No es del todo fácil distinguir a una buena persona de una mala persona, aunque sí podemos intuir, casi de forma instantánea, de quién te fiarías en un momento dado. Si yo fuera una inmigrante ilegal que tiene que sobrevivir honradamente, no me fiaría de alguien que se niega a hacerme un contrato después de casi dos años de trabajo en las condiciones –a veces inhumanas- que te impone. Mi hermana trabajaba como inspectora de trabajo en la Comunidad Valenciana. Temblaba cada vez que le tocaba ir a Gandía. Temía sobre todo a los empresarios cutres que sin tener ni idea de cómo gestionar un negocio tenían muy claro que querían hacerse ricos rápidamente, y llegaban a esconder a sus empleados en los conductos del aire acondicionado con tal de librarse de las multas de la Inspección. Un buen empresario no se hace de la noche a la mañana. Intenta que su negocio vaya bien y que sus empleados mantengan sus salarios y su dignidad. Es una pena entonces, y una injusticia, que el negocio fracase y que los empleados terminen en la calle. Se puede ser mal empresario y buena persona. Y mal empresario y mala persona. Mi hermana se habría enfurecido con el caso del panadero de Gandía. El brazo del panadero en el contenedor es el macabro símbolo de la economía sumergida (sumergida en la basura). El brazo amputado no se puede reimplantar, pero el dedo índice de esa mano (me lo imagino alzado como lo pintó Goya en la maneta de San Vicente Ferrer) apunta claramente a un mal empresario de quien ni su propia familia se fiaría. Para compensar un poco, mi hermana habría dicho que se puede ser buen empresario y una buena persona.
Heraldo de Aragón (23-6-2009)
Yo tenía unos dieciséis años. Mi padre nos pasaba las llamadas desde el piso de abajo por medio de un interfono grandote que tenía varias teclas. Había que mantener apretada la tecla roja mientras hablabas. “Coge el teléfono, es para tí”, decía mi padre por el aparato. Entonces corría al comedor, donde estaba el teléfono, y en cuanto me ponía a hablar oía el click que significaba que mi padre no se quedaba escuchando mis conversaciones. Sólo una vez sospeché que seguía ahí. Mi amiga Isabel estaba nerviosa. La noche anterior, en la discoteca, nos vimos involucradas en una pelea de chicos y acabamos todos en el cuartelillo de la Guardia Civil. Mi padre subió inmediatamente, en cuanto colgué el auricular. Estaba enfadado, preocupado. Yo también me enfadé, quería que respetase mi intimidad. No estaba acostumbrada a que mis padres controlasen todos mis movimientos, los padres de entonces no solían ser así, no veían peligros por doquier. Mi madre no leía mi diario, ni registraba mis cajones, ni leía las cartas de mis amigas que yo me olvidaba, casi adrede, en cualquier parte. Son bastantes las mujeres de mi edad que últimamente, y como si de un virus contagioso se tratara, confiesan leer los mensajes y correos de sus hijas adolescentes. Quieren saberlo todo y protegerlas, pero una mañana la niña se levanta con un piercing en la lengua y unas alas de murciélago tatuadas en en uno de sus homóplatos. Le conté a mi padre lo sucedido en la discoteca. El enfado se nos pasó enseguida. Casi me sentí contenta por la preocupación de mi padre. Otra cosa -muy distinta- habría sido que grabase mis conversaciones teléfonicas, o que hubiera puesto una cámara oculta en nuestro cuarto de baño.
Heraldo de Aragón (25-5-09)
Mi carnicero, Manolo, es un hombre de buen comer, un entendido en cocina. Nos hace hamburguesas personalizadas, las mejores del mundo para mi gusto. Lleva un enorme delantal blanco y es hipertenso. Tiene un puesto en el Mercado de San Vivente de Paúl. Su hermana, Anabel, también lleva delantal blanco. El mercado está cerrado por obras y la mayoría de los puestos se han trasladado provisionalmente al antiguo mercadillo de San Lorenzo, donde se sienten un poco constreñidos. Manolo me recomienda esto o lo otro. Un bajico de cordero con alcachofas y pataticas es un manjar, y todo te sale por unos tres euros. Los pequeños comerciantes del sector alimentario están recomendando, como medida suculenta contra la crisis, comer más en casa y perder algo de tiempo en la cocina. Pero no todo el mundo tiene ganas de guisotear, de hacer croquetas con la carne del cocido, o albóndigas con la carne que tu carnicero ha picado delante de ti mientras temías que se cogiera un dedo. Me gusta ver a Manolo cuando despieza un ternasco con machetazos certeros y delicados al mismo tiempo. No me importa esperar. Ni perder tiempo en la cocina, donde además he instalado el ordenador con el que escribo estas líneas. Le copié la idea (la de escribir en la mesa de la cocina) al escritor chileno Luis Sepúlveda. Decía que junto a los fogones, y sobre una vieja tabla donde se había amasado el pan de varias generacios, era más fácil crear y creerse creador. El bajico de cordero se va haciendo a fuego lento. De vez en cuando lo remuevo con una cuchara de palo. Huele bien, un poco a vino rancio. Ahora que lo pienso, Sepúlveda y Manolo (mi carnicero) se dan un cierto aire, un aire familiar.
