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Cristina Grande

Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2009.

UN VERANO MÁS

Que no haya canción del verano me parece una curiosa excepcionalidad. Más allá de la nostalgia de una generación que envejece a trompicones, me aburre oír de continuo el “Un rayo de sol” de nuestra infancia. Como no sé nada de sociología y el calor reblandece la sesera, se me ocurren las más raras explicaciones. Aparte de la crisis, quizás haya una relación entre la anunciada pandemia que nos asolará en otoño y las pocas ganas que nos quedan de cantar como cigarras. Veo montoncitos de serrín al pie de una trona de unos noventa años que ha sucumbido a la carcoma, y lo primero que se me ocurre es quemarla en el corral junto con otros muebles contagiados. Luego, sin mucha convicción, decido inyectarles un líquido especial y esperar un verano más. Me acuerdo de “La invasión de los ladrones de cuerpos”, no sé por qué, y de la inquietante noticia de que las abejas están desapareciendo (salen de la colmena y ya no vuelven, hasta que la reina se queda sola y muere). No hay canción del verano, lo más parecido es el “jingle” de un anuncio de muebles que dice: “Donde caben dos, caben tres”. Un cubierto más en la mesa, una cama supletoria, un lugar reconquistado en el cosmos familiar. Es un anuncio que intenta desdramatizar la crisis, buscar el lado bueno de la vida aunque todo arda alrededor, aunque las abejas no regresen, aunque no sepamos nada de las vacunas antigripales. Sospechamos que las verdades dichas a medias producen un desasosiego que cunde como la carcoma, pero nos resistimos a caer en el derrotismo otoñal. Nos resistimos a dejar de ser un poco cigarras cantando las alegrías estivales.

Heraldo de Aragón (28-8-2009)

03/08/2009 15:41 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

SILENCIO

“Hay cosas de las que es mejor no hablar” es una frase que, como toda frase hecha, suena bastante hueca pero que tiene su parte de verdad. Las cosas que no se cuentan pueden llegar a momificarse en un rincón oscuro de la memoria. Eso ocurre en muchas familias cuando, por poner un ejemplo, no se nombra a alguien que ha desaparecido por un motivo que también se olvidará a fuerza de no nombrarlo. Mientras tanto, la vida sigue. En el ámbito público sucede algo parecido. El cadáver de Marta del Castillo nunca se encontró, ni en el vertedero ni en ningún otro lugar. Se ha dejado de hablar de ella y da la sensación de que el silencio contribuye a perpetuar su desaparición. Por eso me alegra que periódicamente se nombre a Publio Cordón, pues significa que hay quien no se rinde, que los nombres son importantes. Y por eso mismo me entristece el silencio general sobre la muerte y posteriores investigaciones en el caso de Luis Bernal, vecino del barrio de la Magdalena brutalmente asesinado a finales del mes de junio. Hay cosas, sin embargo, que me plantean dudas: la decisión del gobierno de no seguir dando cuenta de todos los casos de contagiados por el virus de la gripe A quizás sea una buena decisión, ya que hablar de ello no contribuye a la solución del problema. Pero en ese caso, ¿de qué sirve hablar masivamente de los crímenes terroristas? ¿Les consuela a los afectados que los medios de comunicación estén encima y que las autoridades les den el pésame ante las cámaras? ¿No estaremos con ello contribuyendo a perpetuar el nombre del terror, sus siglas, y por tanto su misma existencia?

Heraldo de Aragón (5-8-2009)

06/08/2009 13:04 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

SIN COMPLEJOS

 


Gabriela ha cumplido nueve años. Tiene la misma estatura y talla que yo, y ya no puede heredar mis zapatos porque le quedan pequeños. Antes las chicas altas solían tener complejo, iban encorvadas, con la cabeza gacha. Los chicos no se atrevían a ligar con ellas (¿tendrían complejo de bajos?). Algunos complejos se sufrían mucho más durante el verano. En la piscina no había forma de disimular redondeces, manchas de nacimiento, orejas de soplillo y demás ignominias. Si además eras miope y tenías que dejar las gafas sobre la toalla, temiendo que alguien las pisase, y te lanzabas al agua en plan patoso, el ridículo estaba asegurado. Los complejos eran una pesadez, y era difícil quitárselos de encima. Me pregunto de dónde provenían y cuál era su razón de ser, si los sembraban igual que decían que sembraban las plagas de piojos. Algunos se agarraban tanto al alma que ni aún en la madurez conseguirías exterminarlos del todo, porque habrían pasado a ser parte de tu personalidad y quizás, con el tiempo, los podrías transformar en simples extravagancias. Mi amiga Ana creía tener los dedos demasiado cortos y se dejaba crecer las uñas hasta límites insospechados, y empezó a coleccionar toda clase de uñas postizas hasta hacer de ello su profesión. Viendo a Gabriela en traje de baño, jugando en su Nintendo a cocinar crepes de no sé qué, tengo la fugaz impresión de que los complejos han sido sustituidos por los percentiles de la consulta del pediatra, que es una cosa más neutra. Y tengo la seguridad de que es más feliz que cualquiera de las siete amigas que nos sentábamos en el bordillo de la piscina un día de agosto de los años setenta.

