La noche de fin de año teníamos un sentimiento de triunfo agridulce, como si no fuese del todo mérito nuestro haber superado una dura prueba. Abrimos una botella de vino mientras preparábamos la cena. Parecía que no nos daría tiempo de tenerlo todo dispuesto antes de que llegasen los invitados y necesitábamos un receso. La mesa supletoria, la que se añade a la del comedor para hacerla más grande, se nos había resistido durante un buen rato, hasta que Antoine sacó la caladora y el taladro y solucionó el problema. Se nos ocurrió entonces patentar un nuevo modelo de mesa para grandes ocasiones, un modelo que no voy a describir porque el asunto de las patentes, ya sabemos, es muy peliagudo. Me acordé entonces de la fregona y de Manuel Jalón. Hace más de veinte años, yo fui secretaria por un día en Fabersanitas, donde se fabricaban jeringuillas desechables (otro gran invento). El señor Jalón se rio abiertamente cuando le dije que yo no valía para secretaria y que me autodespedía. “Nunca he tenido una secretaria que me durase tan sólo una mañana”, dijo desde su sillón de directivo, “baja a recepción y pide un taxi”. Y así lo hice. Y puede que ese día cambiase el rumbo de mi vida. Creo que para bien. Casi estoy segura de ello cuando me alejo un poco de la mesa para ver lo bonita y estable que ha quedado, y cuando me acerco a alisar el mantel para poner un par de velas que no gotean aunque estén toda la noche encendidas. Me gusta empezar el año intentando inventar algo, lo que sea.
HERALDO DE ARAGÓN (3-1-2012)
La tía Visi era el alma de la casa. Sin ella el caos se apoderaba de la cocina y de los armarios en menos de un día. Me asombré muchísimo cuando me enteré de que la tía Visi, que no era mi tía sino la tía de mi mejor amiga, tenía su propia casa, un piso grande y lóbrego que compartía con una tortuga eternamente aletargada en la despensa. Yo nunca había visto una tortuga y salté de alegría el día en que asomó su cara arrugada y nos miró con sus ojillos legañosos. En las grandes fiestas familiares la tía Visi iba y venía como si tuviera ruedetas en los pies. Era lo contrario a su tortuga. Recogía, ordenaba, cocinaba y fregoteaba con una ligereza sorprendente. A mis ojos de niña había algo mágico en ella, algo que yo nunca conseguiría. Con los años he comprobado que existen muchas tías Visis, al menos una en cada familia que ha sobrevivido estructurada –que es una palabra horrible que pongo sólo como antónimo de “desestructurada”-, es decir, en las familias unidas. Hace unos días asistí a una comida en la Sociedad Gastronómica Aragonae. Éramos 38 comensales. En la cocina había varios aglutinadores (del género masculino en este caso) que parecían tener manos de prestidigitador y ruedetas en los pies. No fue entonces, sino unos días después, mientras me vi trajinando para la cena navideña, cuando pensé en la tía Visi y en su legión de aglutinadores. Creo que sin querer me he alistado como aprendiza, y espero que pronto me concedan las ruedetas.
HERALDO DE ARAGÓN (27-12-2011)
La jornada de reflexión me la pasé en la cama. No es que estuviera enferma, quiero decir realmente enferma, ni que tuviera que reflexionar sobre mi voto. No tenía ningunas ganas de votar y sabía de antemano que acabaría yendo a la urna para prevenir un posterior ataque de mala conciencia. Sólo quería descansar. Estuve horas leyendo con una almohada doblada bajo la nuca. Dormitaba a ratos, con las gafas puestas y la luz del flexo sobre la cara, mientras oía por el pasillo las muletas de mi madre y la voz melodiosa de mi sobrina. Ambas respetaban mi encerramiento. No comí más que dos mandarinas en todo el día. La primera estaba muy buena y la segunda llena de pepitas, cosa que me puso de mal humor durante unos minutos, pues esa segunda ya me había ofrecido dudas nada más verla. Últimamente he descuidado, por recelos pragmáticos, lo que antes consideraba una inestimable intuición. Pero es que hay que ser valiente para aceptar que lo razonable no siempre es lo correcto, y que se puede ser cursi para llegar, como Susana Tamaro, donde el corazón te lleve. Me comí la segunda mandarina como un autoescarmiento y vi en las pepitas los problemas cotidianos que nublan el dulce sol de noviembre. El Zaragoza perdía 3-0 nada más encender la radio, que apagué inmediatamente pensando aún en las pepitas, y en la pena de mis amigos Melero, Pisón, Pérez y Notivol. Ya de madrugada se oían por la calle las risotadas de un grupo de cafres que seguramente eran del BarÇa. Desdoblé la almohada antes de apagar la luz.