Heraldo de Aragón (19-5-09)
“Cada uno es lo que es, y alguien tiene que serlo”, dice el malvado y sanguinario Reynald en “El reino de los cielos”. Hay frases (de películas, de canciones, del idiolecto familiar) que forman parte de nuestra banda sonora íntima. A veces, esas frases acuden como el estribillo machacón de una música “ratonil”, que diría mi madre, y esos estribillos, por otro lado, son intransferibles a otras personas, aunque algunas notas se transmiten de generación en generación. “Manos blancas no ofenden” solía decir mi abuela, sin que nunca me llegase a enterar del verdadero significado de esas palabras, cuya sonoridad sin embargo era música para mí. “Cuando tú me das tu amor una estufita es mi corazón”, dice una canción que aprendí de niña y nadie de mi entorno recuerda. Me vino a la cabeza una tarde de lunes o miércoles, junto al teatro romano, de la maneta de mi sobrina, por la calle Verónica, después de haber cantado “Es una lata el trabajar, todos los días te tienes que levantar” (que quizás no es el mejor lema para la educación de un niño). Volví a ver la película de Ridley Scott por una apuesta con alguien que tiene mejor memoria que yo y que me atribuye una capacidad fabuladora de la que dudo. Me empeñaba en citar, desde que vi la película por primera vez en el cine Palafox, una frase que el arzobispo dice a Balian (Orlando Bloom) en la defensa de Jerusalem, y que yo recordaba así: “¿Creéis que por nombrarlos caballeros lucharán mejor?”. Se acercaba el momento de la verdad, lo veía venir, y de repente el arzobispo cambió mi frase, simplificándola tanto que la despojaba de la grandeza que yo entendía como la clave de la historia. No puedo reproducir las palabras exactas del arzobispo porque no son ésas las de mi estribillo particular, pero aun así, creo que gané la apuesta.
Publicado en Heraldo de Aragón (11-5-09)
Hace años que dejé de poner maíz en las ensaladas. No es que no me gustara, pero ya se hablaba entonces de los peligros para la salud humana de los productos manipulados genéticamente. Cuando vi “El incidente”, de M. Night Shyamalan, pensé inmediatamente en mi primo Carmelo. Una vez me habló del panizo que cultivaba en Valmaría, al pie de la sierra de Lanaja. Era un maíz inmune al taladro (un gusano que se aloja en el zuncho de la mazorca y la destruye). No había taladro, efectivamente, pero vio sin embargo una araña roja, una sola, que le picó en un brazo y le dolió durante días. Nos gustaba la ciencia ficción porque intuíamos que en la fantasía de aquellas historias se alojaba una verdad inquietante. En “El incidente” las plantas se rebelan contra los humanos y consiguen, mecidas por el viento, propagar una sustancia que hace que todo el mundo se suicide en masa. Es un agricultor, precisamente, quien se da cuenta del origen del terrible fenómeno. La gente abandona las ciudades, huyendo del asfalto, sin sospechar que en el campo, en medio de la Naturaleza, encontrará su muerte. Pero siempre hay alguien que se salva, aunque la película no acabe del todo de bien. Actualmente, en Aragón hay treinta mil hectáreas de transgénicos, según le oí decir a uno de los manifestantes que salieron a la calle para defender la agricultura ecológica. Por el tono de voz del agricultor deduzco que eso es una barbaridad, y mi primo Carmelo me lo confirma, que estamos a la cabeza en ese tipo de cultivos dudosos. Ahora mi primo vive en Huesca, y está pensando en vender algunos aperos de labranza. Se ha comprado un crecepelo (así lo dice él), y a lo mejor resulta que se ha enamorado .