HERALDO DE ARAGÓN (11-8-2009)

13/08/2009 13:09 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

EN CONSTRUCCIÓN

Desde mi ventana veo obras por todas partes (la calle Mayor, el Mercado de San Vicente de Paúl, la calle de San Lorenzo, el patio de vecinos de una finca colindante...). Y oigo a mi vecino de arriba con el berbiquí haciendo agujeros en cada una de las habitaciones. Creo que me estoy haciendo vieja. Antes me gustaba Zaragoza precisamente por ser una ciudad que se reinventa constantemente, que no teme a la piqueta, que ha desarrollado –tras los Sitios, seguramente- un gusto casi enfermizo por lo nuevo. Pero últimamente me pregunto: “pá qué tanto”. No es sólo por los comerciantes, que sufren grandes pérdidas cuando sus calles se convierten en Beirut; ni por los ciudadanos, que también; sino por la propia ciudad, a la que me parece oír quejarse como yo me quejo, gruñendo con la espalda encorvada. Creo que siempre he sido vieja, como Zaragoza, una vieja que quiere parecer joven, y ya ha olvidado cuándo empezó a ponerse potingues en la cara. La cosa es que mantenerse joven resulta muy cansado a veces, y una desearía representar su verdadera edad, y dejar de escuchar piropos falaces. La serenidad debería ser una cualidad en alza, pero los relojes marcan muy deprisa. He acompañado a una anciana turista, gorda y coja, hasta el paño mudéjar de la Seo. Le doy explicaciones, señalo aquí y allá, como las azafatas señalan las salidas de emergencia en los aviones, y cuando voy a seguir mi camino hacia la oficina de Ibercaja, me dice: “Señorita, se ve que usted ama su ciudad”. Son las doce, desde hace semanas el “Bendita y alabada” se reinicia solo y luego se interrumpe bruscamente.

HERALDO DE ARAGÓN (18-8-2009)

19/08/2009 12:09 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

UNA DEUDA

Todas las ventanas de la casa estaban abiertas de par en par. Ese día corría un poco de cierzo pero el termómetro del comedor no bajaba de 29 grados. En la radio habían anunciado que el incendio de San Gregorio estaba controlado y que subirían los impuestos a los más ricos, que en tiempos de crisis había que fomentar la solidaridad. Los muebles crujieron un poco. Pedir dinero a sus padres le daba mucho reparo. Sabía que siendo austeros y ahorradores estarían encantados de poder sacar de un apuro a uno de sus hijos. Aun así, era casi una cuestión de orgullo y de no querer decepcionarlos lo que le paralizaba. Tenía llave de la casa, casi a diario iba a visitarlos y nunca llamaba al timbre porque no lo oían. Su madre se asustó al verlo de repente a su lado. Había llegado más temprano que otros días y el padre en seguida notó su angustia. Siempre les costaba lo suyo iniciar una conversación seria. Con un tono excesivamente dramático, la madre habló de una moscarda asquerosa que no quería irse por ninguna de las ventanas. Sobre la encimera de la cocina había una carta de Hacienda, una carta certificada. Lo raro es que venía a su nombre cuando hacía más de diez años que no estaba allí empadronado. Abrió la carta delante de ellos. Le reclamaban una pequeña cantidad, una nimiedad comparada con la deuda de su negocio, pero esa carta le dio pie para exponer su problema. Los padres suspiraron casi agradecidos, como si llevasen tiempo esperando el momento de dar un fin a su dinero. Al salir estaba contento. Sonrió cuando su madre le dio como a escondidas un billete de 50 euros.

HERALDO DE ARAGÓN (26-8-2009)

28/08/2009 12:01 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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