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Cristina Grande

Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2009.

MODELOS

Me encantan esas mujeres mayores, viejas de capital (así las habría llamado mi abuela), que suelen fumar en las paradas de autobús. No siempre son flacas, puede que incluso estén rellenitas. Algunas, muy pocas, lucen sus canas con naturalidad y a ésas en concreto no les importa que las llamen “viejas”. La mayoría son viudas, pero también las hay casadas y solteras de toda la vida. Puede que se ocupen de sus nietos cuando les toca, pero no renuncian a sus actividades cotidianas, sus pequeñas rutinas, como ir al Cinema Elíseos (pongan lo que pongan) o visitar a un pariente con Alzheimer una vez por semana. Lo que une a todas estas mujeres, me parece a mí, más que el lugar donde residan, es su inquietud, ese no parar quietas a pesar de los años. La vieja que llevo dentro tiene desde niña una peligrosa tendencia al apalancamiento, el peor enemigo del cerebro humano, por eso se fija mucho, y toma como modelos a las de su edad que son generosas con la vida. Una de ellas es Ana Mª Moré, que vive en Lérida y es capaz de coger un taxi para asistir a una represanción en el Liceo o para visitar a su queridas amigas de Zaragoza. Ni su quebradiza salud ni nada parecido a la pereza le impiden hacer lo que se propone. Cada año nos envía una enorme caja de “panallets” artesanos, que ciertamente son una exquisitez. Dice que por cada “panallet” que comes, sacas un alma del purgatorio. Es el día de los difuntos y recordamos a los que permanecen guapos y jóvenes en el álbum familiar, que es una especie de limbo para quienes nos dejaron antes de tiempo.

HERALDO DE ARAGÓN (3-11-2009)

05/11/2009 10:03 cristinagrande #. sin tema Hay 1 comentario.

CON EL TIEMPO

Pasado el tiempo, lo que en un principio parecía una desgracia puede llegar a convertirse en una bendición aplazada. Es algo que sucede bastante a menudo, cuando miras atrás, y recuerdas tantas lágrimas derramadas en balde. Vimos en Periferias una actuación callejera de la mítica Esther Ferrer que consistía en algo muy simple: con un rollo de cinta aislante (de la que usan los electricistas) y sus propios pasos sobre la cinta pegada al suelo, la artista iba diseñando un camino de funámbula improvisada. El trazado resultante no era recto. Como en el rastro de los caracoles se notaban las vacilaciones, los parones, los obstáculos sorteados, y sobre todo la larga distancia que puede llegar a recorrerse casi a lo tonto, sin darte cuenta. Me siento con mi madre y con mi hermano tras las grandes cristaleras de una cervecería. Brindamos por la medalla que mi madre recibirá en unos días por sus veinticinco años de colegiación en Zaragoza. Dice mi madre que entonces se sentía vieja para empezar una nueva vida (ya llevaba veintiséis años de farmacéutica de pueblo) pero que la temeridad le hizo seguir adelante. Mi hermano y yo teníamos poco más de veinte años cuando hicimos juntos la primera guardia nocturna. Más tarde mi hermano se hizo cocinero. Trabajó durante años en un restaurante cuya cocina solía estar a más de cincuenta grados. Cuando casi se seccionó un pulgar cortando un chuletón, nos pareció una desgracia, pues para más inri decidió entonces abandonar ese puesto de trabajo. Ahora vemos que aquellas herida seguramente le evitó males mayores. Miro atrás y veo el largo rastro de tres caracoles casi en paralelo.

HERALDO DE ARAGÓN (10-11-09)

16/11/2009 17:45 cristinagrande #. sin tema Hay 1 comentario.


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