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Cristina Grande

Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2007.

EN UN MOMENTO DADO

 

           Artículo publicado en Heraldo de Aragón (Edición Huesca) en noviembre de 2007


    En un andén de la estación de Atocha, Marina se fuma un cigarrillo apurando los últimos minutos antes de la salida del Ave a Zaragoza. Va y viene tantas veces a la semana que algún día perderá el tren por exceso de confianza. Trabaja en Madrid desde hace unos meses. No fue una elección fácil. Podría haber permanecido en su trabajo de siempre, cerca de su casa y de su familia, pero en un momento dado vio que si quería mejorar, ser mejor persona, tenía que seguir adelante. Dice que ser libre es su trabajo: "Y en cuanto te despistas, cuando te acomodas o viene un ataque de cansancio o melancolía, retrocedes en un pispás a la casilla de salida". La misma idea, aunque con otras palabras, me trasmitió mi tía Amanda hace unos días. Celebrábamos el 33 aniversario de su primer día de trabajo en Madrid. En su momento también tomó una decisión valiente y difícil. Dejó su vida acomodada en el pueblo para trabajar en un hotel donde ganaba un sueldo discreto, suficiente sin embargo para mantener su independencia. Nunca había madrugado antes. Trabajar de noche aún era peor. Pero no estaba en su carácter el quejarse de la vida. Al contrario. Y ahora que está jubilada, se puede apreciar cierto orgullo en sus ojos cuando mira a esa segunda mitad de su vida. "Somos autoexiliadas", dice Marina mientras nos tomamos una cerveza en el coche-bar. Afortunadamente sus hijas ya son mayores. Respetan y admiran a su madre y no cuestionan sus decisiones porque confían en ella. Cuando por la ventanilla vemos el Moncayo nevado, tan hermoso en el horizonte, Marina y yo nos miramos y sonreímos como si fuésemos personajes de una película triste pero bonita.   


03/12/2007 21:35 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

ROPA BLANCA

Artículo publicado en Heraldo de Aragón (edición Huesca) en septiembre de 2007

     María Anoro planchaba mejor que nadie. Las ropa blanca era su especialidad. La humedecía previamente. No le gustaban las planchas de vapor. Con gran parsimonia echaba todo el peso de su cuerpo sobre la tabla. Su brazo derecho se arqueaba como el contrafuerte de una catedral. Una y otra vez hacía el mismo recorrido por la pechera de las camisas, por las mangas (cuyos hombros ajustaba al borde redondeado de la tabla), por las sábanas de hilo que se mostraban demasiado rebeldes, por los pañuelos de batista con iniciales bordadas que durante un rato quedaban impresas en la tela de la tabla. Había un algo de domadora en sus gestos. La ropa acababa doblegándose ante su insistencia. Ni camisas, ni sábanas osaban arrugarse luego. La ropa bien planchada dura más tiempo limpia, solía decir. Yo, mientras, merendaba en la cadiera y la veía planchar. Ratos y ratos. Todo se basaba en la repetición, en un ritmo cansino que nos anestesiaba. Las tardes de verano eran interminables y yo la observaba como observaba el balanceo del gran péndulo dorado del reloj de la escalera. En una casa donde todas las mujeres éramos manojos de nervios, que hacíamos las cosas como si no fuésemos a tener tiempo para algo misterioso que tenía que suceder en cualquier momento, María ponía calma, actuaba como un contrafuerte a nuestros desasosiegos. A veces, yo le pedía que me dejase para el final algún pañuelo que repasar, pero ella se mostraba reticente, y nunca aprendí a planchar. Tenía una sabiduría muy suya. Y tenía todo el tiempo del mundo. No hablaba mucho. Prefería que yo me sentase a leer en la cocina mientras ella planchaba con toda la parsimonia del mundo. Ratos y ratos.

03/12/2007 21:53 cristinagrande #. sin tema Hay 1 comentario.


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