Blogia

Cristina Grande

AVERLY SATATION

 

De Zaragoza a Huesca llevaba una hora justa hace quince años. Hoy en día, en un autobús mucho más moderno, lleva una hora y cinco minutos. Aun así, me sentí afortunada cuando descubrí que no tenía que ir hasta la estación de Delicias y que podía subirme frente a Averly, en el Paseo de María Agustín. Allí mismo saqué el billete en una maquineta. Una mujer mayor con sandalias de plataforma y pelo rojo me pidió ayuda para sacar el suyo. El autocar iba a tope: ancianos, jóvenes muy jóvenes, inmigrantes y amaxofóbicos componíamos la mayoría del pasaje. Delante de mí un africano hablaba por el móvil con su antiguo jefe. Se notaba que había una cierta amistad, un cierto respeto y cariño en la voz del africano. “Necesito el papelo, Jorge. Sin el papelo no puedo ser autónomo ni tener nuevo contrato”. La conversación giraba en círculos, quizás concéntricos. Me entró sueño. Siempre quiero dormirme entre Zaragoza y Huesca, y nunca lo consigo. En la plaza de San Pedro la noche era violeta por obra y magia del Instituto Aragonés de la Mujer (el jueves 16 estará Ouka Lele para todo el que quiera disfrutar de su obra y su presencia). Esa noche dormí como un tronco. De vuelta a Zaragoza seguía medio dormida, como mesmerizada. Tantas veces he hecho ese trayecto que ya no suelo considerarlo un viaje. Los campos amarillos de cereal cosechado se repetían igual que el bolero de Ravel. Me acordaba de las palabras del africano al despedirse de su jefe: “Tienes que pensar mucho, Jorge. Hay muchas cosas malas en tu vida”. Revolví en mi bolso buscando algo. Encontré el billete de ida, y vi que ponía “Zaragoza. Averly-Huesca”. Creo que me dormí unos segundos y que soñé que regresaba de un largo viaje y que alguien me esperaba en Averly Station.

HERALDO DE ARAGÓN (14-7-2009)

EN LAS REBAJAS

La fila avanzaba muy poco. Era el segundo día de rebajas. Había ido en busca de un vestido vaporoso que no encontré. Me probé una chaqueta de angorina. La cosa se animaba. Me acordé de las rebajas de invierno en unos almacenes de Edimburgo, donde las prendas se amontonaban en el suelo como malas hierbas recién segadas, pisoteadas por estampidas de ganado. Aquí, afortunadamente, nunca he visto nada parecido. La chaqueta acabó en manos de una mujer cuya cara me resultaba familiar, más familiar aún cuando vi los rasgos de su hija adolescente, tan parecidos a los de aquella compañera de curso a quien perdí la pista hace años. La chica se negaba a probarse la chaqueta. Su madre insistía. En ese momento, eterno momento, es sólo cuestión de matices y sutilezas conseguir que un día de rebajas no acabe en una discusión. Ambas partes cedieron un poco, incluso se pusieron a bromear sobre la utilidad de una chaqueta de angorina con manga corta. Ni para verano, ni para invierno. Sólo costaba 2’95 euros. Finalmente se la quedaron, sin necesidad de probarla. Las envidié. Mientras una de ellas hacía fila para pagar, la otra iba y venía con una camiseta, una blusa, un minivestido blanco, un pareo, unas chancletas rosas, un blusón étnico, y decía “Mira esto, mira esto”. Seguí un rato revolviendo camisetas hasta que se fueron. Me habría gustado seguirlas a otras tiendas porque parecían felices con sus adquisiciones. Para vencer la sensación de que mi día de rebajas iba a acabar en un fracaso, me quedé con las chancletas rosas que madre e hija habían descartado en el último momento.

Heraldo de Aragón (7-7-2009)

CONTRATO

 

No es del todo fácil distinguir a una buena persona de una mala persona, aunque sí podemos intuir, casi de forma instantánea, de quién te fiarías en un momento dado. Si yo fuera una inmigrante ilegal que tiene que sobrevivir honradamente, no me fiaría de alguien que se niega a hacerme un contrato después de casi dos años de trabajo en las condiciones –a veces inhumanas- que te impone. Mi hermana trabajaba como inspectora de trabajo en la Comunidad Valenciana. Temblaba cada vez que le tocaba ir a Gandía. Temía sobre todo a los empresarios cutres que sin tener ni idea de cómo gestionar un negocio tenían muy claro que querían hacerse ricos rápidamente, y llegaban a esconder a sus empleados en los conductos del aire acondicionado con tal de librarse de las multas de la Inspección. Un buen empresario no se hace de la noche a la mañana. Intenta que su negocio vaya bien y que sus empleados mantengan sus salarios y su dignidad. Es una pena entonces, y una injusticia, que el negocio fracase y que los empleados terminen en la calle. Se puede ser mal empresario y buena persona. Y mal empresario y mala persona. Mi hermana se habría enfurecido con el caso del panadero de Gandía. El brazo del panadero en el contenedor es el macabro símbolo de la economía sumergida (sumergida en la basura). El brazo amputado no se puede reimplantar, pero el dedo índice de esa mano (me lo imagino alzado como lo pintó Goya en la maneta de San Vicente Ferrer) apunta claramente a un mal empresario de quien ni su propia familia se fiaría. Para compensar un poco, mi hermana habría dicho que se puede ser buen empresario y una buena persona.

