construcción sólida -como la del mayor de los tres cerditos-, y aunque la vida discurre rápida, aún quedan remansos tranquilos donde es posible robar tiempo al tiempo.

Heraldo de Aragón (21-7-2009)