Mi farmacéutica se ha jubilado. Vino al mundo en una botica rural en 1932. Desde entonces, exceptuando su época de estudiante, siempre ha vivido encima de una farmacia, al lado de una farmacia, o en frente de una farmacia. Tuvo tres hijos, pero no conoció las bajas por maternidad, ni más de cinco días seguidos de vacaciones. Digamos que su profesión era un destino desde la cuna, más que una vocación. Me consta que le habría gustado dedicarse a la judicatura, lo cual no le ha impedido ejercer su profesión con la honestidad y dedicación propias de esa generación que lo ha soportado todo. “Creo que no hay profesión que haya cambiado más que la mía. De la rebotica de mi padre, con aquellos morteros, espátulas, y matraces con los que hacíamos pomadas y jarabes, a las pantallas de ordenador de ahora hay una incongruencia difícil de asimilar”, dice mirándose al espejo, preguntándose en el fondo cómo será su vida de jubilada. En su piso de la ciudad, en frente de la que ha sido su farmacia durante los últimos treinta años, ha montado un pequeño museo de la rebotica antigua. Junto a un pildorero hay una fila de tarros, frasquitos con preciosas etiquetas y carteles publicitarios de remedios que ya no existen (Barachol contra la sarna). Huele mucho a farmacia nada más entrar en el piso. Es domingo, el día de la madre. Voy a felicitarla. Está ordenando por alturas unas cuantas probetas de cristal. Tengo el privilegio de poder llamarla “mamá”, pero su verdadero nombre es Anunciación Marcellán.
HERALDO DE ARAGÓN (8-5-2012)
A pesar de todo, la primavera siempre es primavera. Vamos camino del Moncayo. Los frutales han florecido con cierta contención, como ajustándose a las circunstancias. Las últimas lluvias han hecho que los campos y cunetas se cubran de humildes rabanizas blancas que me dan un gran consuelo. También el Moncayo está todo blanco, imponente, bajo un sol que ilumina el maravilloso espejismo. Me acuerdo de José Antonio Labordeta, de una mañana en que grababa Tarazona para su “país en la mochila”, hace ya unos cuantos años. Ese día comimos en el Mesón del Aceite. Hay recuerdos que se niegan a desaparecer. Me acuerdo de Daniel Mena Ventura. Me acuerdo también de la primera vez que fui a Tarazona. Mi amiga Adelina tuvo allí su primer trabajo como profesora de instituto. Por aquel entonces la catedral estaba a punto de cerrar, si no estaba ya cerrada, y lo cierto es que no la vi. Así que la visita, esta vez, me ha hecho doblemente feliz. Me acerco a escuchar las explicaciones de una guía en el interior de la catedral. Según ella las pinturas de la girola son “horrorosas”, tanto por su factura como por representar a los ángeles caídos. A mí me parecen deliciosas, incluso modernas, y llenas de sentido del humor. Y la palabra “girola”, que es más bonita que “deambulatario”, resuena luego en mi cabeza, mientras nos tomamos unas gambas con gabardina en un bar llamado Palermo. Afuera, al sol, tres hombres vestidos de negro siciliano confirman que estoy elaborando uno de esos días que no se olvidan.
HERALDO DE ARAGÓN (27-3-2012)
Las sorpresas de los roscones son como los anillos internos de los árboles, sólo hay que contarlos para averiguar el tiempo transcurrido. Tengo una caja muy bonita que la pasada Navidad contenía una anguila de mazapán traída de Madrid, y que ahora me sirve para guardar mis valiosas sorpresas. Hay más de sesenta. Contando que son dos roscones por año, el de Reyes y el de San Valero, es fácil deducir que llevo más de treinta años en Zaragoza. Mi madre se encargaba, antes de nacer mi sobrina Gabriela, de que la sorpresa me tocara a mí. Creo que le hacía gracia que habiendo sido siempre una descreída (que ni en los Reyes Magos recuerdo haber creído) tuviera esa ilusión infantil en la edad adulta. Algunas de las sorpresas son pequeñas joyas, como una oveja de cristal transparente, o un elefantito verde de jade que es una preciosidad. Las sorpresas de los últimos años son más cutres en general. Tengo un camión de plástico que sobrepasa todas las medidas recomendables. Y también hay payasos que no hacen gracia, y anillos de colores que no son como los anillos de los troncos de los árboles. Pero a veces la sorpresa sorprende. Un invierno más y un anillo nuevo. Mi amigo Rodolfo, con todo su pelo, acaba de cumplir cincuenta años, que son exactamente cien sorpresas, aunque parezca imposible. Que la sorpresa sea más o menos bonita importa poco, después de todo, cuando las pones todas juntas y hacen bastante bulto, y ves que en la caja aún queda espacio para unas cuantas más.