HERALDO DE ARAGÓN (23-11-2011)
En mi calle han abierto dos negocios de “Compro oro” que por su aspecto podrían pertenecer al mismo dueño. Han tabicado los escaparates y no han invertido nada en decoración. Dicen que en épocas de crisis la gente adinerada invierte en valores seguros. No sé nada de finanzas y me pregunto qué se hace con el oro que va a parar a esos locales. ¿Se convierte en lingotes? ¿Y dónde se guardan los lingotes? No tengo afición alguna por las joyas, pero de vez en cuando me detengo ante el escaparate de una pequeña joyería de mi calle que me parece una delicia. Hace unos años compré allí una sortija de plata y turquesa que acabó en el dedo de una turista valenciana. Era una chica joven que se sentaba en la mesa contigua a la mía en una terraza de verano. Acabamos charlando y me pidió que le dejara probarse la turquesa que tanto llamaba su atención y que luego no quiso devolverme. Algunas veces las cosas se pierden de la forma más absurda. Mi tía Maribel diría que las cosas no son importantes, que lo único importante es la salud. Conozco bien el significado de la palabra “pérdida” en todas sus acepciones. No es nada fácil llegar a tener un buen perder. Creo que ese aprendizaje es imprescindible para pasar una reválida de la madurez. Por otro lado siempre nos quedará el sentido del humor, que es como el “siempre nos quedará París” de Humphrey Bogart. En épocas de crisis todo es susceptible de perderse, todo excepto ese París en blanco y negro que incluye una lección de elegancia y una tímida sonrisa.
HERALDO DE ARAGÓN (15-11-2011)
Yo creo en los fantasmas. En algunos fantasmas. Cada uno tenemos los nuestros y son, como los recuerdos, intransferibles. “El fantasma y la señora Muir” (Joseph L. Mankiewicz, 1947) es una película turbadora que me gusta por su aparente ingenuidad y su densidad onírica. Gene Tierney es una joven viuda que se va a vivir cerca del mar y establece una curiosa relación con el fantasma del capitán Gregg (Rex Harrison), y viven felices para siempre. A veces veo con mi sobrina una serie de televisión en la que una joven con poderes ayuda a los fantasmas a pasar “al otro lado”, que viene a ser el más allá. Yo no querría que mis fantasmas se fueran al otro lado. O como mucho, al otro lado del espejo, desde donde nos ven envejecer. Mi padre, en mis sueños, siempre viene en mi ayuda, y ya tiene todo el pelo blanco cuando sólo tenía plateadas las sienes al morir, hace 28 años. Mi abuela, que murió tres meses antes que mi hermana, se me apareció un día en una estantería a la altura de mis ojos, mientras visitaba un museo de vírgenes románicas. Era la más bajita de la fila, iba toda de blanco, se parecía a Frida Khalo y era la única que sonreía en mi sueño. Hay otros fantasmas menos amables, que no hacen nada malo, pero se limitan a observar el sufrimiento de las personas a las que amaron en vida. Algunos son excesivamente discretos, te preguntas dónde se habrán metido. Te preguntas también si se hablan entre ellos. Mis fantasmas viajan conmigo, en mi corazón, que es un músculo estriado con motilidad autónoma.
