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Cristina Grande

EL MOLINILLO

 

El mercadillo de San Bruno estaba muy animado. Libros, alguna antigüedad, bisutería y alimentos, furufalla diversa, todo se ordenaba con naturalidad en la plaza, sobre las ruinas romanas del subsuelo. No se veían turistas. Sabía que encontraríamos a algún amigo que también tiene la costumbre de dar ese garbeo y comprar un par de libros. Algunos vendedores tenían cara de frío. Se quejaban del frío inusual y de vender poco. A mi lado, Antoine y Cuchi hablaban de la “gravitas romana”, esa virtud que une sentido de la responsabilidad, rigor, y capacidad resolutoria. Me puse a curiosear en un puesto cualquiera. Una mujer de cierta edad, con un molinillo de pimienta en la mano, dio un respingo cuando le pidieron cien euros porque la pieza era de porcelana buena. El molinillo pasó entonces a manos del vendedor, que hizo girar su pequeña manivela dorada para demostrar que además funcionaba. Me quedé mirando, como hipnotizada, ese giro maravilloso que reflejaba la luz del sol. Y el tiempo casi se detuvo. Vi que todo giraba muy despacio, cada vez más despacio. Quizás un milagro estaba a punto de suceder. Quizás el tiempo llegó a detenerse realmente durante un instante. En ese arrebato místico me sentía muy feliz hasta que pensé que podría tratarse de algo parecido al ojo de un huracán. Saldría todo por los aires en cualquier momento y se desbordaría el Ebro. Gravitas romana, porcelana buena.

 HERALDO DE ARAGÓN (12-9-2017)

 

 

 

02/10/2017 20:04 cristinagrande #. sin tema Hay 1 comentario.

VERMÚ REMOLACHERO

El rojo es mi color favorito. Bueno, en realidad es el color favorito de mi hermano. Él siempre ha tenido las cosas más claras que yo y es más optimista. Y, a veces, le hago caso. También me gustan el amarillo, el violeta, y el resto de los colores, según el día. Pero un toque de rojo siempre anima mucho. La tierra roja me fascina. Disfruté en las laderas del Teide y he disfrutado este fin de semana de las tierras del Jiloca, de sus torres mudéjares rojizas y del castillo de Peracense. Nunca había subido hasta allí, hasta  esa mole rocosa sobre la que se asienta el castillo del mismo color que la arenisca roja. Al bajar del coche, todo olía a romero, a ajenjo, a tomillo, y hasta me parecía oler a incienso. El castillo se alza a 1365 metros de altitud y las vistas no podían defraudar. Luego paramos en Calamocha a tomar un vermú. No pude resistirme al ver un cartelito que decía “vermú remolachero”. No me pareció distinto a otros vermús, ni pude averiguar el origen del apelativo. Comprobé, sin embargo, que el fondo del vaso estaba completamente rojo cuando apuré la última gota, frente a la iglesia. A través del cristal teñido vi unas nubecillas altas sobre el cielo morado. Vi a un grupo de señoras salir de la misa de doce como si formasen una cofradía. Vi a Antoine leyendo la prensa muy concentrado. Y enfocando hacia el horizonte, también vi el castillo de Cutanda construyéndose en el aire.

HERALDO DE ARAGÓN (8-8-2017)

14/09/2017 06:16 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.


CUADERNO MALAYO

A veces, al regresar de un corto viaje, tienes la sensación de que alguien ha estado en casa aprovechando vuestra ausencia. Una especie de malestar difuso se instala en el cerebro cuando ves tus gafas de lectura colocadas boca abajo. Desde que llevas gafas tienes la precaución, casi manía, de que los cristales no se rocen con las superficies de las mesas. Luego ves que te dejaste un armario abierto y te quedas un rato pensando cosas raras. No soy demasiado paranoica pero empiezo a sospechar que quizás, con la edad, ni siquiera podamos librarnos de los males más insospechados. La locura es uno de mis mayores miedos; el miedo a la locura es el único de mis miedos que no me puedo permitir. El malestar aumenta cuando voy a poner una colada y el mando de las revoluciones, siempre fijo a 800, se ha movido a 600. Un sudor frío me cae por las sienes. Junto al ordenador, un pequeño gnomo muy feo que salió de sorpresa en el roscón de Reyes, está tumbado boca arriba. Parece que se está desternillando de risa el gnomo feo. Lo enderezo y decido pasar de él. Abro un precioso cuaderno de tapas duras que mi amiga Rosa me ha traído de Singapur. Paso las hojas en blanco como si hubiese una respuesta entre sus delicadas rayas de color vainilla. La belleza del cuaderno malayo y la sonrisa de mi amiga Rosa consiguen devolverme la calma. Nada está escrito. Soy dueña de mi futuro y de todos mis miedos. 