Heraldo de Aragón (23-6-2009)

ESPIAR

Yo tenía unos dieciséis años. Mi padre nos pasaba las llamadas desde el piso de abajo por medio de un interfono grandote que tenía varias teclas. Había que mantener apretada la tecla roja mientras hablabas. “Coge el teléfono, es para tí”, decía mi padre por el aparato. Entonces corría al comedor, donde estaba el teléfono, y en cuanto me ponía a hablar oía el click que significaba que mi padre no se quedaba escuchando mis conversaciones. Sólo una vez sospeché que seguía ahí. Mi amiga Isabel estaba nerviosa. La noche anterior, en la discoteca, nos vimos involucradas en una pelea de chicos y acabamos todos en el cuartelillo de la Guardia Civil. Mi padre subió inmediatamente, en cuanto colgué el auricular. Estaba enfadado, preocupado. Yo también me enfadé, quería que respetase mi intimidad. No estaba acostumbrada a que mis padres controlasen todos mis movimientos, los padres de entonces no solían ser así, no veían peligros por doquier. Mi madre no leía mi diario, ni registraba mis cajones, ni leía las cartas de mis amigas que yo me olvidaba, casi adrede, en cualquier parte. Son bastantes las mujeres de mi edad que últimamente, y como si de un virus contagioso se tratara, confiesan leer los mensajes y correos de sus hijas adolescentes. Quieren saberlo todo y protegerlas, pero una mañana la niña se levanta con un piercing en la lengua y unas alas de murciélago tatuadas en en uno de sus homóplatos. Le conté a mi padre lo sucedido en la discoteca. El enfado se nos pasó enseguida. Casi me sentí contenta por la preocupación de mi padre. Otra cosa -muy distinta- habría sido que grabase mis conversaciones teléfonicas, o que hubiera puesto una cámara oculta en nuestro cuarto de baño.

Heraldo de Aragón (25-5-09)

MI CARNICERO

 

Mi carnicero, Manolo, es un hombre de buen comer, un entendido en cocina. Nos hace hamburguesas personalizadas, las mejores del mundo para mi gusto. Lleva un enorme delantal blanco y es hipertenso. Tiene un puesto en el Mercado de San Vivente de Paúl. Su hermana, Anabel, también lleva delantal blanco. El mercado está cerrado por obras y la mayoría de los puestos se han trasladado provisionalmente al antiguo mercadillo de San Lorenzo, donde se sienten un poco constreñidos. Manolo me recomienda esto o lo otro. Un bajico de cordero con alcachofas y pataticas es un manjar, y todo te sale por unos tres euros. Los pequeños comerciantes del sector alimentario están recomendando, como medida suculenta contra la crisis, comer más en casa y perder algo de tiempo en la cocina. Pero no todo el mundo tiene ganas de guisotear, de hacer croquetas con la carne del cocido, o albóndigas con la carne que tu carnicero ha picado delante de ti mientras temías que se cogiera un dedo. Me gusta ver a Manolo cuando despieza un ternasco con machetazos certeros y delicados al mismo tiempo. No me importa esperar. Ni perder tiempo en la cocina, donde además he instalado el ordenador con el que escribo estas líneas. Le copié la idea (la de escribir en la mesa de la cocina) al escritor chileno Luis Sepúlveda. Decía que junto a los fogones, y sobre una vieja tabla donde se había amasado el pan de varias generacios, era más fácil crear y creerse creador. El bajico de cordero se va haciendo a fuego lento. De vez en cuando lo remuevo con una cuchara de palo. Huele bien, un poco a vino rancio. Ahora que lo pienso, Sepúlveda y Manolo (mi carnicero) se dan un cierto aire, un aire familiar.