Publicado en Heraldo de Aragón (21-4-09)
Un día sin periódicos es un día extraño, como un jet-lag de los de antes. Con las uvas nos tragamos algunos malos rollos y hacemos el propósito de cumplir los buenos propósitos de Año Nuevo, al menos uno de ellos. Al empezar 2007 sólo hice uno, pequeño, eso sí, (los grandes, como dejar de fumar ya pasaron a la historia), que consistía en recoger del suelo cualquier cosa ínfima que en otras ocasiones, por desidia o vulgar vagancia, habría dejado donde estaba, como una horquilla, un clip, el lacito desprendido de una camiseta interior, un imperdible, la pluma blanca de un pájaro (que dicen que trae buena suerte), un céntimo, una pinza de tender la ropa del vecino de arriba, cosas así. Un día, un año después de morir mi abuela, encontré un alfiler junto a la lavadora. Iba descalza, a pesar de las continuas advertencias de mi madre, que suele decirme que puedo pisar un alfiler (cosa que, por otro lado, nunca ha sucedido). Recogí el alfiler y lo prendí en uno de los puños de mi chaqueta de estar por casa, porque no sabía dónde dejarlo. Luego, al quitarme la chaqueta me pinché en la mano. Me acordé de mi abuela. En uno de sus últimos ingresos hospitalarios descubrieron una cosa rara en la radiografía de tórax: claramente se veía un alfiler clavado cerca de su pulmón izquierdo. Guardé el alfiler en la caja de la labor, en su sitio. Me di cuenta de que con las pequeñas cosas que iba poniendo en su sitio estaba tejiendo algo, una malla o una redecilla quizás, o una red bajo el trapecio. Con el 2008 hice el pequeño propósito de no mirarme tanto en los espejos. Entraba en el ascensor, forrado de espejos, y miraba directamente al suelo, y evitaba sentarme frente a mi reflejo durante las comidas en un restaurante, por ejemplo, o evitaba girar la cabeza para verme de cuerpo entero en la luna de un escaparate. Quería mirarme en los ojos de los demás, y descubrí cosas bastantes feas sobre mí misma (qué le vamos a hacer), y también descubrí lo buenas que eran las personas que se empeñeban en seguir queriéndome. Mi sobrina dice que soy una gruñona. Lo dice con la alegría de una niña de ocho años. Sé que soy su tía preferida. Para este 2009 me propongo gruñir menos, que tanto morgonear es un aburrimiento, la verdad. Y puede que en primavera, o cuando llegue el Año Nuevo chino, me atreva con algo de verdad importante.
Heraldo de Aragón (2-1-2009)
Dormíamos con las ventanas abiertas. Intentábamos dormir venciendo al calor y al transistor de nuestra vecina sorda. Yo pensaba en Hulk y en su ira verde. Habíamos visto la película esa misma tarde. Me daba pena la soledad de tan siniestro héroe, que tuviera que automarginarse para evitar hacer daño a los demás, que el antídoto finalmente no sólo no funcionara, sino que sirviera para crear un monstruo peor que él. Hulk hacía ejercicios de autocontrol para mantener a raya su pulso cardiaco. Varias veces, entre el final de la primavera y el comienzo del verano, yo había perdido los estribos en absurdas discusiones, y notaba entonces que las venas de la frente se me inflamaban peligrosamente. Contra ira, templanza. Cuando recuperaba la conciencia, Hulk apenas recordaba sus desmanes. “El animal que llevo dentro te ama a ti... Me vuelve esclavo de mis pasiones”, dice una canción de Battiato que también me vino a la cabeza esa noche. No podía dormir y me puse a escuchar la radio de la vecina. Por el patio entró de repente la noticia: Ingrid Betancourt había sido liberada. Me eché a llorar. Pensé en su alegría. Pensé en sus hijos, y en mi madre. Había pensado muchas veces en la Betancourt (y había escrito de ella en un artículo) desde que vi aquella foto de finales de año en que aparecía demacrada y mirando al suelo, como vencida. Todo el mundo anticipó su muerte a partir de aquella imagen. Ahora la veo abrazando a sus hijos. Sonríe. Parece recuperada físicamente, como si hubiese estado preparándose para este momento, y entiendo que en aquella triste imagen quizás estaba, como El Increíble Hulk, buscando en su soledad la manera de enfrentarse al futuro.