HERALDO DE ARAGÓN (31-1-2012)
La noche de fin de año teníamos un sentimiento de triunfo agridulce, como si no fuese del todo mérito nuestro haber superado una dura prueba. Abrimos una botella de vino mientras preparábamos la cena. Parecía que no nos daría tiempo de tenerlo todo dispuesto antes de que llegasen los invitados y necesitábamos un receso. La mesa supletoria, la que se añade a la del comedor para hacerla más grande, se nos había resistido durante un buen rato, hasta que Antoine sacó la caladora y el taladro y solucionó el problema. Se nos ocurrió entonces patentar un nuevo modelo de mesa para grandes ocasiones, un modelo que no voy a describir porque el asunto de las patentes, ya sabemos, es muy peliagudo. Me acordé entonces de la fregona y de Manuel Jalón. Hace más de veinte años, yo fui secretaria por un día en Fabersanitas, donde se fabricaban jeringuillas desechables (otro gran invento). El señor Jalón se rio abiertamente cuando le dije que yo no valía para secretaria y que me autodespedía. “Nunca he tenido una secretaria que me durase tan sólo una mañana”, dijo desde su sillón de directivo, “baja a recepción y pide un taxi”. Y así lo hice. Y puede que ese día cambiase el rumbo de mi vida. Creo que para bien. Casi estoy segura de ello cuando me alejo un poco de la mesa para ver lo bonita y estable que ha quedado, y cuando me acerco a alisar el mantel para poner un par de velas que no gotean aunque estén toda la noche encendidas. Me gusta empezar el año intentando inventar algo, lo que sea.
HERALDO DE ARAGÓN (3-1-2012)
La tía Visi era el alma de la casa. Sin ella el caos se apoderaba de la cocina y de los armarios en menos de un día. Me asombré muchísimo cuando me enteré de que la tía Visi, que no era mi tía sino la tía de mi mejor amiga, tenía su propia casa, un piso grande y lóbrego que compartía con una tortuga eternamente aletargada en la despensa. Yo nunca había visto una tortuga y salté de alegría el día en que asomó su cara arrugada y nos miró con sus ojillos legañosos. En las grandes fiestas familiares la tía Visi iba y venía como si tuviera ruedetas en los pies. Era lo contrario a su tortuga. Recogía, ordenaba, cocinaba y fregoteaba con una ligereza sorprendente. A mis ojos de niña había algo mágico en ella, algo que yo nunca conseguiría. Con los años he comprobado que existen muchas tías Visis, al menos una en cada familia que ha sobrevivido estructurada –que es una palabra horrible que pongo sólo como antónimo de “desestructurada”-, es decir, en las familias unidas. Hace unos días asistí a una comida en la Sociedad Gastronómica Aragonae. Éramos 38 comensales. En la cocina había varios aglutinadores (del género masculino en este caso) que parecían tener manos de prestidigitador y ruedetas en los pies. No fue entonces, sino unos días después, mientras me vi trajinando para la cena navideña, cuando pensé en la tía Visi y en su legión de aglutinadores. Creo que sin querer me he alistado como aprendiza, y espero que pronto me concedan las ruedetas.