Heraldo de Aragón (19-5-09)

ESTRIBILLOS

 

“Cada uno es lo que es, y alguien tiene que serlo”, dice el malvado y sanguinario Reynald en “El reino de los cielos”. Hay frases (de películas, de canciones, del idiolecto familiar) que forman parte de nuestra banda sonora íntima. A veces, esas frases acuden como el estribillo machacón de una música “ratonil”, que diría mi madre, y esos estribillos, por otro lado, son intransferibles a otras personas, aunque algunas notas se transmiten de generación en generación. “Manos blancas no ofenden” solía decir mi abuela, sin que nunca me llegase a enterar del verdadero significado de esas palabras, cuya sonoridad sin embargo era música para mí. “Cuando tú me das tu amor una estufita es mi corazón”, dice una canción que aprendí de niña y nadie de mi entorno recuerda. Me vino a la cabeza una tarde de lunes o miércoles, junto al teatro romano, de la maneta de mi sobrina, por la calle Verónica, después de haber cantado “Es una lata el trabajar, todos los días te tienes que levantar” (que quizás no es el mejor lema para la educación de un niño). Volví a ver la película de Ridley Scott por una apuesta con alguien que tiene mejor memoria que yo y que me atribuye una capacidad fabuladora de la que dudo. Me empeñaba en citar, desde que vi la película por primera vez en el cine Palafox, una frase que el arzobispo dice a Balian (Orlando Bloom) en la defensa de Jerusalem, y que yo recordaba así: “¿Creéis que por nombrarlos caballeros lucharán mejor?”. Se acercaba el momento de la verdad, lo veía venir, y de repente el arzobispo cambió mi frase, simplificándola tanto que la despojaba de la grandeza que yo entendía como la clave de la historia. No puedo reproducir las palabras exactas del arzobispo porque no son ésas las de mi estribillo particular, pero aun así, creo que gané la apuesta.

Publicado en Heraldo de Aragón (11-5-09)

EL INCIDENTE

 

Hace años que dejé de poner maíz en las ensaladas. No es que no me gustara, pero ya se hablaba entonces de los peligros para la salud humana de los productos manipulados genéticamente. Cuando vi “El incidente”, de M. Night Shyamalan, pensé inmediatamente en mi primo Carmelo. Una vez me habló del panizo que cultivaba en Valmaría, al pie de la sierra de Lanaja. Era un maíz inmune al taladro (un gusano que se aloja en el zuncho de la mazorca y la destruye). No había taladro, efectivamente, pero vio sin embargo una araña roja, una sola, que le picó en un brazo y le dolió durante días. Nos gustaba la ciencia ficción porque intuíamos que en la fantasía de aquellas historias se alojaba una verdad inquietante. En “El incidente” las plantas se rebelan contra los humanos y consiguen, mecidas por el viento, propagar una sustancia que hace que todo el mundo se suicide en masa. Es un agricultor, precisamente, quien se da cuenta del origen del terrible fenómeno. La gente abandona las ciudades, huyendo del asfalto, sin sospechar que en el campo, en medio de la Naturaleza, encontrará su muerte. Pero siempre hay alguien que se salva, aunque la película no acabe del todo de bien. Actualmente, en Aragón hay treinta mil hectáreas de transgénicos, según le oí decir a uno de los manifestantes que salieron a la calle para defender la agricultura ecológica. Por el tono de voz del agricultor deduzco que eso es una barbaridad, y mi primo Carmelo me lo confirma, que estamos a la cabeza en ese tipo de cultivos dudosos. Ahora mi primo vive en Huesca, y está pensando en vender algunos aperos de labranza. Se ha comprado un crecepelo (así lo dice él), y a lo mejor resulta que se ha enamorado .

Publicado en Heraldo de Aragón (21-4-09)

PEQUEÑOS PROPÓSITOS

 

