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Cristina Grande

Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2010.

LO QUE DIJO EN GRANADA JUAN CARLOS FRIEBE SOBRE AGUA QUIETA

 

Los libros, a veces, nos encuentran.

 

 

No los hemos buscado: en realidad pensábamos que no existían. Y de pronto son ellos los que nos encuentran y se instalan, ya para siempre, en nuestras vidas. No es frecuente que esto ocurra, y por eso, cuando pasa, la vida recobra un sentido que parecía perdido. Está visto que los buenos libros, como el amor, todavía suceden de vez en cuando.

 

 

No sé ustedes, pero en ocasiones incluso nos defendemos de tener una ilusión, una esperanza en algo. Para qué: ya nos las vamos sabiendo todas, o eso nos pensamos, en la literatura y en la vida. Hemos perdido el candor del lector que fuimos alguna vez y, por si fuera poco, a estas alturas la ingenuidad está hasta mal considerada. Pero está visto que los libros honestos, como el amor, todavía suceden de vez en cuando.

 

 

Con perdón del tremendo sustantivo, utilizaré una palabra terriblemente trasnochada para definir lo más importante de esa sensación de pérdida, y cuyo uso, en estos tiempos tan raros que corren, desprestigiará a quien la utilice: y así, siento que hemos perdido la pureza, y con ella la naturalidad, en casi todos nuestros actos. Pero está visto que los libros puros, como el amor, todavía suceden de vez en cuando.

 

 

Los libros, a veces, nos encuentran. Y estos dichosos encuentros suelen venir tocados por un brillante y amable halo de azar –esa forma sutil del destino- y envueltos en el misterioso abrigo de un destino –esa forma grosera del azar- no menos misterioso: cuando todo parecía presagiar algo fatídico, inesperadamente surge aquello que nos salva. Cuando más falta nos hacía. Y es que está visto que los libros tienen sus caprichos, sus rarezas -como el amor, como nosotros, los lectores, los amantes, los nuestros- y un irresistible centro de gravedad que por unas cosas u otras, nos atrapa en su órbita.

Quiso el azar, pues, o mi destino, si se prefiere, que “Vagamundos” me invitase a presentar este libro que había ilustrado mi admirada Esperanza Campos, delicadísima artista, bellísima persona; sólo por eso este libro era ya un gran libro. También quiso mi suerte que cuando su amabilísimo editor, a quien le agradezco la confianza -que a buen seguro hoy defraudo estupendamente- me facilitara un ejemplar de “Agua quieta”, éste que me acompaña, yo había tomado la determinación de visitar la exposición que Agustín Ruíz de Almodóvar había inaugurado semanas atrás y que, por cierto, les recomiendo. Casualidad, digo, porque Esperanza y Agustín se conocen, al menos lo bastante como para compartir vida e hijo en común... Así que estaba de Dios, como diría el castizo, que terminase bebiendo de esta agua quieta.

 

 

Y confieso –y esto no es casualidad, sino el resultado de mis propias catástrofes cotidianas- que necesitaba que un libro como “Agua quieta” me encontrara. Y que la promesa de su agua, en mi peculiar travesía por el desierto, no fuese el espejismo de un oasis. Lo necesitaba como agua de mayo porque, al revés que los almendros que se le helaban al abuelo de la autora, allá por marzo, mi mayo marceaba.

 

 

Y confieso también que cuando me encontró supo, cosa rara, enamorarme de forma casi instantánea. “Agua quieta”, para mí, más que un libro fue un flechazo. Un flechazo que me sucedió cuando paseaba por la cuarta línea del primer capítulo y me tropecé con Rip Van Winkle, personaje fundamental de mis primeras lecturas y, poco después, con el elegantísimo broche que cerraba el relato: “Tanta belleza tenía que significar algo”. Y como en el cuento de Washington Irving, me di cuenta de que había estado dormido durante veinte años: y que hacía mucho tiempo que no leía un libro tan hermoso.

 

 

Si una de las virtudes de esta obra es su ligereza, de una nostalgia tan vivaz que por momentos me recuerda algunos pasajes –salvando todas las distancias- de “El principito”, su aparente sencillez esconde una obra carnosa, riquísima, y de una concentración lírica tan emocionante como inusual. No quisiera caer en el error de hablar de la prosa poética de Cristina Grande, aunque la comparación me resulta irresistiblemente tentadora.

