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Cristina Grande

Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2008.

CARTA NEVADA

Artículo publicado en Heraldo de Aragón (edición Huesca) en enero de 2008

 

      Empezó a nevar sobre la N-II mientras comíamos en un restaurante de Medinaceli. Mi tío Eugenio pidió perdices. Se había dejado abierta la ventanilla del coche y en menos de una hora su asiento estaba completamente nevado. Sigüenza, Jadraque, Guadalajara, Alcalá de Henares, Madrid. Al llegar a casa, me enteré de que más de 700 vehículos se habían quedado retenidos entre Cerler y Benasque. En Castejón de Sos, mi amiga Lola veía nevar desde una ventana. Hizo una foto del abeto que crece frente a su casa. Con la imagen me envió unas palabras: “Ese silencio de la nieve me encanta, es muy relajante, casi hipnótico”. Es verdad, pensé, la nieve suaviza los contornos como una mascarilla relajante y amortigua los sonidos igual que las paredes acolchadas de un estudio de grabación. Y mientras nieva, nos sentimos más ligeros, sin complejos de culpa, seguros de la bondad del mundo, porque algo tiene la nieve de terapéutico, de gasa estéril impregnada para cicatrizar heridas. Mi tío Eugenio conducía despacito por el carril derecho y los camiones nos adelantaban haciéndonos temblar. Sin embargo, no teníamos miedo. Nevaba sobre los sementeros ya nacidos, sobre una quitanieves que avanzaba rápido por el carril contrario, sobre un ave rapaz posada en la catenaria del AVE, sobre los negros pensamientos (menos negros conforme aumentaba el espesor de la nieve). Mirábamos el paisaje como quien acaba de abrir un regalo de Reyes que, por haber sido esperado largo tiempo, hace muchísima ilusión. En su carta nevada, Lola también me decía: “Las cosas muy buenas se hacen esperar, como si quisieran que les diésemos la importancia que merecen, concedernos tiempo para preparar su llegada”.

01/02/2008 20:56 cristinagrande #. sin tema Hay 2 comentarios.

GOMETAS

Publicado en Heraldo de Aragón el 11-2-2008

 



    Mi tío Jesús tenía un cuaderno negro con una gometa verde alrededor. Mi tío ponía gomas a casi todo, a las carpetas, a las cajas de tornillos, a los bloques de facturas que se amontonaban en la mesa del despacho de mi madre, a los manojos de puerros, a los cromos repetidos de su nieto, a todo lo que fuese susceptible de disgregarse. Mi tío era un hombre de orden. En sus últimos años de vida, decidió no pisar la calle nunca más. Desde su sillón de orejas manejaba el mando a distancia de la tele y el teléfono inalámbrico como si fuesen prolongaciones de sí mismo, y gracias a ellos navegaba con un rumbo fijo. Ambos aparatos estaban muy usados, pero se resistía a cambiarlos por otros y para sujetar sus respectivas baterías les había puesto alrededor unas gometas con varias vueltas. Todos los días nos hacía una o dos llamadas fijas, y aunque no existía aún el identificador de número, sabíamos que era él, pues nunca se retrasaba más de un minuto. Su cuaderno negro era una especie de agenda sentimental (y quizás un protoblog). En él iba anotando las efemérides familiares: cumpleaños, bodas, defunciones, fiestas patronales, exámenes aprobados, grandes nevadas o pedriscos, hospitalizaciones y operaciones, viajes largos emprendidos por su hijo o por alguno de sus sobrinos. Incluso el Año Nuevo chino lo tenía registrado un 2 de febrero (con letra temblorosa y bastante reciente) junto a la Virgen de la Candelaria, que parecía por su parte una anotación muy vieja. No me atreví a decirle que el año chino cambia de fecha según las lunas, porque eso habría alterado el orden interno del cuaderno, que en realidad era un cuaderno de bitácora de todo un periplo familiar.