     Un día sin periódicos es un día extraño, como un jet-lag de los de antes. Con las uvas nos tragamos algunos malos rollos y hacemos el propósito de cumplir los buenos propósitos de Año Nuevo, al menos uno de ellos. Al empezar 2007 sólo hice uno, pequeño, eso sí, (los grandes, como dejar de fumar ya pasaron a la historia), que consistía en recoger del suelo cualquier cosa ínfima que en otras ocasiones, por desidia o vulgar vagancia, habría dejado donde estaba, como una horquilla, un clip, el lacito desprendido de una camiseta interior, un imperdible, la pluma blanca de un pájaro (que dicen que trae buena suerte), un céntimo, una pinza de tender la ropa del vecino de arriba, cosas así. Un día, un año después de morir mi abuela, encontré un alfiler junto a la lavadora. Iba descalza, a pesar de las continuas advertencias de mi madre, que suele decirme que puedo pisar un alfiler (cosa que, por otro lado, nunca ha sucedido). Recogí el alfiler y lo prendí en uno de los puños de mi chaqueta de estar por casa, porque no sabía dónde dejarlo. Luego, al quitarme la chaqueta me pinché en la mano. Me acordé de mi abuela. En uno de sus últimos ingresos hospitalarios descubrieron una cosa rara en la radiografía de tórax: claramente se veía un alfiler clavado cerca de su pulmón izquierdo. Guardé el alfiler en la caja de la labor, en su sitio. Me di cuenta de que con las pequeñas cosas que iba poniendo en su sitio estaba tejiendo algo, una malla o una redecilla quizás, o una red bajo el trapecio. Con el 2008 hice el pequeño propósito de no mirarme tanto en los espejos. Entraba en el ascensor, forrado de espejos, y miraba directamente al suelo, y evitaba sentarme frente a mi reflejo durante las comidas en un restaurante, por ejemplo, o evitaba girar la cabeza para verme de cuerpo entero en la luna de un escaparate. Quería mirarme en los ojos de los demás, y descubrí cosas bastantes feas sobre mí misma (qué le vamos a hacer), y también descubrí lo buenas que eran las personas que se empeñeban en seguir queriéndome. Mi sobrina dice que soy una gruñona. Lo dice con la alegría de una niña de ocho años. Sé que soy su tía preferida. Para este 2009 me propongo gruñir menos, que tanto morgonear es un aburrimiento, la verdad. Y puede que en primavera, o cuando llegue el Año Nuevo chino, me atreva con algo de verdad importante.

Heraldo de Aragón (2-1-2009)

PULSO CARDÍACO

    Dormíamos con las ventanas abiertas. Intentábamos dormir venciendo al calor y al transistor de nuestra vecina sorda. Yo pensaba en Hulk y en su ira verde. Habíamos visto la película esa misma tarde. Me daba pena la soledad de tan siniestro héroe, que tuviera que automarginarse para evitar hacer daño a los demás, que el antídoto finalmente no sólo no funcionara, sino que sirviera para crear un monstruo peor que él. Hulk hacía ejercicios de autocontrol para mantener a raya su pulso cardiaco. Varias veces, entre el final de la primavera y el comienzo del verano, yo había perdido los estribos en absurdas discusiones, y notaba entonces que las venas de la frente se me inflamaban peligrosamente. Contra ira, templanza. Cuando recuperaba la conciencia, Hulk apenas recordaba sus desmanes. “El animal que llevo dentro te ama a ti... Me vuelve esclavo de mis pasiones”, dice una canción de Battiato que también me vino a la cabeza esa noche. No podía dormir y me puse a escuchar la radio de la vecina. Por el patio entró de repente la noticia: Ingrid Betancourt había sido liberada. Me eché a llorar. Pensé en su alegría. Pensé en sus hijos, y en mi madre. Había pensado muchas veces en la Betancourt (y había escrito de ella en un artículo) desde que vi aquella foto de finales de año en que aparecía demacrada y mirando al suelo, como vencida. Todo el mundo anticipó su muerte a partir de aquella imagen. Ahora la veo abrazando a sus hijos. Sonríe. Parece recuperada físicamente, como si hubiese estado preparándose para este momento, y entiendo que en aquella triste imagen quizás estaba, como El Increíble Hulk, buscando en su soledad la manera de enfrentarse al futuro.

Heraldo de Aragón (Huesca, 6-7-08)

COSAS QUE NO SE VEN

 

    “La letra con sangre entra”, el boceto de Goya adquirido por el Gobierno de Aragón, se presenta en sociedad coincidiendo con el segundo aniversario del Museo Pedagógico de Aragón. No hay dos formas más opuestas de entender la educación. He visitado varias veces el Museo Pedagógico y no es la nostalgia del pasado lo que me hacen sentir bien allí adentro, sino la percepción de la bondad, entusiasmo y dedicación de aquellos maestros que creían en el ser humano. Victor Juan Borroy, como heredero de ese espíritu humanista, se pasea con la cabeza muy alta entre pupitres de madera, mapas, libros, encerados, huchas del Domun, cuadernos, estufas de leña y otras piezas que recrean aquella escuela. Leí con alegría, hace un tiempo, la edición facsímil del Libro de los escolares de Plasencia del Monte (publicado en 1936 por el maestro Simeón Omella) con prólogo del mismo Víctor Juan. Se fomentaba la imaginación, el respeto al ser humano y a la Naturaleza, la solidaridad más que la competitividad, una serie de valores (esas “cosas que no se ven” a las que se refiere Victor Juan) que nos se cultivan precisamente con el latiguillo que pintó Goya en su momento. No es que yo quiera hacer con esto un análisis del estado actual de la enseñanza, ni mucho menos, eso corresponde a los pedagogos, pero sí me gusta pensar que algo de ese espíritu permanece, que el esfuerzo de aquellos maestros no fue en balde. Cuando ayudo a mi sobrineta con las multiplicaciones, o cuando leemos su libro preferido, “Valentina en París”, deseo que ella nunca tenga que conocer látigos ni humillaciones. Me pide que le cante algo que yo aprendí de pequeña: “Cuando tú me das tu amor, una estufita es mi corazón”.

