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Cristina Grande

MAPAS

Estaba en la costa cuando anunciaron la ola de calor. No acababa de creerlo. Mi habitual pesimismo es reversible en ciertos casos. Pero tanto insistían los meteorólogos con sus mapas morados que la ola de calor no quiso pasar de largo. Pensaba en mi pobre madre, que quizás no bebiera suficientes líquidos. Y pensaba en mis pobre macetas. El día del regreso, el calor seguía aquí. Mi madre estaba bien, aunque un poco ojerosa. Los geranios se habían achicharrado. Por la tarde tuve que salir al supermercado. Mi aspecto dejaba mucho que desear pero no tenía ánimo para arreglarme. Estaba fatigada. En mi vida había llevado tan malos pelos. Seguro que me encuentro con alguien, pensé, pero quién va a salir a las cinco de la tarde con este calor. Como era de esperar, me topé de frente con una de esas conocidas que te miran de arriba abajo. Habría querido salir corriendo, pero tuve que hacer el paripé, y casi evitaba mirarla a los ojos –como si así pudiera hacerme menos visible- y respondí de forma evasiva a todo lo que me preguntó. Después, una vez en la calle, me sentí mareada. Tal vez fuese por el calor, o por el mal rato que había pasado frente a la conocida que, por cierto, lucía estupenda, bronceada, tatuada y “peluquereada”. Hay mujeres verano, y yo no soy una de ellas. No me gusta bajar a la playa ni tomar el sol. Me habría gustado ser como mi amiga Paloma, que sabe navegar y arriar las velas, escribe novelas y pesca lubinas en el Mar Menor. No bajaría la mirada ante nadie si yo supiera leer las cartas de navegación.

HERALDO DE ARAGÓN (2-6-2019)

04/07/2019 16:58 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

SAN JOSÉ

San José ya no se celebra como antes. En mi mente, sin embargo, el 19 de marzo sigue siendo festivo. Cuando consigamos viajar al pasado volveré a una de aquellas comidas en que celebrábamos el santo de mi padre y de mi hermano. Mi abuelo también se llamaba José, pero tengo pocos recuerdos de él. Si pudiera volver al pasado, haría lo imposible por mantener iluminados los instantes de felicidad que vislumbro entre la niebla de lo que fui. Mi padre no llegó a viejo. A veces intento imaginarlo con ochenta años. Me pregunto si seguiría vistiendo traje y corbata, o habría adoptado como uniforme el pantalón vaquero que tanto detestaba. No sé si conservaría todo su pelo que, de ser así, sería blanco pues tenía bastantes canas ya de joven. Si no hubiera muerto prematuramente, yo habría seguido pareciéndome a él. Pero los muertos son descuidados y van a lo suyo. Durante bastante tiempo estuve enfadada con él por haber muerto, por haberse ido a la francesa, sin avisar. En el fondo de mi corazón, sigo enfadada, ya no con él ni con nadie en particular, y quizá contrariada más que enfadada. Su hueco no lo podía llenar nadie. Sus gestos casi los he olvidado. Mi madre lo quiso mucho, pero no me habla bien de él, y eso me duele. A veces echo en falta a alguien que honre su recuerdo, que mencione su generosidad, su sonrisa un poco triste, su forma de silbar o de imitar la sirena de los barcos entre la niebla. Si pudiera volver al pasado, me aseguraría de que ningún disgusto rompiera su corazón.

HERALDO DE ARAGÓN (19-3-2019)

21/03/2019 06:21 cristinagrande #. sin tema Hay 1 comentario.


