Pasado el tiempo, lo que en un principio parecía una desgracia puede llegar a convertirse en una bendición aplazada. Es algo que sucede bastante a menudo, cuando miras atrás, y recuerdas tantas lágrimas derramadas en balde. Vimos en Periferias una actuación callejera de la mítica Esther Ferrer que consistía en algo muy simple: con un rollo de cinta aislante (de la que usan los electricistas) y sus propios pasos sobre la cinta pegada al suelo, la artista iba diseñando un camino de funámbula improvisada. El trazado resultante no era recto. Como en el rastro de los caracoles se notaban las vacilaciones, los parones, los obstáculos sorteados, y sobre todo la larga distancia que puede llegar a recorrerse casi a lo tonto, sin darte cuenta. Me siento con mi madre y con mi hermano tras las grandes cristaleras de una cervecería. Brindamos por la medalla que mi madre recibirá en unos días por sus veinticinco años de colegiación en Zaragoza. Dice mi madre que entonces se sentía vieja para empezar una nueva vida (ya llevaba veintiséis años de farmacéutica de pueblo) pero que la temeridad le hizo seguir adelante. Mi hermano y yo teníamos poco más de veinte años cuando hicimos juntos la primera guardia nocturna. Más tarde mi hermano se hizo cocinero. Trabajó durante años en un restaurante cuya cocina solía estar a más de cincuenta grados. Cuando casi se seccionó un pulgar cortando un chuletón, nos pareció una desgracia, pues para más inri decidió entonces abandonar ese puesto de trabajo. Ahora vemos que aquellas herida seguramente le evitó males mayores. Miro atrás y veo el largo rastro de tres caracoles casi en paralelo.
HERALDO DE ARAGÓN (10-11-09)
Me encantan esas mujeres mayores, viejas de capital (así las habría llamado mi abuela), que suelen fumar en las paradas de autobús. No siempre son flacas, puede que incluso estén rellenitas. Algunas, muy pocas, lucen sus canas con naturalidad y a ésas en concreto no les importa que las llamen “viejas”. La mayoría son viudas, pero también las hay casadas y solteras de toda la vida. Puede que se ocupen de sus nietos cuando les toca, pero no renuncian a sus actividades cotidianas, sus pequeñas rutinas, como ir al Cinema Elíseos (pongan lo que pongan) o visitar a un pariente con Alzheimer una vez por semana. Lo que une a todas estas mujeres, me parece a mí, más que el lugar donde residan, es su inquietud, ese no parar quietas a pesar de los años. La vieja que llevo dentro tiene desde niña una peligrosa tendencia al apalancamiento, el peor enemigo del cerebro humano, por eso se fija mucho, y toma como modelos a las de su edad que son generosas con la vida. Una de ellas es Ana Mª Moré, que vive en Lérida y es capaz de coger un taxi para asistir a una represanción en el Liceo o para visitar a su queridas amigas de Zaragoza. Ni su quebradiza salud ni nada parecido a la pereza le impiden hacer lo que se propone. Cada año nos envía una enorme caja de “panallets” artesanos, que ciertamente son una exquisitez. Dice que por cada “panallet” que comes, sacas un alma del purgatorio. Es el día de los difuntos y recordamos a los que permanecen guapos y jóvenes en el álbum familiar, que es una especie de limbo para quienes nos dejaron antes de tiempo.
HERALDO DE ARAGÓN (3-11-2009)
Te regalan una agenda para 2010. Lo primero que haces es comprobar que las fechas importantes no coinciden con esas guardias nocturnas que te tocan cada seis semanas. Luego ves si hay suerte con los puentes, para hacer algún viajecito: San Valero cae en viernes, y la Cincomarzada también. Hacer planes a más largo plazo te da un poco de aprensión, últimamente estás viendo mucha gente accidentada (tu tía y tu vecina se han fracturado el radio y el cúbito, respectivamente, en absurdas caídas domésticas). El médico de cabecera te recetó calcio para prevenir la osteoporosis, pero se te olvida tomarlo. En la agenda hay una página por mes que dice “fechas a recordar”. Apuntas los cumpleaños de parientes y amigos, y te das cuenta de que algunos ya no están, o bien han muerto o bien han dejado de ser amigos, y apuntas el de una prima del pueblo a la que nunca felicitas. Te entra nostalgia del futuro, melancolía otoñal, y vulgar tristeza o bajón de estrógenos, todo asociado a la falta de luz. No anotas “tomar el calcio”. Entras en el blog “Entre copas y pucheros”, de José Luis Solanilla, y te animas repentinamente. Te apetece probar uno de esos vinos de nombres exóticos - Yonna, Oxia-, nombres que estás a punto de escribir en tu agenda, igual que escribiste “Beaujoulais” encima del tercer jueves de noviembre cuando estrenaste la de 2009. Finalmente cierras la agenda-dietario y le envías un mensaje a una amiga que acaba de volver de Washington. Te responde de inmediato, y caes en la cuenta (ingrata de ti) de que olvidaste anotar su cumpleaños en la hoja correspondiente. Vuelves a abrir la agenda y te quedas mirando un rato los doce meses del calendario.
