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Cristina Grande

Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2009.

ESTRIBILLOS

 

“Cada uno es lo que es, y alguien tiene que serlo”, dice el malvado y sanguinario Reynald en “El reino de los cielos”. Hay frases (de películas, de canciones, del idiolecto familiar) que forman parte de nuestra banda sonora íntima. A veces, esas frases acuden como el estribillo machacón de una música “ratonil”, que diría mi madre, y esos estribillos, por otro lado, son intransferibles a otras personas, aunque algunas notas se transmiten de generación en generación. “Manos blancas no ofenden” solía decir mi abuela, sin que nunca me llegase a enterar del verdadero significado de esas palabras, cuya sonoridad sin embargo era música para mí. “Cuando tú me das tu amor una estufita es mi corazón”, dice una canción que aprendí de niña y nadie de mi entorno recuerda. Me vino a la cabeza una tarde de lunes o miércoles, junto al teatro romano, de la maneta de mi sobrina, por la calle Verónica, después de haber cantado “Es una lata el trabajar, todos los días te tienes que levantar” (que quizás no es el mejor lema para la educación de un niño). Volví a ver la película de Ridley Scott por una apuesta con alguien que tiene mejor memoria que yo y que me atribuye una capacidad fabuladora de la que dudo. Me empeñaba en citar, desde que vi la película por primera vez en el cine Palafox, una frase que el arzobispo dice a Balian (Orlando Bloom) en la defensa de Jerusalem, y que yo recordaba así: “¿Creéis que por nombrarlos caballeros lucharán mejor?”. Se acercaba el momento de la verdad, lo veía venir, y de repente el arzobispo cambió mi frase, simplificándola tanto que la despojaba de la grandeza que yo entendía como la clave de la historia. No puedo reproducir las palabras exactas del arzobispo porque no son ésas las de mi estribillo particular, pero aun así, creo que gané la apuesta.

Publicado en Heraldo de Aragón (11-5-09)

13/05/2009 17:15 cristinagrande #. sin tema Hay 1 comentario.

MI CARNICERO

 

Mi carnicero, Manolo, es un hombre de buen comer, un entendido en cocina. Nos hace hamburguesas personalizadas, las mejores del mundo para mi gusto. Lleva un enorme delantal blanco y es hipertenso. Tiene un puesto en el Mercado de San Vivente de Paúl. Su hermana, Anabel, también lleva delantal blanco. El mercado está cerrado por obras y la mayoría de los puestos se han trasladado provisionalmente al antiguo mercadillo de San Lorenzo, donde se sienten un poco constreñidos. Manolo me recomienda esto o lo otro. Un bajico de cordero con alcachofas y pataticas es un manjar, y todo te sale por unos tres euros. Los pequeños comerciantes del sector alimentario están recomendando, como medida suculenta contra la crisis, comer más en casa y perder algo de tiempo en la cocina. Pero no todo el mundo tiene ganas de guisotear, de hacer croquetas con la carne del cocido, o albóndigas con la carne que tu carnicero ha picado delante de ti mientras temías que se cogiera un dedo. Me gusta ver a Manolo cuando despieza un ternasco con machetazos certeros y delicados al mismo tiempo. No me importa esperar. Ni perder tiempo en la cocina, donde además he instalado el ordenador con el que escribo estas líneas. Le copié la idea (la de escribir en la mesa de la cocina) al escritor chileno Luis Sepúlveda. Decía que junto a los fogones, y sobre una vieja tabla donde se había amasado el pan de varias generacios, era más fácil crear y creerse creador. El bajico de cordero se va haciendo a fuego lento. De vez en cuando lo remuevo con una cuchara de palo. Huele bien, un poco a vino rancio. Ahora que lo pienso, Sepúlveda y Manolo (mi carnicero) se dan un cierto aire, un aire familiar.

Heraldo de Aragón (19-5-09)

26/05/2009 16:57 cristinagrande #. sin tema Hay 1 comentario.

ESPIAR

Yo tenía unos dieciséis años. Mi padre nos pasaba las llamadas desde el piso de abajo por medio de un interfono grandote que tenía varias teclas. Había que mantener apretada la tecla roja mientras hablabas. “Coge el teléfono, es para tí”, decía mi padre por el aparato. Entonces corría al comedor, donde estaba el teléfono, y en cuanto me ponía a hablar oía el click que significaba que mi padre no se quedaba escuchando mis conversaciones. Sólo una vez sospeché que seguía ahí. Mi amiga Isabel estaba nerviosa. La noche anterior, en la discoteca, nos vimos involucradas en una pelea de chicos y acabamos todos en el cuartelillo de la Guardia Civil. Mi padre subió inmediatamente, en cuanto colgué el auricular. Estaba enfadado, preocupado. Yo también me enfadé, quería que respetase mi intimidad. No estaba acostumbrada a que mis padres controlasen todos mis movimientos, los padres de entonces no solían ser así, no veían peligros por doquier. Mi madre no leía mi diario, ni registraba mis cajones, ni leía las cartas de mis amigas que yo me olvidaba, casi adrede, en cualquier parte. Son bastantes las mujeres de mi edad que últimamente, y como si de un virus contagioso se tratara, confiesan leer los mensajes y correos de sus hijas adolescentes. Quieren saberlo todo y protegerlas, pero una mañana la niña se levanta con un piercing en la lengua y unas alas de murciélago tatuadas en en uno de sus homóplatos. Le conté a mi padre lo sucedido en la discoteca. El enfado se nos pasó enseguida. Casi me sentí contenta por la preocupación de mi padre. Otra cosa -muy distinta- habría sido que grabase mis conversaciones teléfonicas, o que hubiera puesto una cámara oculta en nuestro cuarto de baño.

Heraldo de Aragón (25-5-09)

26/05/2009 16:59 cristinagrande #. sin tema Hay 1 comentario.


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