Heraldo de Aragón (Huesca, 18-5-08)

CONEXIONES

   Se ha inaugurado la novena edición de Okuparte. Huesca rejuvenece cuando el arte se infiltra en su viejo tejido urbano. Cada año se recuperan espacios y es como si una piel castigada, casi necrosada, experimentase signos de mejoría. Quizás recorramos calles que nos eran casi desconocidas y descubramos obras de arte sorprendentes mientras dibujamos nuevos trayectos, nuevas conexiones, en nuestro plano cerebral. Hace tan sólo unos días, la cineasta Chus Gutiérrez (con quien compartí mesa en Documenta Madrid) decía que todos nos alimentamos de todo en los procesos creativos, de todo lo que vemos, de otras disciplinas artísticas que nos influyen, y que hay que permanecer con los ojos abiertos. También se habló en esa mesa de la influencia de la literatura y del cine en la realidad, a veces más determinante que la influencia de la realidad en las artes. Se me ocurre, como ejemplo, la descripción que el historiador Ricardo del Arco (que murió en Huesca en 1955) hacía de la visita de unos nobles al palacio y jardines de Vicencio Juan de Lastanosa (que también murió en Huesca, en 1681). Apenas queda nada de ese palacio, ni de su magnífica biblioteca, ni de sus versallescos jardines llenos de raras especies de animales y plantas, pero las palabras de Ricardo del Arco permanecen, y con ellas un imaginario de la ciudad. He visitado varias veces el Seminario en pasadas ediciones de Okuparte, y la bellísima casa Polo, en la cual tiene ahora su estudio el diseñador Isidro Ferrer. He visto la ciudad con otros ojos, y en esos paseos con artistas vivos y muertos, con espíritus que buscan a Lastanosa, la ciudad se me mostraba más compleja, más historiada, más rica, y más moderna.

Heraldo de Aragón (Huesca, 11-5-08)

TACONES

 

   Las chicas bajitas ya no llevamos tacones. Ni siquiera los llevamos en el bolso, como Melanie Griffrith en “Armas de mujer”. Hillary Clinton no se pone de puntillas ni tiene que hablar sobre afilados “stilettos”. Los tacones son para las chicas altas. Para Elle McPherson, para las infantas más desgarbadas, para Bibiana Fernández, para Soledad Puértolas, para Nicole Kidman, y para mi amiga Mercedes Ventura, que compró en Estambul unas fascinantes botas de charol y taconazos de 9 centímetros. Las chicas altas ya no tienen complejo de altas. Ya no caminan encorvadas. A veces, se casan con chicos bajitos como Tom Cruise y se inclinan dulcemente para besarlos. Me acuerdo del gigante de Sallent, Fermín Arrudi, que se casó con una francesa diminuta del mundo del espectáculo. La historia de la Bella y la Bestia se estropea cuando la Bestia se convierte en un guapito de cara ante el desconcierto del público infantil. Cada uno es como es. Fermín Arrudi era un buen músico que medía 2,26 y su mujer lo abandonó. Carla Bruni no debería prescindir de los tacones, de esos tacones para chicas altas que engrandecen a quienes las acompañan, de esos tacones que, por contra, empequeñecen a la Princesa de Asturias. Las chicas bajitas ya sólo nos ponemos tacones por presumir, de vez en cuando, con gran osadía y optimismo, y acabamos la noche descalzas sobre el asfalto. Mi amiga Mercedes Ventura camina muy erguida sobre sus tacones estambulíes. Podría dormir con las botas puestas. Realzan su “magnifiquez” (que es un neologismo del artista Alfredo Cabañuz para calificar a ciertas personas de admirable grandeza). Sin tacones también el mundo es fascinante y ancho. No es cuestión de medidas.

Heraldo de Aragón (Huesca, 27-abril-08)

PRESENTIR

 