HERALDO DE ARAGÓN (27-10-09)
Me paro al borde de la acera. Estornudo. Ni que decir tiene que es un estornudo discreto, dirigido hacia las rayas blancas, recién pintadas, de un paso de peatones en el Coso Bajo. Entonces, una sexagenaria estupenda da dos pasos laterales para apartarse de mi lado. Su gesto de horror me recuerda al de Mia Farrow en “La semilla del diablo”, sólo que no se parece en nada a la diva. Me acuerdo de que en Londres una de esas personas hiper preocupadas por la salud me increpó porque, al parecer, no se podía fumar en un radio de no sé cuántos metros alrededor de un poste de parada de autobús. No puedo reprimir un segundo estornudo, pequeñito. Confieso que me da la risa cuando la mujer sale en estampida y está a punto de ser atropellada por un cachalote que navegaba tranquilamente Coso abajo. Me viene a la cabeza la última película de Woody Allen. No es difícil volverse misántropo con la edad, lo complicado es mantener y seguir cultivando el sentido del humor, aun cuando tengas una visión global del mundo bastante sombría. A mí el humor, a diferencia del mal genio, me va menguando con los años. Por eso agradezco una película, o cualquier otra cosa, que me haga reír, quitar hierro al asunto. De madrugada me despierta un fuerte dolor de cabeza y me duele la garganta. El termómetro no miente. Casi agradezco que el malestar físico me impida pensar en otras cosas. En la farmacia coincido comprando couldinas con mi primo Joseán, que es de mi edad, cascarrabias como yo (nos viene de familia), y fan absoluto de Woody Allen. Durante un rato hablamos de “Si la cosa funciona” y nos olvidamos de los catarros, las gripes y demás futilidades.
HERALDO DE ARAGÓN (21-10-09)
“La riqueza me da igual”, dice Mark Twain en su maravillosa “Guía para viajeros inocentes” (que por cierto le hizo rico) mientras visita Tánger y constata que los más ricos visten harapos y entierran sus dineros. Me asombra la gente que sólo piensa en el dinero, casi me da envidia que haya quienes encuentran la felicidad en ahorrar un euro aquí, unos céntimos allá, que recorren la ciudad buscando el jamón más barato y acumulan puntos en esas tarjetas de supermecados, y revisan los recibos de la luz, el teléfono y demás, y sólo van al cine el día del espectador, y ven con satisfacción, y casi con aprensión, cómo aumenta el saldo de su cuenta bancaria. En mi familia he visto los dos extremos: avaros hasta la médula y derrochadores irredentos, y también gente normal que intenta hacer de la medida una virtud. La crisis ha provocado un afán ahorrador en el español medio, y eso es algo que también me asombra, que no acabo de entender (la Economía es un gran misterio). Mi madre dice que lo que más diferencia a las personas es la forma de gastar el dinero, y que eso es lo que realmente une (o desune) a las parejas. De niña yo tenía fama de rata, no me gastaba la paga semanal, y mi hermano gastaba la suya y la mía argumentando que yo era muy mala administradora, el dinero era para gastarlo, y yo sabía que en el fondo tenía razón. Ahora es más moderado, a veces compara los precios de aquí o allá. Pero cuando le encargo una botella de champán para celebrar algo importante, mi hermano me trae una botella de Taittinger pues, según él, hay cosas en las que no deberíamos ahorrar porque acabaríamos siendo muy aburridos.