UNA BARANDILLA

Decidí no tomar las uvas para empezar el año. No fue por la influencia de la reciente campaña de la DGT, que había oído en la radio. Que decía algo así como que ni las uvas, ni llevar lencería roja, ni los anillos de oro en el champán podrán salvarte la vida en la carretera. No tomar las uvas sería una especie de desafío. Y me las comería todas si había que hacerlo. Tampoco me pondría la liga roja en el muslo izquierdo, como hacía antes, porque no sé adónde fue a parar. Era además un accesorio ridículo, la verdad. Las tradiciones, cuando se convierten en supersticiones, me hacen sentir un poco estúpida. De mis adentros sale entonces la escéptica que suelo mantener a raya. Pensé que el año había que empezarlo sin miedo. Mirando hacia el precipicio. Por la cabeza me rondaba una frase de Fernando Sanmartín, de su último libro, “y pienso que la vida es estar siempre asomado a muchos acantilados”. Hay frases reveladoras. “Frases que son como una barandilla. Para estar asomado”. El libro de Fernando Sanmartín se titula “Ciudades que se posan como pájaros”. Un bálsamo. El año hay que empezarlo haciendo algo nutritivo para el espíritu. Algo sustancialmente bueno. Un buen libro, un paseo por la montaña con una buena amiga y dos perros. Algo así. Algo que nos infunda una tranquilidad verdadera. Le pido al nuevo año un lote de tranquilidad generalizada. Una barandilla. La crispación del 2017 no debería continuar. Es buena señal, me digo, que el año haya empezado en lunes. 

HERALDO DE ARAGÓN (2-1-2018)

06/01/2018 08:32 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

MARAVILLOSA BANALIDAD

“Lo que da trascendencia al arte es la maravillosa banalidad de lo cotidiano”, dice Nélida Piñón cuando la entrevistan por su libro “La épica del corazón”. Solo por esa frase presiento que tendré que leer a la autora brasileña. Esa maravillosa banalidad viene a casa en forma de tarros de mermelada. Mi amiga Rosa Garza hace mermelada de albaricoques de su pueblo, también de manzanas reinetas, de peras de don guindo y de ciruelas claudias. Pongo los tarros alineados sobre la encimera de la cocina y los observo como si fuesen obras de arte. Sé que esa mermelada contiene algo más que frutas, azúcar y mucho amor. Para no caer en la cursilería más estrepitosa citaré de nuevo a Nélida Piñón: “Las pequeñas cosas, aunque la gente no se dé cuenta, son de una esencialidad trascendente”. Su voz es potente, muy potente, tratándose de una mujer de más de ochenta años. Cada otoño, Rosa Garza nos regala sus mermeladas y melocotones en almíbar. Yo le voy guardando los tarros vacíos para la próxima campaña. De varios tamaños. Algunos conservan las etiquetas rotuladas a mano con el año de producción. Y es como si fuéramos datando nuestra amistad. Es domingo. Ya es la hora del aperitivo y nos preparamos un negroni con vermú de Morata de Jalón. El sol de noviembre, el más dulce del año, entra hasta el fondo de la cocina con mucho atrevimiento. Tengo los cristales hechos una guarrería, pero no comento nada porque llevamos un rato calladas. “Lo cotidiano es lo que sustenta lo heroico”, sentencia la brasileña. 

HERALDO DE ARAGÓN (21-11-2017)

18/12/2017 10:15 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

EL MOLINILLO

 

El mercadillo de San Bruno estaba muy animado. Libros, alguna antigüedad, bisutería y alimentos, furufalla diversa, todo se ordenaba con naturalidad en la plaza, sobre las ruinas romanas del subsuelo. No se veían turistas. Sabía que encontraríamos a algún amigo que también tiene la costumbre de dar ese garbeo y comprar un par de libros. Algunos vendedores tenían cara de frío. Se quejaban del frío inusual y de vender poco. A mi lado, Antoine y Cuchi hablaban de la “gravitas romana”, esa virtud que une sentido de la responsabilidad, rigor, y capacidad resolutoria. Me puse a curiosear en un puesto cualquiera. Una mujer de cierta edad, con un molinillo de pimienta en la mano, dio un respingo cuando le pidieron cien euros porque la pieza era de porcelana buena. El molinillo pasó entonces a manos del vendedor, que hizo girar su pequeña manivela dorada para demostrar que además funcionaba. Me quedé mirando, como hipnotizada, ese giro maravilloso que reflejaba la luz del sol. Y el tiempo casi se detuvo. Vi que todo giraba muy despacio, cada vez más despacio. Quizás un milagro estaba a punto de suceder. Quizás el tiempo llegó a detenerse realmente durante un instante. En ese arrebato místico me sentía muy feliz hasta que pensé que podría tratarse de algo parecido al ojo de un huracán. Saldría todo por los aires en cualquier momento y se desbordaría el Ebro. Gravitas romana, porcelana buena.