    Tormenteaba en Huesca la tarde del jueves. Me cubrí la cabeza con un pañuelo de seda que había comprado unos días antes en una tienda exótica de Madrid. Habíamos dejado el paraguas olvidado en un armario y nos chipiamos por la calle del Parque camino del hotel. Busqué la mirada cómplice de unas mujeres musulmanas. Dice el Diccionario de la RAE que “presentir” (en su segunda acepción) es “adivinar algo antes que suceda, por algunos indicios o señales que lo preceden”. Por suerte, había puesto en mi maleta la plancha para el pelo que me regaló mi amiga Eva hace casi un año. Me gusta presentir ciertas cosas nimias. Cuando lo que presiento es algo más importante, me digo a mí misma que en realidad me estoy haciendo ilusiones. Había soñado despierta que la presentación de mi novela en la librería Anónima sería muy bonita, que Chema y Ana actuarían como estupendos anfitriones, que Carlos Castán (igual que en las presentaciones de mis anteriores libros) descubriría aspectos ocultos de mi obra, que Ismael Grasa vendría con su familia, y Pedro Vila con su mujer, que mi amor me sonreiría todo el rato para apaciguar esa eterna inquietud que nos atenaza a los de secano. A veces las cosas suceden incluso mejor de lo que habíamos soñado, con fascinantes detalles añadidos, y es entonces cuando la felicidad se convierte en un hermoso cristal transparente. Vino a saludarme un primo de María Salillas, que es una de las heroínas de estos “articulés”, y cuando le pregunté su nombre para dedicarle el libro, me dijo: “Pon sólo para Salillas”. Tomamos vino del Somontano y un espectacular queso francés. Tenía ganas de llorar, pero no lo hice.

Heraldo de Aragón, 20-4-08.

 

VERDE AUSENCIA

 

  Fuimos a comer a Lanaja. En el suelo pedregoso del corral habían crecido muchas hierbas desde mi anterior visita. Ese verdor inusual delataba la ausencia de mi abuela. Su ropa seguía ordenada en el armario. Varios perfumes sobre el tocador. Tres pares de zapatos a un lado de la cama. El batín de mi abuelo colgado de la percha de árbol, casi petrificado. No me atreví a tocar nada, ni siquiera la chalina de seda de mi bisabuelo que antes solía anudarme a modo de corbata. En el jardincillo interior, noté la desaparición de unos helechos que mi abuela trajo sin querer en sus botas de montaña, hace más de treinta años. Nunca quiso arrancarlos. Le parecía un milagro lo de los helechos espontáneos en la tierra monegrina. La hacían sonreír. El níspero que una vez había plantado (y que salió de una pepita) estaba cargado de frutos. Seis o siete gatos medio salvajes huyeron al comprobar que quizás faltaba entre nosotros una oscura silueta. María Salillas me habló más tarde de unos tulipanes negros que mi abuela compartió con sus vecinas. Yo traje de Holanda, sólo para ella, aquellos extraños bulbos. A mi abuela le gustaba lo raro. Fumaba cigarrillos turcos. Todos eran rubios a su alrededor y ella, sin embargo, por llevar la contraria, se teñía el pelo de negro negro (negro ala de cuervo). Ya hace dos años que murió. El verde de los campos, los olivos esplendorosos después de la última poda, el tomillo en flor, las humildes rabanizas que crecen entre las vides, el romero y la ontina con que nos frotábamos los dedos, todas esas cosas, incluso el recuerdo de los tulipanes que no salieron del todo negros, me pusieron ligeramente triste. María Salillas me regaló una hermosa cala blanca.

Heraldo de Aragón (Huesca, 13-4-2008)

RECUERDO (CREO)

   Vivíamos cerca de la plaza de San Miguel en el invierno de 1985. Solía apearme del 40 junto a una carnicería equina, donde ahora hay una tienda de telefonía. Tenía un bonito cartel de madera en la fachada, creo recordar, con una cabeza de caballo pintada de perfil. Siempre me quedaba mirando al interior y siempre la veía vacía, como nuestra nevera. Los domingos no había tiendas abiertas, sólo el asador de pollos de la plaza de San Miguel. Hacía muchísimo calor allí adentro. Las esperas habrían sido más llevaderas de haber sabido que en esa casa, quizá justo sobre nuestras cabezas, había vivido Goya entre 1768 y 1769. Pero eso lo descubriría José Luis Ona unos años más tarde, cuando ya nos habíamos mudado al barrio de la Magdalena. Y descubrió otras casas del joven Goya en el Coso Bajo (números 128 y 132), y en la plaza de San Pedro Nolasco. La casa de Goya en Burdeos estaba cerrada cuando fuimos a visitarla. Tampoco vi a mis parientes bordeleses aquel calurosísimo día de julio de 2003. La carnicería equina desapareció hace tiempo. Me dio un poco de pena, creo recordar, aunque nunca llegué a entrar en ella. Estaba justo frente a la casa de balcones vencidos en la que vivió Goya. La única de sus casas zaragozanas que sigue en pie. Apuntalada y con goteras, pero sigue en pie. Tiene dos balcones por planta, visiblemente inclinados todos ellos hacia un eje imaginario que partiría en dos la casa. En la planta baja, los pollos dan vueltas y vueltas, y nunca terminan de asarse. Ya no hace tanto calor allí adentro. Junto a la puerta del asador hay una discreta placa de metacrilato que recuerda a Goya, y que a mí, no sé por qué, me habla de las extrañas conexiones de la memoria.