Heraldo de Aragón (Huesca, 6-7-08)
“La letra con sangre entra”, el boceto de Goya adquirido por el Gobierno de Aragón, se presenta en sociedad coincidiendo con el segundo aniversario del Museo Pedagógico de Aragón. No hay dos formas más opuestas de entender la educación. He visitado varias veces el Museo Pedagógico y no es la nostalgia del pasado lo que me hacen sentir bien allí adentro, sino la percepción de la bondad, entusiasmo y dedicación de aquellos maestros que creían en el ser humano. Victor Juan Borroy, como heredero de ese espíritu humanista, se pasea con la cabeza muy alta entre pupitres de madera, mapas, libros, encerados, huchas del Domun, cuadernos, estufas de leña y otras piezas que recrean aquella escuela. Leí con alegría, hace un tiempo, la edición facsímil del Libro de los escolares de Plasencia del Monte (publicado en 1936 por el maestro Simeón Omella) con prólogo del mismo Víctor Juan. Se fomentaba la imaginación, el respeto al ser humano y a la Naturaleza, la solidaridad más que la competitividad, una serie de valores (esas “cosas que no se ven” a las que se refiere Victor Juan) que nos se cultivan precisamente con el latiguillo que pintó Goya en su momento. No es que yo quiera hacer con esto un análisis del estado actual de la enseñanza, ni mucho menos, eso corresponde a los pedagogos, pero sí me gusta pensar que algo de ese espíritu permanece, que el esfuerzo de aquellos maestros no fue en balde. Cuando ayudo a mi sobrineta con las multiplicaciones, o cuando leemos su libro preferido, “Valentina en París”, deseo que ella nunca tenga que conocer látigos ni humillaciones. Me pide que le cante algo que yo aprendí de pequeña: “Cuando tú me das tu amor, una estufita es mi corazón”.
Heraldo de Aragón (Huesca, 18-5-08)
Se ha inaugurado la novena edición de Okuparte. Huesca rejuvenece cuando el arte se infiltra en su viejo tejido urbano. Cada año se recuperan espacios y es como si una piel castigada, casi necrosada, experimentase signos de mejoría. Quizás recorramos calles que nos eran casi desconocidas y descubramos obras de arte sorprendentes mientras dibujamos nuevos trayectos, nuevas conexiones, en nuestro plano cerebral. Hace tan sólo unos días, la cineasta Chus Gutiérrez (con quien compartí mesa en Documenta Madrid) decía que todos nos alimentamos de todo en los procesos creativos, de todo lo que vemos, de otras disciplinas artísticas que nos influyen, y que hay que permanecer con los ojos abiertos. También se habló en esa mesa de la influencia de la literatura y del cine en la realidad, a veces más determinante que la influencia de la realidad en las artes. Se me ocurre, como ejemplo, la descripción que el historiador Ricardo del Arco (que murió en Huesca en 1955) hacía de la visita de unos nobles al palacio y jardines de Vicencio Juan de Lastanosa (que también murió en Huesca, en 1681). Apenas queda nada de ese palacio, ni de su magnífica biblioteca, ni de sus versallescos jardines llenos de raras especies de animales y plantas, pero las palabras de Ricardo del Arco permanecen, y con ellas un imaginario de la ciudad. He visitado varias veces el Seminario en pasadas ediciones de Okuparte, y la bellísima casa Polo, en la cual tiene ahora su estudio el diseñador Isidro Ferrer. He visto la ciudad con otros ojos, y en esos paseos con artistas vivos y muertos, con espíritus que buscan a Lastanosa, la ciudad se me mostraba más compleja, más historiada, más rica, y más moderna.
Heraldo de Aragón (Huesca, 11-5-08)
Las chicas bajitas ya no llevamos tacones. Ni siquiera los llevamos en el bolso, como Melanie Griffrith en “Armas de mujer”. Hillary Clinton no se pone de puntillas ni tiene que hablar sobre afilados “stilettos”. Los tacones son para las chicas altas. Para Elle McPherson, para las infantas más desgarbadas, para Bibiana Fernández, para Soledad Puértolas, para Nicole Kidman, y para mi amiga Mercedes Ventura, que compró en Estambul unas fascinantes botas de charol y taconazos de 9 centímetros. Las chicas altas ya no tienen complejo de altas. Ya no caminan encorvadas. A veces, se casan con chicos bajitos como Tom Cruise y se inclinan dulcemente para besarlos. Me acuerdo del gigante de Sallent, Fermín Arrudi, que se casó con una francesa diminuta del mundo del espectáculo. La historia de la Bella y la Bestia se estropea cuando la Bestia se convierte en un guapito de cara ante el desconcierto del público infantil. Cada uno es como es. Fermín Arrudi era un buen músico que medía 2,26 y su mujer lo abandonó. Carla Bruni no debería prescindir de los tacones, de esos tacones para chicas altas que engrandecen a quienes las acompañan, de esos tacones que, por contra, empequeñecen a la Princesa de Asturias. Las chicas bajitas ya sólo nos ponemos tacones por presumir, de vez en cuando, con gran osadía y optimismo, y acabamos la noche descalzas sobre el asfalto. Mi amiga Mercedes Ventura camina muy erguida sobre sus tacones estambulíes. Podría dormir con las botas puestas. Realzan su “magnifiquez” (que es un neologismo del artista Alfredo Cabañuz para calificar a ciertas personas de admirable grandeza). Sin tacones también el mundo es fascinante y ancho. No es cuestión de medidas.
Heraldo de Aragón (Huesca, 27-abril-08)
Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/