Las chicas bajitas ya no llevamos tacones. Ni siquiera los llevamos en el bolso, como Melanie Griffrith en “Armas de mujer”. Hillary Clinton no se pone de puntillas ni tiene que hablar sobre afilados “stilettos”. Los tacones son para las chicas altas. Para Elle McPherson, para las infantas más desgarbadas, para Bibiana Fernández, para Soledad Puértolas, para Nicole Kidman, y para mi amiga Mercedes Ventura, que compró en Estambul unas fascinantes botas de charol y taconazos de 9 centímetros. Las chicas altas ya no tienen complejo de altas. Ya no caminan encorvadas. A veces, se casan con chicos bajitos como Tom Cruise y se inclinan dulcemente para besarlos. Me acuerdo del gigante de Sallent, Fermín Arrudi, que se casó con una francesa diminuta del mundo del espectáculo. La historia de la Bella y la Bestia se estropea cuando la Bestia se convierte en un guapito de cara ante el desconcierto del público infantil. Cada uno es como es. Fermín Arrudi era un buen músico que medía 2,26 y su mujer lo abandonó. Carla Bruni no debería prescindir de los tacones, de esos tacones para chicas altas que engrandecen a quienes las acompañan, de esos tacones que, por contra, empequeñecen a la Princesa de Asturias. Las chicas bajitas ya sólo nos ponemos tacones por presumir, de vez en cuando, con gran osadía y optimismo, y acabamos la noche descalzas sobre el asfalto. Mi amiga Mercedes Ventura camina muy erguida sobre sus tacones estambulíes. Podría dormir con las botas puestas. Realzan su “magnifiquez” (que es un neologismo del artista Alfredo Cabañuz para calificar a ciertas personas de admirable grandeza). Sin tacones también el mundo es fascinante y ancho. No es cuestión de medidas.
Heraldo de Aragón (Huesca, 27-abril-08)
Tormenteaba en Huesca la tarde del jueves. Me cubrí la cabeza con un pañuelo de seda que había comprado unos días antes en una tienda exótica de Madrid. Habíamos dejado el paraguas olvidado en un armario y nos chipiamos por la calle del Parque camino del hotel. Busqué la mirada cómplice de unas mujeres musulmanas. Dice el Diccionario de la RAE que “presentir” (en su segunda acepción) es “adivinar algo antes que suceda, por algunos indicios o señales que lo preceden”. Por suerte, había puesto en mi maleta la plancha para el pelo que me regaló mi amiga Eva hace casi un año. Me gusta presentir ciertas cosas nimias. Cuando lo que presiento es algo más importante, me digo a mí misma que en realidad me estoy haciendo ilusiones. Había soñado despierta que la presentación de mi novela en la librería Anónima sería muy bonita, que Chema y Ana actuarían como estupendos anfitriones, que Carlos Castán (igual que en las presentaciones de mis anteriores libros) descubriría aspectos ocultos de mi obra, que Ismael Grasa vendría con su familia, y Pedro Vila con su mujer, que mi amor me sonreiría todo el rato para apaciguar esa eterna inquietud que nos atenaza a los de secano. A veces las cosas suceden incluso mejor de lo que habíamos soñado, con fascinantes detalles añadidos, y es entonces cuando la felicidad se convierte en un hermoso cristal transparente. Vino a saludarme un primo de María Salillas, que es una de las heroínas de estos “articulés”, y cuando le pregunté su nombre para dedicarle el libro, me dijo: “Pon sólo para Salillas”. Tomamos vino del Somontano y un espectacular queso francés. Tenía ganas de llorar, pero no lo hice.
Heraldo de Aragón, 20-4-08.
Fuimos a comer a Lanaja. En el suelo pedregoso del corral habían crecido muchas hierbas desde mi anterior visita. Ese verdor inusual delataba la ausencia de mi abuela. Su ropa seguía ordenada en el armario. Varios perfumes sobre el tocador. Tres pares de zapatos a un lado de la cama. El batín de mi abuelo colgado de la percha de árbol, casi petrificado. No me atreví a tocar nada, ni siquiera la chalina de seda de mi bisabuelo que antes solía anudarme a modo de corbata. En el jardincillo interior, noté la desaparición de unos helechos que mi abuela trajo sin querer en sus botas de montaña, hace más de treinta años. Nunca quiso arrancarlos. Le parecía un milagro lo de los helechos espontáneos en la tierra monegrina. La hacían sonreír. El níspero que una vez había plantado (y que salió de una pepita) estaba cargado de frutos. Seis o siete gatos medio salvajes huyeron al comprobar que quizás faltaba entre nosotros una oscura silueta. María Salillas me habló más tarde de unos tulipanes negros que mi abuela compartió con sus vecinas. Yo traje de Holanda, sólo para ella, aquellos extraños bulbos. A mi abuela le gustaba lo raro. Fumaba cigarrillos turcos. Todos eran rubios a su alrededor y ella, sin embargo, por llevar la contraria, se teñía el pelo de negro negro (negro ala de cuervo). Ya hace dos años que murió. El verde de los campos, los olivos esplendorosos después de la última poda, el tomillo en flor, las humildes rabanizas que crecen entre las vides, el romero y la ontina con que nos frotábamos los dedos, todas esas cosas, incluso el recuerdo de los tulipanes que no salieron del todo negros, me pusieron ligeramente triste. María Salillas me regaló una hermosa cala blanca.