Heraldo de Aragón (febrero, 2008)

AVANCE DIGITAL

       Un día sin periódicos es un día extraño. Como un apagón de los de antes. Consulto la cartelera en internet. Ya no puedo vivir sin internet. Sin mi portátil. Ya no soy capaz de escribir a mano, me cuesta una barbaridad. Poco a poco se ha ido resumiendo el callo del dedo corazón de mi mano derecha de estudiante. No soy, sin embargo, de las que bajan películas ni música en el ordenador, quizás es que siempre he estado un poco desfasada dentro del mundo de la tecnología. En una de aquellas cintas de noventa minutos grabé hace más de treinta años una cena navideña. Me sentía orgullosa dándole a las duras teclas del primer magnetofón que hubo en mi casa (un Hitachi comprado en Canarias). Teníamos entonces un tomavistas que nadie sabía hacer funcionar. Mi padre lo había intentado varias veces y se había puesto de muy mal humor. También recuerdo que pasé días intentando averiguar cómo se ponía el despertador de dígitos rojos traído posiblemente de Andorra. Hay gente que vale para esas cosas, o para inventar maquinetas alucinantes sin las que el mundo se paralizaría. El IX Congreso de Periodismo Digital va tratar de la importancia de la imagen en la red, los youtubicos y esas cosas. Imágenes en movimiento, ad infinitum. Guardo como una reliquia mi primer teléfono móvil (mi zapatófono), que hacía reír a los avanzados en nuevas tecnologías cuando me resistía a cambiarlo por un modelo con cámara y más pequeño. La era digital es un milagro, un gran misterio para mi cerebro analógico. Siento una extraña alegría viendo la pagineta web de Mariano Gistaín: ajenas a la mirada del pionero, siete monjas capuchinas de Barbastro se concentran en sus misales y en sus rezos.

Publicado en Heraldo de Aragón (Huesca, 23-3-2008) 

 

ALMENDRICOS

    Marzo mayea y me dicen que ya se han helado los almendros. Año tras año me asombra la ingenuidad e imprudencia de los frutales que florecen antes de tiempo. Mi abuelo se disgustaba enormemente cada vez que comprobaba que tampoco ese año cogería ni una almendra. Hablaba entonces de arrancar aquellos estúpidos árboles y sembrar cebada en su lugar. Pero nunca lo hizo. Su almendrar era como un hijo díscolo por el que sentía debilidad. Con la comida en la boca, y mi abuela a su lado, o bien él solo, recorría contra el cierzo los siete kilómetros que distan del pueblo al almendrar. Se detenía un poco antes de llegar para contemplar de lejos su belleza en flor, o para tomar aliento presintiendo que la noche de Viernes Santo los almendricos habían sucumbido bajo el cielo raso. Todos tenemos debilidades. La gente de orden quizás pueda permitirse grandes debilidades. Fatídica Semana Santa. Arrancar el almendrar habría sido como echar de casa al hijo díscolo y encantador que siempre suscita zozobra. Mi madre heredó esa finca. Asumió esa herencia ruinosa con cierta resignación. Nunca se atrevería a arrancar esos árboles y ni siquiera se atrevería a vender (porque “el que vende acaba”, decía siempre mi abuelo). Para mi madre, que no sabe nada de agricultura, el almendrar es un símbolo. Ella y sus hermanas plantaron de niñas algunos de esos ingenuos árboles, que siguen empeñados en comportarse como jóvenes impetuosos a pesar de haber pasado más de sesenta años. Son de una variedad (desmayo, creo) del todo inapropiada para el clima de los Monegros. Habría que injertarlos, o arrancarlos, mejor. Pero ahí siguen, para recordarnos algo, algo escrito en un lenguaje indescifrable.

Publicado en Heraldo de Aragón (Huesca el 16-3-2008)