HERALDO DE ARAGÓN (27-12-2011)
La jornada de reflexión me la pasé en la cama. No es que estuviera enferma, quiero decir realmente enferma, ni que tuviera que reflexionar sobre mi voto. No tenía ningunas ganas de votar y sabía de antemano que acabaría yendo a la urna para prevenir un posterior ataque de mala conciencia. Sólo quería descansar. Estuve horas leyendo con una almohada doblada bajo la nuca. Dormitaba a ratos, con las gafas puestas y la luz del flexo sobre la cara, mientras oía por el pasillo las muletas de mi madre y la voz melodiosa de mi sobrina. Ambas respetaban mi encerramiento. No comí más que dos mandarinas en todo el día. La primera estaba muy buena y la segunda llena de pepitas, cosa que me puso de mal humor durante unos minutos, pues esa segunda ya me había ofrecido dudas nada más verla. Últimamente he descuidado, por recelos pragmáticos, lo que antes consideraba una inestimable intuición. Pero es que hay que ser valiente para aceptar que lo razonable no siempre es lo correcto, y que se puede ser cursi para llegar, como Susana Tamaro, donde el corazón te lleve. Me comí la segunda mandarina como un autoescarmiento y vi en las pepitas los problemas cotidianos que nublan el dulce sol de noviembre. El Zaragoza perdía 3-0 nada más encender la radio, que apagué inmediatamente pensando aún en las pepitas, y en la pena de mis amigos Melero, Pisón, Pérez y Notivol. Ya de madrugada se oían por la calle las risotadas de un grupo de cafres que seguramente eran del BarÇa. Desdoblé la almohada antes de apagar la luz.
HERALDO DE ARAGÓN (23-11-2011)
En mi calle han abierto dos negocios de “Compro oro” que por su aspecto podrían pertenecer al mismo dueño. Han tabicado los escaparates y no han invertido nada en decoración. Dicen que en épocas de crisis la gente adinerada invierte en valores seguros. No sé nada de finanzas y me pregunto qué se hace con el oro que va a parar a esos locales. ¿Se convierte en lingotes? ¿Y dónde se guardan los lingotes? No tengo afición alguna por las joyas, pero de vez en cuando me detengo ante el escaparate de una pequeña joyería de mi calle que me parece una delicia. Hace unos años compré allí una sortija de plata y turquesa que acabó en el dedo de una turista valenciana. Era una chica joven que se sentaba en la mesa contigua a la mía en una terraza de verano. Acabamos charlando y me pidió que le dejara probarse la turquesa que tanto llamaba su atención y que luego no quiso devolverme. Algunas veces las cosas se pierden de la forma más absurda. Mi tía Maribel diría que las cosas no son importantes, que lo único importante es la salud. Conozco bien el significado de la palabra “pérdida” en todas sus acepciones. No es nada fácil llegar a tener un buen perder. Creo que ese aprendizaje es imprescindible para pasar una reválida de la madurez. Por otro lado siempre nos quedará el sentido del humor, que es como el “siempre nos quedará París” de Humphrey Bogart. En épocas de crisis todo es susceptible de perderse, todo excepto ese París en blanco y negro que incluye una lección de elegancia y una tímida sonrisa.
HERALDO DE ARAGÓN (15-11-2011)
Yo creo en los fantasmas. En algunos fantasmas. Cada uno tenemos los nuestros y son, como los recuerdos, intransferibles. “El fantasma y la señora Muir” (Joseph L. Mankiewicz, 1947) es una película turbadora que me gusta por su aparente ingenuidad y su densidad onírica. Gene Tierney es una joven viuda que se va a vivir cerca del mar y establece una curiosa relación con el fantasma del capitán Gregg (Rex Harrison), y viven felices para siempre. A veces veo con mi sobrina una serie de televisión en la que una joven con poderes ayuda a los fantasmas a pasar “al otro lado”, que viene a ser el más allá. Yo no querría que mis fantasmas se fueran al otro lado. O como mucho, al otro lado del espejo, desde donde nos ven envejecer. Mi padre, en mis sueños, siempre viene en mi ayuda, y ya tiene todo el pelo blanco cuando sólo tenía plateadas las sienes al morir, hace 28 años. Mi abuela, que murió tres meses antes que mi hermana, se me apareció un día en una estantería a la altura de mis ojos, mientras visitaba un museo de vírgenes románicas. Era la más bajita de la fila, iba toda de blanco, se parecía a Frida Khalo y era la única que sonreía en mi sueño. Hay otros fantasmas menos amables, que no hacen nada malo, pero se limitan a observar el sufrimiento de las personas a las que amaron en vida. Algunos son excesivamente discretos, te preguntas dónde se habrán metido. Te preguntas también si se hablan entre ellos. Mis fantasmas viajan conmigo, en mi corazón, que es un músculo estriado con motilidad autónoma.