Heraldo de Aragón (Huesca, 13-4-2008)
Vivíamos cerca de la plaza de San Miguel en el invierno de 1985. Solía apearme del 40 junto a una carnicería equina, donde ahora hay una tienda de telefonía. Tenía un bonito cartel de madera en la fachada, creo recordar, con una cabeza de caballo pintada de perfil. Siempre me quedaba mirando al interior y siempre la veía vacía, como nuestra nevera. Los domingos no había tiendas abiertas, sólo el asador de pollos de la plaza de San Miguel. Hacía muchísimo calor allí adentro. Las esperas habrían sido más llevaderas de haber sabido que en esa casa, quizá justo sobre nuestras cabezas, había vivido Goya entre 1768 y 1769. Pero eso lo descubriría José Luis Ona unos años más tarde, cuando ya nos habíamos mudado al barrio de la Magdalena. Y descubrió otras casas del joven Goya en el Coso Bajo (números 128 y 132), y en la plaza de San Pedro Nolasco. La casa de Goya en Burdeos estaba cerrada cuando fuimos a visitarla. Tampoco vi a mis parientes bordeleses aquel calurosísimo día de julio de 2003. La carnicería equina desapareció hace tiempo. Me dio un poco de pena, creo recordar, aunque nunca llegué a entrar en ella. Estaba justo frente a la casa de balcones vencidos en la que vivió Goya. La única de sus casas zaragozanas que sigue en pie. Apuntalada y con goteras, pero sigue en pie. Tiene dos balcones por planta, visiblemente inclinados todos ellos hacia un eje imaginario que partiría en dos la casa. En la planta baja, los pollos dan vueltas y vueltas, y nunca terminan de asarse. Ya no hace tanto calor allí adentro. Junto a la puerta del asador hay una discreta placa de metacrilato que recuerda a Goya, y que a mí, no sé por qué, me habla de las extrañas conexiones de la memoria.
Heraldo de Aragón (febrero, 2008)
Un día sin periódicos es un día extraño. Como un apagón de los de antes. Consulto la cartelera en internet. Ya no puedo vivir sin internet. Sin mi portátil. Ya no soy capaz de escribir a mano, me cuesta una barbaridad. Poco a poco se ha ido resumiendo el callo del dedo corazón de mi mano derecha de estudiante. No soy, sin embargo, de las que bajan películas ni música en el ordenador, quizás es que siempre he estado un poco desfasada dentro del mundo de la tecnología. En una de aquellas cintas de noventa minutos grabé hace más de treinta años una cena navideña. Me sentía orgullosa dándole a las duras teclas del primer magnetofón que hubo en mi casa (un Hitachi comprado en Canarias). Teníamos entonces un tomavistas que nadie sabía hacer funcionar. Mi padre lo había intentado varias veces y se había puesto de muy mal humor. También recuerdo que pasé días intentando averiguar cómo se ponía el despertador de dígitos rojos traído posiblemente de Andorra. Hay gente que vale para esas cosas, o para inventar maquinetas alucinantes sin las que el mundo se paralizaría. El IX Congreso de Periodismo Digital va tratar de la importancia de la imagen en la red, los youtubicos y esas cosas. Imágenes en movimiento, ad infinitum. Guardo como una reliquia mi primer teléfono móvil (mi zapatófono), que hacía reír a los avanzados en nuevas tecnologías cuando me resistía a cambiarlo por un modelo con cámara y más pequeño. La era digital es un milagro, un gran misterio para mi cerebro analógico. Siento una extraña alegría viendo la pagineta web de Mariano Gistaín: ajenas a la mirada del pionero, siete monjas capuchinas de Barbastro se concentran en sus misales y en sus rezos.
