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Cristina Grande

Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2008.

ALMENDRICOS

    Marzo mayea y me dicen que ya se han helado los almendros. Año tras año me asombra la ingenuidad e imprudencia de los frutales que florecen antes de tiempo. Mi abuelo se disgustaba enormemente cada vez que comprobaba que tampoco ese año cogería ni una almendra. Hablaba entonces de arrancar aquellos estúpidos árboles y sembrar cebada en su lugar. Pero nunca lo hizo. Su almendrar era como un hijo díscolo por el que sentía debilidad. Con la comida en la boca, y mi abuela a su lado, o bien él solo, recorría contra el cierzo los siete kilómetros que distan del pueblo al almendrar. Se detenía un poco antes de llegar para contemplar de lejos su belleza en flor, o para tomar aliento presintiendo que la noche de Viernes Santo los almendricos habían sucumbido bajo el cielo raso. Todos tenemos debilidades. La gente de orden quizás pueda permitirse grandes debilidades. Fatídica Semana Santa. Arrancar el almendrar habría sido como echar de casa al hijo díscolo y encantador que siempre suscita zozobra. Mi madre heredó esa finca. Asumió esa herencia ruinosa con cierta resignación. Nunca se atrevería a arrancar esos árboles y ni siquiera se atrevería a vender (porque “el que vende acaba”, decía siempre mi abuelo). Para mi madre, que no sabe nada de agricultura, el almendrar es un símbolo. Ella y sus hermanas plantaron de niñas algunos de esos ingenuos árboles, que siguen empeñados en comportarse como jóvenes impetuosos a pesar de haber pasado más de sesenta años. Son de una variedad (desmayo, creo) del todo inapropiada para el clima de los Monegros. Habría que injertarlos, o arrancarlos, mejor. Pero ahí siguen, para recordarnos algo, algo escrito en un lenguaje indescifrable.

Publicado en Heraldo de Aragón (Huesca el 16-3-2008)


18/03/2008 13:11 cristinagrande #. sin tema Hay 1 comentario.

AVANCE DIGITAL

       Un día sin periódicos es un día extraño. Como un apagón de los de antes. Consulto la cartelera en internet. Ya no puedo vivir sin internet. Sin mi portátil. Ya no soy capaz de escribir a mano, me cuesta una barbaridad. Poco a poco se ha ido resumiendo el callo del dedo corazón de mi mano derecha de estudiante. No soy, sin embargo, de las que bajan películas ni música en el ordenador, quizás es que siempre he estado un poco desfasada dentro del mundo de la tecnología. En una de aquellas cintas de noventa minutos grabé hace más de treinta años una cena navideña. Me sentía orgullosa dándole a las duras teclas del primer magnetofón que hubo en mi casa (un Hitachi comprado en Canarias). Teníamos entonces un tomavistas que nadie sabía hacer funcionar. Mi padre lo había intentado varias veces y se había puesto de muy mal humor. También recuerdo que pasé días intentando averiguar cómo se ponía el despertador de dígitos rojos traído posiblemente de Andorra. Hay gente que vale para esas cosas, o para inventar maquinetas alucinantes sin las que el mundo se paralizaría. El IX Congreso de Periodismo Digital va tratar de la importancia de la imagen en la red, los youtubicos y esas cosas. Imágenes en movimiento, ad infinitum. Guardo como una reliquia mi primer teléfono móvil (mi zapatófono), que hacía reír a los avanzados en nuevas tecnologías cuando me resistía a cambiarlo por un modelo con cámara y más pequeño. La era digital es un milagro, un gran misterio para mi cerebro analógico. Siento una extraña alegría viendo la pagineta web de Mariano Gistaín: ajenas a la mirada del pionero, siete monjas capuchinas de Barbastro se concentran en sus misales y en sus rezos.

Publicado en Heraldo de Aragón (Huesca, 23-3-2008) 

 

24/03/2008 11:33 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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