HERALDO DE ARAGÓN (25-7-17)

31/07/2017 07:03 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

GIRASOLES VIEJOS

Lo viejo vende más que nunca, dice un típico artículo de suplemento dominical. Se refiere a prendas usadas que puedes encontrar en tiendas de segunda mano. Soy asidua de ese tipo de comercio y suelo comprar ropa que aún conserva cierto perfume. Imagino a quién podría haber pertenecido un vestido de verano con estampado de girasoles que cuelga en una percha de mi armario desde hace unos días. Casi con toda seguridad no lo llegaré a estrenar. Me está demasiado justo y es demasiado corto. Se lo dije a la encantadora mujer que me lo vendió, en una tienda en la que me gusta curiosear. Lo compré de todos modos porque nada más ver la tela retrocedí unos cincuenta años en el tiempo. Mi madre nos mandó hacer, a mi hermana y a mí, vestidos de verano iguales al que ella llevaba. Por entonces se acababa de estrenar la película de Vittorio de Sica con Sophia Loren y Marcello Mastroianni. Esa película, “Los girasoles”, trataba en realidad de la nostalgia de lo que no existió. Para mí esos girasoles son el anti big bang, una especie de tregua a la agotadora expansión del universo. Quiero decir que, más que nostalgia, siento que hay ciertos objetos que tienen la capacidad de detener, o al menos contener, la avalancha del tiempo. Los estampados florales me gustan de toda la vida. Mi nuevo vestido de girasoles viejos está solo un poco rozado.

HERALDO DE ARAGÓN (4-7-17)

17/07/2017 20:52 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

VENTANAS

Sopla un viento feroz, no muy frío, quizás fagüeño, y las nubes corren como huyendo del ocaso. Me asomo a la ventana y disparo una foto que sale muy “birriosa”. Limpio las gafas con el borde de la camiseta y me quedo un rato mirando los ciruelos rojos que se agitan como algas bajo el mar. Ya casi nadie pasa el rato asomado a la ventana, dice mi madre mientras nos acodamos en la barandilla con el único propósito de ver pasar a la gente. También pasan coches, autobuses, muchas motos –cada día más, según sus observaciones-, y algunos turistas se detienen en la esquina de la calle Mayor para fotografiar la torre de la Magdalena. De vez en cuando cruzamos la mirada con José Mari, que vive enfrente y sale poco a la calle. Le saludamos con la mano y nos devuelve el saludo con una gran sonrisa. No nos ocultamos tras los visillos. Me viene a la cabeza la novela de Carmen Martín Gaite “Entre visillos”, que fue premio Nadal en 1957. Y su libro “Desde la ventana: Enfoque femenino de la literatura”, publicado en 1992.  En palabras de la autora, la ventana es el puente tendido entre las orillas de lo conocido y lo desconocido, es un punto de partida, una atalaya doméstica. La ventana simboliza lo fronterizo, el límite entre lo familiar y lo inexplorado. En esa frontera nos sentimos a gusto mi madre y yo. Vemos también la luna creciente colgada entre dos aleros, y las estelas rojizas de los aviones que viajan hacia el suroeste. 