Publicado en Heraldo de Aragón (Huesca, 23-3-2008)
Marzo mayea y me dicen que ya se han helado los almendros. Año tras año me asombra la ingenuidad e imprudencia de los frutales que florecen antes de tiempo. Mi abuelo se disgustaba enormemente cada vez que comprobaba que tampoco ese año cogería ni una almendra. Hablaba entonces de arrancar aquellos estúpidos árboles y sembrar cebada en su lugar. Pero nunca lo hizo. Su almendrar era como un hijo díscolo por el que sentía debilidad. Con la comida en la boca, y mi abuela a su lado, o bien él solo, recorría contra el cierzo los siete kilómetros que distan del pueblo al almendrar. Se detenía un poco antes de llegar para contemplar de lejos su belleza en flor, o para tomar aliento presintiendo que la noche de Viernes Santo los almendricos habían sucumbido bajo el cielo raso. Todos tenemos debilidades. La gente de orden quizás pueda permitirse grandes debilidades. Fatídica Semana Santa. Arrancar el almendrar habría sido como echar de casa al hijo díscolo y encantador que siempre suscita zozobra. Mi madre heredó esa finca. Asumió esa herencia ruinosa con cierta resignación. Nunca se atrevería a arrancar esos árboles y ni siquiera se atrevería a vender (porque “el que vende acaba”, decía siempre mi abuelo). Para mi madre, que no sabe nada de agricultura, el almendrar es un símbolo. Ella y sus hermanas plantaron de niñas algunos de esos ingenuos árboles, que siguen empeñados en comportarse como jóvenes impetuosos a pesar de haber pasado más de sesenta años. Son de una variedad (desmayo, creo) del todo inapropiada para el clima de los Monegros. Habría que injertarlos, o arrancarlos, mejor. Pero ahí siguen, para recordarnos algo, algo escrito en un lenguaje indescifrable.
Publicado en Heraldo de Aragón (Huesca el 16-3-2008)
Fuimos en busca de capitanas. Víctor Forniés me había pedido que participase en el documental “La voz del viento”. Me acordaba de un paraje cercano a Monegrillo donde hace unos años fotografié esas extrañas plantas de color grisáceo. Estaban amontonadas, detenidas contra una valla metálica que rodeaba un viejo molino de viento. Se las llama capitanas por sus espinas en forma de estrella. También se llaman volanderas, o barrillas. De sus cenizas se extraía la sosa necesaria para la fabricación del cristal. A veces, los días de cierzo, cruzan la carretera sin mirar, como manadas de bestias enloquecidas, o en solitario, de forma casi pesada, en busca de un imaginario cementerio de elefantes. Su nombre científico es Salsola Kalis. Lo que más me gusta de ellas es que después de muertas, después de rodar y rodar empujadas por el viento, pueden volver a echar raíces si encuentra un lugar propicio. El cierzo soplaba con fuerza durante el rodaje. ¿Puede alguien filmar el viento? ¿Dónde buscarlo? ¿Cómo? ¿Qué se esconde en las películas que vemos o en los libros que escribimos? ¿El viento que azotaba contra nuestras caras? La ayudante de producción me ofreció unas horquillas para sujetarme el pelo. Las aspas amarillas del molino emitían un quejido metálico que recordaba a las extractoras petrolíferas de la película “Gigante”. El sonidista se desesperaba. Ninguna capitana rodó ante la cámara. Seguían detenidas junto a la valla, como espectadoras de esos secanos que a George Orwell le parecían “grises y de superficie arrugada como la piel de un elefante”. Las capitanas mueren. Algo las empuja, hasta que se quedan quietas y renacen. Silenciosas, cuando el viento cesa.
Publicado en Heraldo de Aragón (Huesca, 24-2-2008)
Mi abuelo quiso que el olivar del saso quedase para sus hijas, para que nunca les faltara aceite ni vino. Mi abuelo no era como el Rey Lear y sabía que sus tres hijas lo querían por igual. Las vides desaparecieron hace un tiempo, pero los olivos, a pesar de haber sufrido heladas y un atroncamiento, siguen dando fruto. El aceite nunca se escatimó en Casa Franco. La abuela Juliana, que era la madre de mi abuelo, no sabía lo que era una aceitera: directamente de la zafra, vertía el aceite en sartenes y ensaladeras. Ese gesto de esplendidez en una mujer más bien rancia ha pasado a la memoria familiar. El aceite de este año ya está almacenado en la despensa, en garrafetas de cinco litros que se agrupan en tres lotes, uno por cada hija. El lote de la pequeña, que no se llama Cordelia sino Amanda, viaja en sucesivas tandas a Madrid dentro del maletero de un coche. El lote de mi madre, que es la segunda, se extiende por Zaragoza, y es mi hermano quien, quizás por haber heredado los genes julianos, tira de garrafa con mayor alegría. Si alguna vez el aceite aparece en la lista de la compra será por un fallo de intendencia en el habitual trasiego de garrafetas. El lote de la mayor permanece en la despensa de Casa Franco, en el sitio donde antes estaba la zafra, marcado por manchas indelebles en el suelo. Es un aceite de más de un grado de acidez. Por eso no nos saben a nada otros aceites. Lo mismo le pasaba a mi abuelo con el vino embotellado. Las vides casi se arrancaron ellas solas, y aun así fue doloroso. El Rey Lear repudió a la hija que más lo quería. La tempestad literaria vuelve a la calma en la vida real. Las oliveras siguen dando fruto para tres hermanas que se quieren de verdad.