HERALDO DE ARAGÓN (1-11-2011)
La casa se queda fría por las mañanas. Aún tenemos el ventilador en el vestíbulo, esperando recuperar su hueco entre las maletas del cuarto oscuro, cuando te das cuenta de que los pies se quedan helados viendo el telediario de Pepa Bueno. Sacas la estufeta de aire. Te parece que hace demasiado ruido, y eso que lleva escrita la palabra “silent” en bonitas letras inclinadas, y estás a punto de darle una patada. Habrá que encender la calefacción, dice tu madre. No es que te dé pereza purgar los radiadores, que un poco sí, es que quizás hayas olvidado el funcionamiento de la caldera digital que instalaron el invierno pasado. Te sientes un dinosaurio. En la semana Escribit, que trata sobre la revolución digital, no tendrías nada que hacer. Con una moneda de dos céntimos y un bote de cristal que aún huele a pimientos del piquillo procesionas de radiador en radiador mientras tu madre te sigue devotamente. Más aplicada que tú, ha guardado las sandalias en sus cajas, mientras en tu cuarto andan revueltas las chancletas con las botas. “La razón y la locura” es el sugerente título de Periferias 2011. Te apetece escuchar a Ángel Alcalá en su charla sobre Miguel Servet, y te apetece procesionar de exposición en exposición con la sensación de que todos somos “outsiders”. En Huesca te sientes como en casa. De la razón a la locura hay muy poca distancia, te dices con el tarro de pimientos en la mano, como siempre por estas fechas. Enciendes la caldera sin necesidad de leer las instrucciones.
HERALDO DE ARAGÓN (25-10-2011)
Miraba el horizonte desde un piso alto del barrio de San Pablo. Eran las diez de la mañana cuando vi una estrella fugaz formando una parábola descendente sobre los montes de Juslibol. De momento me pareció un ovni, similar al que vi cuando tenía trece años a la salida del colegio. Aquel era más grande y más lento que lo que vi desde la ventana de San Pablo. Luego supe que había una lluvia de estrellas de la que no tenía noticia, pero aun así resultaba extraño ver ese fenómeno a la luz del día. “Detener lo cotidiano era aturdir la memoria”, dice Philip Larkin en “Ventanas altas”. Este verano no puede ver las Perseidas. En realidad, a pesar de mi ilusión y empeño, sólo tres veces he conseguido verlas. La primera vez ni siquiera sabía de su existencia y fue un espectáculo inolvidable. No es que me gusten las sorpresas, al contrario, creo que disfruto más de las cosas cuando soy consciente de que forman parte de mi realidad. Lo fortuito me aterra, me lleva a pensar que estamos en manos de un jugador loco. “Los dioses quitan, los dioses dan” dice una canción de Petisme que me viene a la cabeza de vez en cuando. Se acabaron las fiestas. Me ilusionaba ver los fuegos artificiales, que son como estrellas fugaces que suben, que llenan el cielo de colores, que se ven con los amigos desde una terraza elevada sobre los tejados oscuros. Y mientras tanto, tu anfitriona ejerce como tal y se ha ocupado de que todo salga según el plan previsto, con el confort que da saberse en buenas manos, y a cierta distancia de la tremenda traca final.
HERALDO DE ARAGÓN (18-10-2011)
Íbamos a Lanaja, al entierro de mi tía Dorita. Era sábado. Amenazaba tormenta. Paramos a repostar en una gasolinera de la avenida de Cataluña. Desde mi asiento de copiloto veía un coche rojo aparcado ante un gran cartel que decía “Aire y agua”. Delante del cartel una pareja de mediana edad se besaba apasionadamente. Él estaba bajo la palabra Aire y ella bajo la palabra Agua. El beso de la pareja me produjo un extraño consuelo, era como un bálsamo contra mi tristeza. Me acordé de la película Beginners, de los dibujos que hacía Ewan McGregor para crear “la historia de la tristeza”. La muerte de un ser querido puede producir, por contradictorio que parezca, el principio de una forma de reconducir nuestras vidas. En todo aprendizaje hay algo doloroso, algo que dejar atrás –incluso la propia tristeza-. Mi hermano conducía muy despacio, el viaje se me estaba haciendo interminable y temía que no llegaríamos al entierro. Luego todo transcurrió según lo previsto, como en una escena dirigida por un buen director. La tristeza y la alegría iban agarradas del brazo, como nosotros tras el féretro, camino del cementerio. A la vuelta conducía mi primo Alfredo. “Es increíble”, dijo, “que ayer mi madre estuviera viva y a estas horas ya esté enterrada”. Mi primo conducía deprisa, con la seguridad de quien conoce bien el camino. Las lágrimas y el sudor me habían dejado seca, y no tenía palabras. Íbamos por una larga recta. Nada de lo que dijera podría aliviar su tristeza ni el desasosiego por el futuro. Le encendí un cigarrillo.