HERALDO DE ARAGÓN (2-5-2017)

03/05/2017 12:16 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

UN ÁRBOL SINGULAR

Había un enorme cedro del Himalaya en el patio de mi colegio. Estaba en una esquina, cerca de una tapia por la que sobresalía como un gigante. Bajo su sombra nos columpiábamos y yo me dejaba matar jugando al “balucón” contra las internas vascas. Estábamos muy orgullosas de ese árbol centenario las chicas del pueblo porque parecía salido de un cuento fantástico y nos protegía. De camino al colegio, por una carretera comarcal poco transitada y bordeada de castaños de indias, nos entreteníamos recolectando castañas que luego decorábamos con rotuladores de colores. A veces, con la llegada del buen tiempo, preferíamos volver por el camino de Alméndora, que estaba sin asfaltar. Ni a nuestras madres ni a las monjas les gustaba que fuéramos por ese camino. Imponían la carretera porque era preferible ser atropelladas a ser violadas. No lo decían así de claro pero se rumoreaba que había pervertidos, exhibicionistas, lobos que salían al encuentro de las caperucitas. De cuando en cuando nos deteníamos a comer alguna manzana o algún melocotón áspero de los árboles que parecían no pertenecer a nadie. Veinte o treinta años después el camino de Alméndora se convirtió en una calle asfaltada para una urbanización de chalés que se construyó de la noche a la mañana. Ya no quedan frutales, ni sobrevivió el colegio, que ahora es otra cosa. Pero el cedro del Himalaya sigue ahí, como mi amor por los árboles, como la castaña seca en la que aún se lee “año1974”.

 HERALDO DE ARAGÓN (28-3-2017)

29/03/2017 07:00 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

GRAVEDAD PERMANENTE

Yo tenía una amiga aparejadora que hacía tasaciones inmobiliarias además de obras. Se movía con gran naturalidad en un mundo de hombres y andamios. Le gustaban los coches deportivos. Cuando bajaba las ventanillas, su larga melena negra flotaba en el aire, como las canciones de Franco Battiato que ella cantaba en italiano aunque la versión fuera en español. Yo no podía conducir y mi melena nunca fue tan larga. A veces la acompañaba si tenía que hacer alguna tasación fuera de Zaragoza. Ella era de ciudad y yo de pueblo. Corríamos con su deportivo plateado por carreteras secundarias que a mí me resultaba familiares. Creo que fue hacia 2001 cuando la acompañé a la localidad de Sena. Habíamos quedado en una gasolinera con el encargado de las naves que teníamos que tasar. El encargado nos montó en un todoterreno que subía como al trote por una pista que llevaba hasta las inmensas naves de cerdos. El encargado, o lo que fuese, parecía muy orgulloso de aquel imperio porcino. Su acento era marcadamente catalán. Casi todos los trabajadores venían de Lérida, dijo cuando le pregunté si allí trabajaba gente de Los Monegros. Todo aquello pertenecía a Guissona. Mi amiga aparejadora tomaba notas. Hicimos las mediciones y muchas fotografías. Los cerdos parecían felices. De vuelta en la gasolinera, el encargado, o lo que fuese, desapareció antes de que pudiésemos demostrarle lo bien que cantábamos “Busco un centro de gravedad permanente”. 

HERALDO DE ARAGÓN (7-2-2017)

08/02/2017 17:03 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

OTOÑOS

Las golondrinas se fueron sin despedirse. Me habría gustado verlas partir. No es que eche de menos su algarabía continua por encima de los tejados. Pero se impone el silencio al atardecer, el ulular del viento anuncia la llegada del mal tiempo, y siento un poco de nostalgia de las tardes de verano. El invierno se me hará largo, lo presiento. Me resisto a guardar las sandalias y los pies se van quedando fríos. Siempre intento aguantar hasta el Pilar. He sacado del armario, eso sí, la manta con estampado de piel de vaca de todos los inviernos. Hemos encendido la chimenea, que no acababa de prender, como si hubiese olvidado su cometido. Los amigos de Arándiga han vendimiado unas pocas uvas hijas de la sequía porque no hacerlo sería un acto de cobardía. Cuando las uvas dulces van por el aire el otoño se rompe de parte a parte, sigue cantando Labordeta. La luz de septiembre adquiere una inclinación y una brillantez perfectas para destacar los volúmenes del paisaje. Me duele la garganta. En la lista de la compra apunto varias novedades editoriales que me llaman la atención. Ya me veo en el sofá, frente al fuego, leyendo “Vaciar los armarios” de Rodolfo Notivol, “Patria” de Fernando Aramburu, y “A contraluz” de Rachel Cusk. Estoy pasando el aspirador cuando descubro una pequeña sargantana que se ha refugiado bajo el quicio de una puerta. También presiente la llegada del invierno y paso de largo para no dañarla. Espero verla dentro de unos meses. Espero también que ella pueda verme a mí y me salude.    