 

12/02/2008 13:03 cristinagrande #. sin tema Hay 1 comentario.

GARRAFETAS

   Mi abuelo quiso que el olivar del saso quedase para sus hijas, para que nunca les faltara aceite ni vino. Mi abuelo no era como el Rey Lear y sabía que sus tres hijas lo querían por igual. Las vides desaparecieron hace un tiempo, pero los olivos, a pesar de haber sufrido heladas y un atroncamiento, siguen dando fruto. El aceite nunca se escatimó en Casa Franco. La abuela Juliana, que era la madre de mi abuelo, no sabía lo que era una aceitera: directamente de la zafra, vertía el aceite en sartenes y ensaladeras. Ese gesto de esplendidez en una mujer más bien rancia ha pasado a la memoria familiar. El aceite de este año ya está almacenado en la despensa, en garrafetas de cinco litros que se agrupan en tres lotes, uno por cada hija. El lote de la pequeña, que no se llama Cordelia sino Amanda, viaja en sucesivas tandas a Madrid dentro del maletero de un coche. El lote de mi madre, que es la segunda, se extiende por Zaragoza, y es mi hermano quien, quizás por haber heredado los genes julianos, tira de garrafa con mayor alegría. Si alguna vez el aceite aparece en la lista de la compra será por un fallo de intendencia en el habitual trasiego de garrafetas. El lote de la mayor permanece en la despensa de Casa Franco, en el sitio donde antes estaba la zafra, marcado por manchas indelebles en el suelo. Es un aceite de más de un grado de acidez. Por eso no nos saben a nada otros aceites. Lo mismo le pasaba a mi abuelo con el vino embotellado. Las vides casi se arrancaron ellas solas, y aun así fue doloroso. El Rey Lear repudió a la hija que más lo quería. La tempestad literaria vuelve a la calma en la vida real. Las oliveras siguen dando fruto para tres hermanas que se quieren de verdad.

Publicado en Heraldo de Aragón (edición Huesca) el 17-2-2008

17/02/2008 22:49 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

CAPITANAS DEL CIERZO

    Fuimos en busca de capitanas. Víctor Forniés me había pedido que participase en el documental “La voz del viento”. Me acordaba de un paraje cercano a Monegrillo donde hace unos años fotografié esas extrañas plantas de color grisáceo. Estaban amontonadas, detenidas contra una valla metálica que rodeaba un viejo molino de viento. Se las llama capitanas por sus espinas en forma de estrella. También se llaman volanderas, o barrillas. De sus cenizas se extraía la sosa necesaria para la fabricación del cristal. A veces, los días de cierzo, cruzan la carretera sin mirar, como manadas de bestias enloquecidas, o en solitario, de forma casi pesada, en busca de un imaginario cementerio de elefantes. Su nombre científico es Salsola Kalis. Lo que más me gusta de ellas es que después de muertas, después de rodar y rodar empujadas por el viento, pueden volver a echar raíces si encuentra un lugar propicio. El cierzo soplaba con fuerza durante el rodaje. ¿Puede alguien filmar el viento? ¿Dónde buscarlo? ¿Cómo? ¿Qué se esconde en las películas que vemos o en los libros que escribimos? ¿El viento que azotaba contra nuestras caras? La ayudante de producción me ofreció unas horquillas para sujetarme el pelo. Las aspas amarillas del molino emitían un quejido metálico que recordaba a las extractoras petrolíferas de la película “Gigante”. El sonidista se desesperaba. Ninguna capitana rodó ante la cámara. Seguían detenidas junto a la valla, como espectadoras de esos secanos que a George Orwell le parecían “grises y de superficie arrugada como la piel de un elefante”. Las capitanas mueren. Algo las empuja, hasta que se quedan quietas y renacen. Silenciosas, cuando el viento cesa.

 Publicado en Heraldo de Aragón (Huesca, 24-2-2008)

25/02/2008 00:19 cristinagrande #. sin tema Hay 1 comentario.


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