HERALDO DE ARAGÓN (22-8-2011)
La ONU declara la felicidad como uno de los derechos humanos. La noticia me causa gran turbación. Acabo de terminar “La flecha en el aire”, de Ismael Grasa, y me dan ganas de pedirle que me acepte como alumna en sus clases de Filosofía. Me veo levantando la mano para decir que considero que mi felicidad no es exactamente un derecho, no es algo que pueda reclamar a nadie por el mero hecho de haber nacido. No me imagino, por ejemplo, detenida ilegalmente en una aduana portuaria y reclamando mi derecho a la felicidad. ¿No es la felicidad algo diferente para cada individuo, algo íntimo e intransferible? ¿No es acaso una búsqueda personal en la que puedes embarcarte o no, una especie de tarea que requiere un esfuerzo personal y un largo aprendizaje? ¿O es, como dijo Zola de la belleza, un estado de ánimo? Puedo decir que soy más feliz, mucho más, que cuando tenía veinte años, y el hecho de que pudiera tratarse de una falsa percepción no tiene mayor importancia para mí. Nunca volvería a la infancia. Estoy empeñada en ser una vieja feliz, como lo fue mi abuela hasta su muerte, y no voy a responsabilizar a nadie si no lo consigo. Me viene a la cabeza la frase que una novia dijo al brindar durante el banquete de su segunda boda: “Tenemos la obligación de ser felices”. El día que mi abuela cumplió 99 años fuimos a tomar unas tapas para celebrarlo. Con una copa de vino en la mano dijo muy sentenciosa: “Este es el día más feliz de mi vida”. Seguramente ya sabía que sólo iba a vivir cinco meses más.
HERALDO DE ARAGÓN (30-8-2011)
Tengo muy pocos amigos en Facebook. De esos pocos sólo hay dos a los que no conozco en persona. No le acabo de encontrar la gracia a la amistad virtual. Aunque a veces suceden cosas curiosas, como haber reencontrado a mi antigua peluquera, la cual cambió los secadores por los ordenadores dejándome abandonada. Creo que la amistad necesita aire de verdad, brindis de verdad, abrazos de verdad, palabras de verdad, y también necesita una larga permanencia sin contrato. Le enseño a mi amiga A la marca que me dejó en el tobillo la mordedura de una mosca negra. Mientras tanto, mi amiga M, que acaba de volver de vacaciones, tiene la súbita idea de invitarnos a una docena de ostras en una plaza repleta de turistas. Desde la mesa de al lado, unos italianos nos miran –a las ostras y a nosotras- con gran curiosidad. Brindamos las tres y M dice que se siente muy feliz y que no va a permitir que el pesimismo ambiental le amargue la existencia. Y yo digo que esa felicidad debería ser patrimonio de la humanidad, igual que las ostras y el vino blanco. Nos ponemos un poco piripis. Declaramos el estado de guerra permanente contra el pesimismo. No me doy cuenta de que los mosquitos me están acribillando los brazos. Reímos como si fuésemos las mismas de hace veinte años, como si nada hubiera sucedido. Pedimos otra ronda. El mundo gira enloquecido alrededor, mientras nosotras, por unos instantes, permanecemos en el eje central de un tiovivo, en ese centro de gravedad permanente que inventó Franco Battiato.
HERALDO DE ARAGÓN (15-8-2011)
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