 

Cristina Grande (riojana de la cosecha del 62) es autora también de “La novia parapente”, “Dirección noche” y “Naturaleza infiel”. “Agua quieta” recoge 36 artículos, o columnas, que aparecieron -en su mayoría- en el Heraldo de Huesca, y es una colección de preciosas miniaturas que tienen mucho de álbum familiar que invita a pasar sus páginas degustándolas, casi con una mullida rebeca puesta, mientras la puesta de Sol se detiene en algún hermoso rincón de nuestra propia memoria, iluminándolo. Ella misma lo define en una reciente entrevista como “un libro elegíaco, nostálgico, que tiene la voluntad de perpetuar una herencia, los secretos de familia (…) un libro de estados de ánimos, de personajes y de objetos”. Y ciertamente los recuerdos familiares son tratados con una exquisitez entrañable, con un tono pleno de sutil melancolía no exenta, en ocasiones, de una cadencia turbadora y de una voz dolida.



Los capítulos familiares que contiene el libro se van sucediendo a lo largo de sus páginas de forma tan vertiginosa como meditada. Siendo rápidos, son profundamente reflexivos; siendo fugaces dejan, como esas estrellas errantes que dejan un trazo de tiza en la pizarra de los cielos de verano, la sensación de que ha sucedido algo maravilloso, algo inolvidable. Algo único.

 

 

Las anécdotas son variadas. Un viaje en autobús junto a un señor que duerme; un rayo que, de súbito, retrata a una familia; un racimo de uvas que la protagonista compra y que le hará sentir nostalgia de un vino que ya no beberá… Cristina Grande no necesita más para conducirnos, con una sensibilidad y un tacto exquisitos, a lo más profundo de su memoria y, de su mano, a lo más dulce de nuestro propio corazón.

 

 

En realidad las anécdotas son auténticas miniaturas de una miniatura: mínimas, como el brote de la flor de los almendros de su abuelo, de una variedad poco apropiada para el clima de los Monearos según nos cuenta, y que, “sin embargo, ahí siguen, para recordarnos algo, algo escrito en un lenguaje indescifrable”… Con una riqueza expresiva depurada, para nada manierista, consigue que lo más pequeño cobre una relevancia extraordinaria y que una “solitaria amapola amarilla brille como un pequeño sol de otoño”. No habremos compartido en nuestra infancia los mismos paisajes, ni los almendrales heredados, ni los ríos a los que iba con su hermana a pescar truchas, pero todos –creo-, todos nos hemos sentido en algún momento de nuestras vidas los protagonistas “de una película triste, pero bonita” .

 

En otra entrevista Cristina Grande hablaba de Natalia Ginzburg, de Isak Dinesen, y de Chéjov, entre otros, como autores que han influido, de alguna manera, en su obra. No seré yo quien le contradiga. Y sin embargo me llama mucho la atención, sobre todo en “Agua quieta”, una familiaridad literaria distinta y que me lleva –sorpréndanse todos- al pequeño de los Durrell, al gran Gerald Durrell de “Mi familia y otros animales”, “Bichos y demás parientes” y “El jardín de los dioses”. Afortunadamente ella no está aquí para contradecirme, lo que lamento de veras por ustedes, pero su forma de pintar la presencia de la naturaleza, que envuelve de forma constante sus relatos –sencilla y precisa, apenas esbozada en ocasiones pero no por ello menos primorosa- me recuerda vivamente las descripciones de Durrell de la isla de Corfú, que me sumían en una dulcísimo estado de embriagada melancolía…



Y así, cuando hacia el final del libro Cristina enumera… “el verde de los campos, los olivos esplendorosos después de la última poda, el tomillo en flor, las humildes rabanizas que crecen entre las vides, el romero y la ontina con que nos frotábamos los dedos, todas esas cosas, incluso el recuerdo de los tulipanes que no salieron del todo negros, me pusieron ligeramente triste” no puedo dejar de contagiarme de su propio estado de ánimo, quizá porque la alegría no nos hace del todo felices. Quizá porque, a veces, cuando la belleza nos sucede, también nos pone un poco tristes.

Qué envidia escribir así.





