HERALDO DE ARAGÓN (12-10-2009)
Después de una larga restauración, la Iglesia de la Magdalena parece nueva. Su torre me recuerda a una joven esbelta muy bien educada, mas siempre dispuesta a no perderse cualquier celebración o festejo. A ras de suelo la han rodeado con mojones de piedra que impiden el acercamiento excesivo de los vehículos. Una furgoneta abollada se da con uno de ellos, y luego con otro, y se ve que el conductor es un habitante de la zona que no contaba con esos recientes obstáculos. Por las ventanillas abiertas se oye flamenco. Samantha, tras los tiradores de cerveza de su local, vigila de cerca el tráfago de gentes y sonríe. Un bollo más no importa. Suele haber un ambiente de set televisivo en esta plaza donde no existe el drama. El gallo de la torre dirige el viento a su aire, no es una veleta fiable, no tanto como la de la torre de San Pablo, según dicen los expertos (además han anunciado vientos variables y el gallo se despista). Samantha prepara unos bocadillos de ternasco para una parejita sentada bajo un árbol del amor de hojas acorazonadas. La torre de la Magdalena me parece una de las más bonitas torres mudéjares porque siempre que la miro me devuelve una sonrisa, como si no tuviese recuerdos, ni albergase en sus grietas ningún tiempo perdido. Es lo bueno del ladrillo: las construcciones de ladrillo, por muy viejas que sean, conservan un aire juvenil, cosmopolita y moderno, como si no tuvieran necesidad de sufrir en vano. Al atardecer, la torre se siente obligada a cimbrearse un poco para lucir la antigua orfebrería heredada de sus ancestros. La furgoneta abollada se aleja dando saltos de alegría.
HERALDO DE ARAGÓN (6-10-2009)
La espada de San Miguel se queda clavada en el espinazo del demonio con cara de hombre. El eje de la tierra permanece completamente vertical mientras dura el equinoccio de otoño. La balanza, que representa a la Justicia y al signo de Libra, empieza después a inclinarse hacia la oscuridad del invierno. Es hora de hacer balance, de revisar y romper papeles atrasados, de empezar un nuevo cuaderno. El sol membrillero calienta lo justo y se ve todo con una rara transparencia. Esta especie de otoño-primavera que comprende el final de septiembre y primera quincena de octubre se conoce en Aragón como Sanmiguelada. Es también, según el Vocabulario de Moneva, esa época que media entre el final de la trilla y el principio de la sementera, y un tiempo por tanto propicio para cumplir compromisos y contratos. Pero siempre habrá gente sin honor que se enriquece con todas las subvenciones habidas y por haber y luego no paga las deudas contraídas con sus vecinos. Las muchachas que estaban hartas de sus señoras aguantaban hasta estas fechas para hacer “Sanmigalada” y buscar sitios mejores: “Sabe qué, señora, que si la camisa no está bien planchada, que ahí se queda, que se la planche usted”. La señora despechada decía entonces: “La muchacha y el gallo, un año”. Es también en esta época cuando aumenta el número de demandas de divorcio, pero eso no aparece en ningún diccionario. La calle Mayor se reabre por fin al tráfico rodado. Desde mi ventana no puedo dejar de ver las flechas recién pintadas en medio del asfalto, tan rectas y refulgentes. Algunas especies de pájaros cantan dulcemente, como en primavera, como si fuesen a iniciar una migración.