Publicado en Heraldo de Aragón (edición Huesca) el 17-2-2008
Publicado en Heraldo de Aragón el 11-2-2008
Mi tío Jesús tenía un cuaderno negro con una gometa verde alrededor. Mi tío ponía gomas a casi todo, a las carpetas, a las cajas de tornillos, a los bloques de facturas que se amontonaban en la mesa del despacho de mi madre, a los manojos de puerros, a los cromos repetidos de su nieto, a todo lo que fuese susceptible de disgregarse. Mi tío era un hombre de orden. En sus últimos años de vida, decidió no pisar la calle nunca más. Desde su sillón de orejas manejaba el mando a distancia de la tele y el teléfono inalámbrico como si fuesen prolongaciones de sí mismo, y gracias a ellos navegaba con un rumbo fijo. Ambos aparatos estaban muy usados, pero se resistía a cambiarlos por otros y para sujetar sus respectivas baterías les había puesto alrededor unas gometas con varias vueltas. Todos los días nos hacía una o dos llamadas fijas, y aunque no existía aún el identificador de número, sabíamos que era él, pues nunca se retrasaba más de un minuto. Su cuaderno negro era una especie de agenda sentimental (y quizás un protoblog). En él iba anotando las efemérides familiares: cumpleaños, bodas, defunciones, fiestas patronales, exámenes aprobados, grandes nevadas o pedriscos, hospitalizaciones y operaciones, viajes largos emprendidos por su hijo o por alguno de sus sobrinos. Incluso el Año Nuevo chino lo tenía registrado un 2 de febrero (con letra temblorosa y bastante reciente) junto a la Virgen de la Candelaria, que parecía por su parte una anotación muy vieja. No me atreví a decirle que el año chino cambia de fecha según las lunas, porque eso habría alterado el orden interno del cuaderno, que en realidad era un cuaderno de bitácora de todo un periplo familiar.
Artículo publicado en Heraldo de Aragón (edición Huesca) en enero de 2008
Empezó a nevar sobre la N-II mientras comíamos en un restaurante de Medinaceli. Mi tío Eugenio pidió perdices. Se había dejado abierta la ventanilla del coche y en menos de una hora su asiento estaba completamente nevado. Sigüenza, Jadraque, Guadalajara, Alcalá de Henares, Madrid. Al llegar a casa, me enteré de que más de 700 vehículos se habían quedado retenidos entre Cerler y Benasque. En Castejón de Sos, mi amiga Lola veía nevar desde una ventana. Hizo una foto del abeto que crece frente a su casa. Con la imagen me envió unas palabras: “Ese silencio de la nieve me encanta, es muy relajante, casi hipnótico”. Es verdad, pensé, la nieve suaviza los contornos como una mascarilla relajante y amortigua los sonidos igual que las paredes acolchadas de un estudio de grabación. Y mientras nieva, nos sentimos más ligeros, sin complejos de culpa, seguros de la bondad del mundo, porque algo tiene la nieve de terapéutico, de gasa estéril impregnada para cicatrizar heridas. Mi tío Eugenio conducía despacito por el carril derecho y los camiones nos adelantaban haciéndonos temblar. Sin embargo, no teníamos miedo. Nevaba sobre los sementeros ya nacidos, sobre una quitanieves que avanzaba rápido por el carril contrario, sobre un ave rapaz posada en la catenaria del AVE, sobre los negros pensamientos (menos negros conforme aumentaba el espesor de la nieve). Mirábamos el paisaje como quien acaba de abrir un regalo de Reyes que, por haber sido esperado largo tiempo, hace muchísima ilusión. En su carta nevada, Lola también me decía: “Las cosas muy buenas se hacen esperar, como si quisieran que les diésemos la importancia que merecen, concedernos tiempo para preparar su llegada”.
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