 HERALDO DE ARAGÓN (12-9-2017)

 

 

 

02/10/2017 20:04 cristinagrande #. sin tema Hay 1 comentario.

VERMÚ REMOLACHERO

El rojo es mi color favorito. Bueno, en realidad es el color favorito de mi hermano. Él siempre ha tenido las cosas más claras que yo y es más optimista. Y, a veces, le hago caso. También me gustan el amarillo, el violeta, y el resto de los colores, según el día. Pero un toque de rojo siempre anima mucho. La tierra roja me fascina. Disfruté en las laderas del Teide y he disfrutado este fin de semana de las tierras del Jiloca, de sus torres mudéjares rojizas y del castillo de Peracense. Nunca había subido hasta allí, hasta  esa mole rocosa sobre la que se asienta el castillo del mismo color que la arenisca roja. Al bajar del coche, todo olía a romero, a ajenjo, a tomillo, y hasta me parecía oler a incienso. El castillo se alza a 1365 metros de altitud y las vistas no podían defraudar. Luego paramos en Calamocha a tomar un vermú. No pude resistirme al ver un cartelito que decía “vermú remolachero”. No me pareció distinto a otros vermús, ni pude averiguar el origen del apelativo. Comprobé, sin embargo, que el fondo del vaso estaba completamente rojo cuando apuré la última gota, frente a la iglesia. A través del cristal teñido vi unas nubecillas altas sobre el cielo morado. Vi a un grupo de señoras salir de la misa de doce como si formasen una cofradía. Vi a Antoine leyendo la prensa muy concentrado. Y enfocando hacia el horizonte, también vi el castillo de Cutanda construyéndose en el aire.

HERALDO DE ARAGÓN (8-8-2017)

14/09/2017 06:16 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

CUADERNO MALAYO

A veces, al regresar de un corto viaje, tienes la sensación de que alguien ha estado en casa aprovechando vuestra ausencia. Una especie de malestar difuso se instala en el cerebro cuando ves tus gafas de lectura colocadas boca abajo. Desde que llevas gafas tienes la precaución, casi manía, de que los cristales no se rocen con las superficies de las mesas. Luego ves que te dejaste un armario abierto y te quedas un rato pensando cosas raras. No soy demasiado paranoica pero empiezo a sospechar que quizás, con la edad, ni siquiera podamos librarnos de los males más insospechados. La locura es uno de mis mayores miedos; el miedo a la locura es el único de mis miedos que no me puedo permitir. El malestar aumenta cuando voy a poner una colada y el mando de las revoluciones, siempre fijo a 800, se ha movido a 600. Un sudor frío me cae por las sienes. Junto al ordenador, un pequeño gnomo muy feo que salió de sorpresa en el roscón de Reyes, está tumbado boca arriba. Parece que se está desternillando de risa el gnomo feo. Lo enderezo y decido pasar de él. Abro un precioso cuaderno de tapas duras que mi amiga Rosa me ha traído de Singapur. Paso las hojas en blanco como si hubiese una respuesta entre sus delicadas rayas de color vainilla. La belleza del cuaderno malayo y la sonrisa de mi amiga Rosa consiguen devolverme la calma. Nada está escrito. Soy dueña de mi futuro y de todos mis miedos. 

HERALDO DE ARAGÓN (25-7-17)