HERALDO DE ARAGÓN (29-9-2009)
Nos ponían por orden de alturas en la fila del colegio. Según el ritmo de crecimiento podías cambiar de posición radicalmente, en poco tiempo. Ahora una Universidad de Estados Unidos dice que los altos son más felices. Conozco a poca gente alta, es decir, que pase del 1´77 en varones o del 1´65 en mujeres, así que mi observación me sirve de poco para crear una teoría propia. Alfredo Cabañuz no es alto. Es pintor y profesor de secundaria. Es mi primo hermano. Acaba de inaugurar una exposición titulada “Sentir el orden” en el Centro Cultural Matadero de Huesca. Son veintidós cuadros complejos, en los que se funden la geometría, el amor a la pintura, años de estudio y trabajo, y una profunda interiorización (como explicó Luis Lles a los medios). Saliendo de la rueda de prensa, dos ex alumnas de Sariñena le saludan con cariño y eso le hace tan feliz como sus óleos. También acaba de ser pregonero de las fiestas patronales de Lanaja. Su felicidad, sin embargo, no depende de estar o no estar viviendo un momento dulce. Depende, sobre todo, de su coherencia en la búsqueda constante, casi obsesiva, del orden de la vida. Mi amiga Mercedes Ventura es realmente alta. Me encanta verla calzada con afilados tacones, sorteando con ligereza toda clase de obstáculos, obstáculos que a mí, por ejemplo, me resultarían insalvables. Su sonrisa, a veces, me desconcierta. Yo soy bajita. Últimamente me río poco, pero no creo que eso tenga que ver con mi talla. La gente feliz que conozco, como Alfredo y Mercedes, es la que se dedica a su trabajo con pasión, y a sus seres queridos sin pasar factura alguna.
HERALDO DE ARAGÓN (23-9-2009)
Una vez soñé que me haría empresaria. Reabriría uno de esos viejos cines que fueron desapareciendo de nuestro paisaje (el cine Coso, los Buñuel, el cine Palacio, los Goya, el Quijote, el cine Norte, El Fuenclara, el cine Salamanca...) para poner exclusivamente películas en versión original. El cine Mola lo desechaba porque una vez, viendo “El buscavidas”, el sonido era tan malo que apenas quedamos tres personas al final de la proyección. De niña odiaba a las taquilleras de los cines, me resultaban antipáticas en general aunque en mi pueblo no había más que dos cines. En mi sueño yo haría de taquillera de vez en cuando, para vengarme de aquellas cacatúas del franquismo que me daban localidades siempre esquinadas. Finalmente mi sueño se desvaneció, por suerte, como tantos otros. Durante una temporada me imaginé que sería un buen negocio abrir una parrilla argentina, con una gran barra donde comer la entraña sin demasiado protocolo, y mi hermano de socio y cocinero en los fogones. Me fijaba en los locales vacíos. Aún lo hago. Pero no valgo para los negocios, eso lo tengo claro, y que no he heredado la facultad de algunos miembros de mi familia para el mostrador. La mercería de mi difunto tío Sixto (fundada en 1956 con el nombre de San Antonio) acaba de trasladarse a otro sitio. Veo el local vacío y siento un poco de pena. Es un local pequeño, que hace chaflán y siempre fue muy luminoso. Pego la nariz al escaparate y me pregunto qué negocio podría funcionar en ese rincón de mis sueños.
HERALDO DE ARAGÓN (14-9-2009)
El puente de Santiago es el único de Zaragoza bajo el que anidan las golondrinas. Eso nos lo contó el patrón del Ebrobús, Luis Calavia, un día antes de que el barquito encallara junto a la pasarela del voluntariado. Desde el centro del río ese puente misil me pareció una auténtica maravilla. El agua estaba turbia, como la de los grandes ríos de cierta edad. Quise ver la enorme cabeza de un siluro cerca de la superficie, y disfruté la travesía una barbaridad. Hace unos años, cuando Luis Calavia hacía los cursos de navegación, sus compañeros le preguntaban que para qué quería un zaragozano ser patrón de barco. ¿Para navegar por el Ebro?, le decían con ironía. Pero es que la vida es así, así de extraña y maravillosa, a veces. Yo siempre quise vivir con vistas al Ebro, pensaba que la corriente me había traído desde Haro, donde nací, y quizás, contra mi voluntad, me llevase río abajo a la hora de morir. “La vida es un largo río tranquilo” es el título de una película francesa de la que apenas recuerdo nada, quizás era una comedia, y yo he acabado apropiándome ese título (un poco alterado) como una de esas frases que vienen de repente a la cabeza. Poder navegar por el río de tu vida es una experiencia hermosa. Es como reencontrarse con viejos amigos. No tienes que dar explicaciones de tus andanzas, porque para ellos no importa lo que hagas o dejes de hacer, sino lo que eres. No quise hacer fotos, no sé por qué. Sé que habré salido de bislay en alguna de las fotos que disparó una joven turista que iba descalza. También sé que la vida no es un largo río tranquilo.
HERALDO DE ARAGÓN (7-9-2009)
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