CAPITANAS DEL CIERZO

    Fuimos en busca de capitanas. Víctor Forniés me había pedido que participase en el documental “La voz del viento”. Me acordaba de un paraje cercano a Monegrillo donde hace unos años fotografié esas extrañas plantas de color grisáceo. Estaban amontonadas, detenidas contra una valla metálica que rodeaba un viejo molino de viento. Se las llama capitanas por sus espinas en forma de estrella. También se llaman volanderas, o barrillas. De sus cenizas se extraía la sosa necesaria para la fabricación del cristal. A veces, los días de cierzo, cruzan la carretera sin mirar, como manadas de bestias enloquecidas, o en solitario, de forma casi pesada, en busca de un imaginario cementerio de elefantes. Su nombre científico es Salsola Kalis. Lo que más me gusta de ellas es que después de muertas, después de rodar y rodar empujadas por el viento, pueden volver a echar raíces si encuentra un lugar propicio. El cierzo soplaba con fuerza durante el rodaje. ¿Puede alguien filmar el viento? ¿Dónde buscarlo? ¿Cómo? ¿Qué se esconde en las películas que vemos o en los libros que escribimos? ¿El viento que azotaba contra nuestras caras? La ayudante de producción me ofreció unas horquillas para sujetarme el pelo. Las aspas amarillas del molino emitían un quejido metálico que recordaba a las extractoras petrolíferas de la película “Gigante”. El sonidista se desesperaba. Ninguna capitana rodó ante la cámara. Seguían detenidas junto a la valla, como espectadoras de esos secanos que a George Orwell le parecían “grises y de superficie arrugada como la piel de un elefante”. Las capitanas mueren. Algo las empuja, hasta que se quedan quietas y renacen. Silenciosas, cuando el viento cesa.

 Publicado en Heraldo de Aragón (Huesca, 24-2-2008)

GARRAFETAS

   Mi abuelo quiso que el olivar del saso quedase para sus hijas, para que nunca les faltara aceite ni vino. Mi abuelo no era como el Rey Lear y sabía que sus tres hijas lo querían por igual. Las vides desaparecieron hace un tiempo, pero los olivos, a pesar de haber sufrido heladas y un atroncamiento, siguen dando fruto. El aceite nunca se escatimó en Casa Franco. La abuela Juliana, que era la madre de mi abuelo, no sabía lo que era una aceitera: directamente de la zafra, vertía el aceite en sartenes y ensaladeras. Ese gesto de esplendidez en una mujer más bien rancia ha pasado a la memoria familiar. El aceite de este año ya está almacenado en la despensa, en garrafetas de cinco litros que se agrupan en tres lotes, uno por cada hija. El lote de la pequeña, que no se llama Cordelia sino Amanda, viaja en sucesivas tandas a Madrid dentro del maletero de un coche. El lote de mi madre, que es la segunda, se extiende por Zaragoza, y es mi hermano quien, quizás por haber heredado los genes julianos, tira de garrafa con mayor alegría. Si alguna vez el aceite aparece en la lista de la compra será por un fallo de intendencia en el habitual trasiego de garrafetas. El lote de la mayor permanece en la despensa de Casa Franco, en el sitio donde antes estaba la zafra, marcado por manchas indelebles en el suelo. Es un aceite de más de un grado de acidez. Por eso no nos saben a nada otros aceites. Lo mismo le pasaba a mi abuelo con el vino embotellado. Las vides casi se arrancaron ellas solas, y aun así fue doloroso. El Rey Lear repudió a la hija que más lo quería. La tempestad literaria vuelve a la calma en la vida real. Las oliveras siguen dando fruto para tres hermanas que se quieren de verdad.

Publicado en Heraldo de Aragón (edición Huesca) el 17-2-2008

GOMETAS

Publicado en Heraldo de Aragón el 11-2-2008

 



    Mi tío Jesús tenía un cuaderno negro con una gometa verde alrededor. Mi tío ponía gomas a casi todo, a las carpetas, a las cajas de tornillos, a los bloques de facturas que se amontonaban en la mesa del despacho de mi madre, a los manojos de puerros, a los cromos repetidos de su nieto, a todo lo que fuese susceptible de disgregarse. Mi tío era un hombre de orden. En sus últimos años de vida, decidió no pisar la calle nunca más. Desde su sillón de orejas manejaba el mando a distancia de la tele y el teléfono inalámbrico como si fuesen prolongaciones de sí mismo, y gracias a ellos navegaba con un rumbo fijo. Ambos aparatos estaban muy usados, pero se resistía a cambiarlos por otros y para sujetar sus respectivas baterías les había puesto alrededor unas gometas con varias vueltas. Todos los días nos hacía una o dos llamadas fijas, y aunque no existía aún el identificador de número, sabíamos que era él, pues nunca se retrasaba más de un minuto. Su cuaderno negro era una especie de agenda sentimental (y quizás un protoblog). En él iba anotando las efemérides familiares: cumpleaños, bodas, defunciones, fiestas patronales, exámenes aprobados, grandes nevadas o pedriscos, hospitalizaciones y operaciones, viajes largos emprendidos por su hijo o por alguno de sus sobrinos. Incluso el Año Nuevo chino lo tenía registrado un 2 de febrero (con letra temblorosa y bastante reciente) junto a la Virgen de la Candelaria, que parecía por su parte una anotación muy vieja. No me atreví a decirle que el año chino cambia de fecha según las lunas, porque eso habría alterado el orden interno del cuaderno, que en realidad era un cuaderno de bitácora de todo un periplo familiar.