31/07/2017 07:03 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

GIRASOLES VIEJOS

Lo viejo vende más que nunca, dice un típico artículo de suplemento dominical. Se refiere a prendas usadas que puedes encontrar en tiendas de segunda mano. Soy asidua de ese tipo de comercio y suelo comprar ropa que aún conserva cierto perfume. Imagino a quién podría haber pertenecido un vestido de verano con estampado de girasoles que cuelga en una percha de mi armario desde hace unos días. Casi con toda seguridad no lo llegaré a estrenar. Me está demasiado justo y es demasiado corto. Se lo dije a la encantadora mujer que me lo vendió, en una tienda en la que me gusta curiosear. Lo compré de todos modos porque nada más ver la tela retrocedí unos cincuenta años en el tiempo. Mi madre nos mandó hacer, a mi hermana y a mí, vestidos de verano iguales al que ella llevaba. Por entonces se acababa de estrenar la película de Vittorio de Sica con Sophia Loren y Marcello Mastroianni. Esa película, “Los girasoles”, trataba en realidad de la nostalgia de lo que no existió. Para mí esos girasoles son el anti big bang, una especie de tregua a la agotadora expansión del universo. Quiero decir que, más que nostalgia, siento que hay ciertos objetos que tienen la capacidad de detener, o al menos contener, la avalancha del tiempo. Los estampados florales me gustan de toda la vida. Mi nuevo vestido de girasoles viejos está solo un poco rozado.

HERALDO DE ARAGÓN (4-7-17)

17/07/2017 20:52 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

VENTANAS

Sopla un viento feroz, no muy frío, quizás fagüeño, y las nubes corren como huyendo del ocaso. Me asomo a la ventana y disparo una foto que sale muy “birriosa”. Limpio las gafas con el borde de la camiseta y me quedo un rato mirando los ciruelos rojos que se agitan como algas bajo el mar. Ya casi nadie pasa el rato asomado a la ventana, dice mi madre mientras nos acodamos en la barandilla con el único propósito de ver pasar a la gente. También pasan coches, autobuses, muchas motos –cada día más, según sus observaciones-, y algunos turistas se detienen en la esquina de la calle Mayor para fotografiar la torre de la Magdalena. De vez en cuando cruzamos la mirada con José Mari, que vive enfrente y sale poco a la calle. Le saludamos con la mano y nos devuelve el saludo con una gran sonrisa. No nos ocultamos tras los visillos. Me viene a la cabeza la novela de Carmen Martín Gaite “Entre visillos”, que fue premio Nadal en 1957. Y su libro “Desde la ventana: Enfoque femenino de la literatura”, publicado en 1992.  En palabras de la autora, la ventana es el puente tendido entre las orillas de lo conocido y lo desconocido, es un punto de partida, una atalaya doméstica. La ventana simboliza lo fronterizo, el límite entre lo familiar y lo inexplorado. En esa frontera nos sentimos a gusto mi madre y yo. Vemos también la luna creciente colgada entre dos aleros, y las estelas rojizas de los aviones que viajan hacia el suroeste. 

HERALDO DE ARAGÓN (2-5-2017)

03/05/2017 12:16 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

UN ÁRBOL SINGULAR

Había un enorme cedro del Himalaya en el patio de mi colegio. Estaba en una esquina, cerca de una tapia por la que sobresalía como un gigante. Bajo su sombra nos columpiábamos y yo me dejaba matar jugando al “balucón” contra las internas vascas. Estábamos muy orgullosas de ese árbol centenario las chicas del pueblo porque parecía salido de un cuento fantástico y nos protegía. De camino al colegio, por una carretera comarcal poco transitada y bordeada de castaños de indias, nos entreteníamos recolectando castañas que luego decorábamos con rotuladores de colores. A veces, con la llegada del buen tiempo, preferíamos volver por el camino de Alméndora, que estaba sin asfaltar. Ni a nuestras madres ni a las monjas les gustaba que fuéramos por ese camino. Imponían la carretera porque era preferible ser atropelladas a ser violadas. No lo decían así de claro pero se rumoreaba que había pervertidos, exhibicionistas, lobos que salían al encuentro de las caperucitas. De cuando en cuando nos deteníamos a comer alguna manzana o algún melocotón áspero de los árboles que parecían no pertenecer a nadie. Veinte o treinta años después el camino de Alméndora se convirtió en una calle asfaltada para una urbanización de chalés que se construyó de la noche a la mañana. Ya no quedan frutales, ni sobrevivió el colegio, que ahora es otra cosa. Pero el cedro del Himalaya sigue ahí, como mi amor por los árboles, como la castaña seca en la que aún se lee “año1974”.

 HERALDO DE ARAGÓN (28-3-2017)

29/03/2017 07:00 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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