HERALDO DE ARAGÓN (27-9-2016)

09/10/2016 07:57 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

AROMAS

Una de mis mejores amigas va a ser madre. Pongo mi oído en su vientre, como si espiara a un vecino a través de una pared, y me parece oír el latido de un corazón chiquitín. Estamos en el campo, de pie bajo un ciruelo de dulce aroma. Nos hemos puesto sombreros y gafas de sol. Posamos sonrientes para la cámara. Me da un poco de reparo mostrarme demasiado feliz. Como soy de naturaleza desconfiada tengo miedo de que los hados puedan arrebatarme este instante de felicidad si la exhibo descaradamente. Cruzamos el río Aranda y seguimos hasta la Juntura con el río Isuela. Un par de niños juegan en el agua con barquitos de plástico que ponen sobre la corriente y recogen un poco más abajo, casi donde muere el río. El agua del río Isuela es más clara que la del río Aranda. Por las alturas planean majestuosos buitres de alas brillantes que me hacen pensar en los ángeles cinematográficos de Wim Wenders. Es uno de esos momentos en los que querría ser capaz de pronunciar una frase elocuente, profunda y filosófica, pero lo único que se me ocurre es preguntar a uno de los niños si el agua está muy fría. El niño me mira extrañado. Está normal, responde con cierta displicencia. Mi amiga dice que huele a hierbabuena. Desde que está embarazada su olfato se ha agudizado, y el mío también. Hay tanta vegetación a nuestro alrededor que nos cuesta dar con la planta aromática. También huele a río, a melocotones, a hinojo y a eternidad. 

HERALDO DE ARAGÓN (23-8-2016)

20/09/2016 09:17 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

OCHENTA AÑOS Y UN DÍA

Hace 80 años y un día mi abuela empezó a escribir un diario que empieza así: “Es el cumpleaños de Dorita. Hace seis años. Lo celebramos toda la familia. A las doce, después de la sobremesa, Alfredo se acuesta. Lorenzo pone la radio. Luego nos da la noticia de la sublevación en Sevilla. Cada media hora dan noticias, pero son algo confusas”. Era el 18 de julio de 1936. Dorita era la hermana mayor de mi madre. El diario continúa hasta el final de la guerra, cuando mi abuela consigue reunirse con su familia después de tres años de separación. Hace tiempo pensé que el diario se podría publicar con el título “La guerra sola”. Como portada mi primo Alfredo, hijo de Dorita, propuso una fotografía de mi abuela caminando sola por alguna calle de Barcelona. Allí pasó parte de la guerra, siempre vigilada por ser la mujer de un supuesto fascista. Mientras tanto, mi abuelo trabajaba en una farmacia de la calle Alfonso de Zaragoza pensando que mi abuela estaría muerta. Lo cierto es que es raro que sobreviviese. Cerca de Lérida, cuando intentaba una vez más llegar a Zaragoza, la acusaron de espía porque la veían “tomar notas” en su diario. Más adelante, en mayo de 1938 escribe: “Me despierto con el tronar del cañón y me paso el día oyendo lo mismo más la aviación. No me extraña que mi corazón esté endureciendo. No me da miedo nada, solo los hombres, me dan horror, cuando pienso lo que pasé en Lérida se me hiela la sangre. En aquellos momentos solo pensé en vivir para ver a mis hijas”. En 1941 nació su tercera hija. Nunca volvió a nombrar la guerra. 

HERALDO DE ARAGÓN (19-7-2018)

 

21/07/2016 05:48 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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