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Cristina Grande

Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2008.

Pequeños Propósitos

Artículo publicado en Heraldo de Aragón (edición Huesca) el 30-12-2007

Hace justo doce meses me convencí de que los propósitos de Año Nuevo debían limitarse a cosas pequeñas que puediese cumplir sin agotarme en el intento. Desterré de mi mente la idea de dejar de fumar, la idea de dar al menos un largo paseo todos los días, de contar hasta diez antes de ponerme como una furia por cualquier tontería, y no llorar; llevar a mi sobrina a ver películas intragables para niños; trabajar con constancia en mi nuevo libro de cuentos... El día de Año Nuevo la cabeza me dolía como si tuviese dentro una tuneladora. Vi en el suelo de la recocina, junto a la lavadora, un alfiler que procedía seguramente del bajo de un pantalón señalado con alfileres antes de acortarlo. Me acordé de un alfiler que salía en una de las últimas radiografías que le hicieron a mi abuela cuando estaba hospitalizada. Parecía que estaba incrustado en el interior de su pulmón izquierdo, justo donde ella sentía un dolor intenso. La médica estaba alucinada. En la siguiente radiografía, el alfiler y el dolor habían desaparecido. Me agaché a coger el alfiler. Lo llevé a la caja de la labor. Luego rescaté una lentejuela que se había desprendido de mi vestido de Nochevieja. También la guardé en la caja de la labor con la intención de coserla en algún momento. Mi pequeño propósito, muy poco pretencioso a primera vista, me obligó a agacharme muchas veces conforme transcurrían los meses. Con cada objeto que devolvía a su lugar me parecía que algo se ordenaba dentro de mí y que mi abuela me sonreía. Poco a poco iba viendo claras algunas cosas que estaban turbias. En Junio, cuando el alfiletero estaba casi lleno, me atreví a dar un giro grande a mi vida. Creo que 2008 va a ser un gran año. ¡Feliz Año Nuevo!


02/01/2008 07:20 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

LEOCADIA

Artículo publicado en Heraldo de Aragón el 30-12-2007

 

    Leocadia Zorrilla y Galarza nunca fue ama de llaves. Tenía sólo diecisiete años cuando su prima por parte de los Galarza se casó con Javier, el primogénito de Goya. En la boda debió de producirse un flechazo entre el pintor, que tenía entonces 59 años y estaba casado con Josefa Bayeu, y la joven Leocadia. Romance y escándalo vendrían juntos. Al casarse con un joyero madrileño de origen alemán, Leocadia adquirió el apellido Weiss, puede que para lavar el honor de su familia. A juzgar por las capitulaciones matrimoniales, el joyero no aportó nada de nada, tan solo una serie de cláusulas que después de la separación dejarían a Leocadia en la más absoluta ruina. El hijo mayor del matrimonio se quedó con el padre. Goya y Leocadia marcharon a Francia con los dos pequeños Weiss. Se ha hablado mucho de Rosario Weiss (dos de sus dibujos, hace sólo unos días, salían por un alto precio en una casa de subastas madrileña), pero poco se sabe de Guillermo, dos años mayor que Rosario y que quizás también era hijo del pintor. Por su postura abiertamente antimonárquica, Leocadia, como Goya, fue una exiliada política. Su vida no debió de ser fácil. No es extraño que en el retrato de dama con mantilla (adquirido por el Gobierno de Aragón en 1991) parezca mayor de lo que era, como suele suceder a las mujeres que viven con hombres de más edad. Sus cejas y su mirada, sin embargo, son "leocadianas" casi sin duda, iguales a las de la Manola de la Quinta del Sordo. Su postura, la dignidad con que posa, y el respeto que le muestra el artista deberían hacernos pensar que lo de "ama de llaves" no iba con esa mujer, mujerona, que fue enterrada (sin nombre en la lápida) en el panteón de los Goya.

02/01/2008 07:24 cristinagrande #. sin tema Hay 1 comentario.

VIEJOS ESQUIADORES

Publicado en Heraldo de Aragón (edición Huesca) el 27-1-2008

 

Hace años que no esquío. La última vez que me calcé mis viejas tablas, en 2001, disfruté bajando por las pistas de Cerler, en las que había aprendido a esquiar cuando era muy joven. Fue un ejercicio de nostalgia que di por concluido en el momento en que una tabla de “snow” se me llevó por delante. Esa misma temporada una de mis amigas se rompió los ligamentos de la rodilla en su primera clase de ski, y me sentí afortunada cuando llegué sana y salva al aparcamiento. Me veía vieja entonces para ese deporte, y decidí, casi con alivio, practicarlo tan solo como espectadora. Estoy sentada al sol en la terraza del restaurante El Molino. Veo a los esquiadores descendiendo el último tramo de Les Pllanes. Levantan un poco de polvo de nieve en cada uno de sus elegantes giros. El último sol de la tarde resbala sobre la nieve y sobre la corteza blanca de los abedules. Las sillas suben vacías. Poco a poco, la terraza de El Molino se va llenando de esquiadores que se aflojan los enganches de las botas. Muchos de ellos son mayores que yo. Siento envidia y orgullo ajeno. Me acuerdo del sonido de las tablas sobre la nieve, parecido al fru-frú de los vestidos de organza, y de la felicidad que sentía cuando veíamos huellas de animales que no sabíamos identificar. A veces, pasaba miedo en los descensos. Quizás es que nunca fui joven. Me gustaría ser como esos viejos esquiadores, que bajan sin prisa pero muy determinados, y que conocen el terreno palmo a palmo y saben dónde hacer los giros, y que no se enfadan cuando un joven se cruza en su trayectoria. Las sillas suben vacías. Me pregunto por qué no voy en una de ellas, si dentro de mí siempre ha habido una vieja esquiadora.

28/01/2008 17:28 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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