Juan Carlos Friebe, Junio 2010

20/06/2010 10:08 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

APRENDER

Hace tiempo que asisto a la función anual de la Escuela de danza de Emilia Baylo. Fue por envidia, viendo a mi sobrina sobre el escenario, por lo que decidí que yo también quería aprender a estar mejor en el mundo. Tuve poca suerte con respecto a mis profesores durante mi época estudiantil. De las monjas, sólo recuerdo con cariño a la madre Gil, que era hermana de un actor de moda, y nos daba clases de inglés cruzando las piernas como Sharon Stone. Años más tarde la visité en un colegio de Zaragoza, donde había ascendido a priora, y comprobé con amargura que no se acordaba de mí. A pesar de mi decepción, algo tuvo que ver ella en mi inclinación repentina por la filología inglesa. En la Universidad tuve dos buenos profesores. La semana pasada me encontré con uno de ellos, José Mª Bardavío, y recordé que todo lo que aprendí de literatura se lo debo a él, porque lo que nos enseñaba -por encima de la “Morfología del cuento”, de todo Shakespeare, y del discurso narrativo del cine norteamericano- era la pasión por la literatura y por la vida. Hasta entonces yo no había pensado en ser escritora. De niña me gustaba bailar, pero nunca me llevaron a ballet pues a mi hermana mayor le había desagradado la experiencia. Emilia me dice que soy muy corajuda, y que tengo buen oído. A veces me riñe porque descuido la postura de mi encorvada espalda, en la que ella sabe interpretar mi grado de aflicción. Al salir del Principal veo a mi sobrina emocionada y un poco cansada. Lleva el pelo tirante y los ojos pintados, parece más adulta que yo. Me pongo a su lado y caminamos juntas muy erguidas. Somos alumnas de Emilia Baylo.

 

HERALDO DE ARAGÓN (15-6-2010)

22/06/2010 11:47 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DECIR SÍ

 

Venía de ver a un amigo enfermo y me apetecía un poco de diversión. Pensé en ir al cine, pero me acordé del dolor de estómago que me había entrado el día anterior viendo una película sobre Mussolini. El cielo estaba bonito, muy movido, con nubes veloces que trajeron a mi memoria la primavera escocesa. En ese momento sonó mi móvil. Era mi primo Alfredo para invitarme a una fiesta muy “cool”, justo lo que necesitaba. Qué suerte tengo, pensé. Sin embargo, un repentino abatimiento me llevó a casa como si mis pies no me pertenecieran. Tenía un ataque de nostalgia, de aquellas fiestas de las rosas en el huerto de la Media Legua, de caras conocidas y desconocidas, de todo lo que pude hacer y de todo lo que había dejado de hacer. La misántropa que llevo dentro es una tirana, no me deja vivir con esa “ligerezza” que admiro en alguna de mis mejores amigas. Esa tarde permití que mi parte tirana se saliera con la suya, aun sabiendo que eso era algo reprobable, algo que no convenía a nadie. Mi amigo enfermo me habría reñido paternalmente, como el maestro Po al Pequeño Saltamontes. La cosa es que hay momentos en que el cansancio nos sirve de justificación para la pasividad, para la negación. Mala cosa. Sólo me faltaba acabar el día metida en Internet, el refugio para los solitarios retráctiles. Tenía un correo muy cariñoso de Esperanza Campos, la ilustradora de mi último libro. Me contaba los detalles de la presentación del libro en Granada. Haber dicho no a ese viaje también pesaba en mi ánimo maltrecho. Se acercaba el solsticio de verano y me prometí tomar alguna pócima mágica que me devolviera una ligera inclinación a decir más veces ”sí”.

HERALDO DE ARAGÓN (22-6-2010)

23/06/2010 19:46 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

SEÑALES

Elsa cambió de vida de forma radical. Era una urbanita cinéfila y amaxofóbica, y un verano (hace cinco años) aceptó un trabajo en un hotel de alta montaña. No ha cambiado mucho desde entonces, al menos en apariencia. Tiene la misma sonrisa, la mirada igual de verde, el pelo negro y brillante y el mismo caminar de largas zancadas. Me asombra cuando me dice que ha aprendido a esquiar, que ahora tiene un coche muy majo con el que sube y baja por esas endemoniadas carreteras, que ha recorrido a pie y en solitario todos los caminos de los alrededores. Su hermana no entiende que le guste aquello, para ella todos los caminos y todas las gamas de verde son sinónimos de aburrimiento. A Elsa, sin embargo, le gusta caminar incluso en la oscuridad más absoluta, dejando atrás las luces del pueblo. A mí me produce una gran admiración su sabiduría, la sensación que transmite de haber encontrado un lugar en el mundo. Sé que a ella le gustaría darme una pista aunque no me sirviera para nada, sólo porque intuye que en medio de las soledades yo estoy completamente perdida. Nos hemos tomado un par de vinos mientra España jugaba contra Chile y charlábamos ajenas al resultado. Después salimos a pasear por las afueras del pueblo. La luna llena está a punto de asomar por detrás de una montaña. Casi a ciegas la sigo por una negra carreterilla, hasta que nos damos cuenta de que hemos olvidado el paraguas en el bar de la plaza. Desandamos nuestros pasos precedidas por unos cuantos murcielaguetes. La luz de una farola me parece entonces una señal en el camino.

HERALDO DE ARAGÓN (29-6-10)

30/06/2010 09:35 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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