HERALDO DE ARAGÓN (1-11-2011)
La casa se queda fría por las mañanas. Aún tenemos el ventilador en el vestíbulo, esperando recuperar su hueco entre las maletas del cuarto oscuro, cuando te das cuenta de que los pies se quedan helados viendo el telediario de Pepa Bueno. Sacas la estufeta de aire. Te parece que hace demasiado ruido, y eso que lleva escrita la palabra “silent” en bonitas letras inclinadas, y estás a punto de darle una patada. Habrá que encender la calefacción, dice tu madre. No es que te dé pereza purgar los radiadores, que un poco sí, es que quizás hayas olvidado el funcionamiento de la caldera digital que instalaron el invierno pasado. Te sientes un dinosaurio. En la semana Escribit, que trata sobre la revolución digital, no tendrías nada que hacer. Con una moneda de dos céntimos y un bote de cristal que aún huele a pimientos del piquillo procesionas de radiador en radiador mientras tu madre te sigue devotamente. Más aplicada que tú, ha guardado las sandalias en sus cajas, mientras en tu cuarto andan revueltas las chancletas con las botas. “La razón y la locura” es el sugerente título de Periferias 2011. Te apetece escuchar a Ángel Alcalá en su charla sobre Miguel Servet, y te apetece procesionar de exposición en exposición con la sensación de que todos somos “outsiders”. En Huesca te sientes como en casa. De la razón a la locura hay muy poca distancia, te dices con el tarro de pimientos en la mano, como siempre por estas fechas. Enciendes la caldera sin necesidad de leer las instrucciones.
HERALDO DE ARAGÓN (25-10-2011)
Miraba el horizonte desde un piso alto del barrio de San Pablo. Eran las diez de la mañana cuando vi una estrella fugaz formando una parábola descendente sobre los montes de Juslibol. De momento me pareció un ovni, similar al que vi cuando tenía trece años a la salida del colegio. Aquel era más grande y más lento que lo que vi desde la ventana de San Pablo. Luego supe que había una lluvia de estrellas de la que no tenía noticia, pero aun así resultaba extraño ver ese fenómeno a la luz del día. “Detener lo cotidiano era aturdir la memoria”, dice Philip Larkin en “Ventanas altas”. Este verano no puede ver las Perseidas. En realidad, a pesar de mi ilusión y empeño, sólo tres veces he conseguido verlas. La primera vez ni siquiera sabía de su existencia y fue un espectáculo inolvidable. No es que me gusten las sorpresas, al contrario, creo que disfruto más de las cosas cuando soy consciente de que forman parte de mi realidad. Lo fortuito me aterra, me lleva a pensar que estamos en manos de un jugador loco. “Los dioses quitan, los dioses dan” dice una canción de Petisme que me viene a la cabeza de vez en cuando. Se acabaron las fiestas. Me ilusionaba ver los fuegos artificiales, que son como estrellas fugaces que suben, que llenan el cielo de colores, que se ven con los amigos desde una terraza elevada sobre los tejados oscuros. Y mientras tanto, tu anfitriona ejerce como tal y se ha ocupado de que todo salga según el plan previsto, con el confort que da saberse en buenas manos, y a cierta distancia de la tremenda traca final.
HERALDO DE ARAGÓN (18-10-2011)
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