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Cristina Grande

Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2011.

ABRIL

La gente también muere en abril, entre las flores, uno de esos días claros y hermosos, mientras los remeros pasan bajo los puentes del Ebro y el sol se pone como dibujado sobre un telón de fondo creado para la ocasión. Mientras las calles del Tubo se llenan de amigos que celebran algo, que ríen abiertamente, que tienen niños pequeños, bicis y perros. Mientras las chicas jóvenes cruzan las piernas en la terraza del puerto fluvial y lucen cuerpos ajustadísimos y largas melenas de ninfa. Mientras se hace un vía crucis en el convento de las canonesas del Santo Sepulcro, dentro de su bello claustro gótico renacentista, y alguien hace una foto de un mosaico mudéjar muy bien conservado. Mientras observo la vida a mi alrededor y de pronto recuerdo que mi abuelo murió un 11 de abril, hace ya más de veinte años. Escribí ese día un sentido poema que luego no leí en su entierro. Creo que lo perdí. Creo que hablaba de la ontina, del llantén, y de los cielos de los Monegros. Y mientras lo escribía perdí la voz por completo, durante dos días. Mi abuela, mi madre y yo caminábamos tras el coche fúnebre hacia el cementerio. Era un día de mucho sol. Verdeaba el cereal mientras llorábamos quedamente y el paisaje se veía más bonito a cada paso. Memoria y deseo, dice Eliot en su “Tierra baldía”. No creo que abril sea el mes más cruel. Quizás sea uno de los más implacables por su belleza contundente, y porque la vida parece –sólo parece- recién estrenada, mientras decides que estás orgullosa de tus canas.

HERALDO DE ARAGÓN (12-4-11)

13/04/2011 19:25 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

OJOS ROJOS

 

Afuera se oían tambores. Sonaban rítmicos y amortiguados, como el latido de una enorme criatura que merodease por los alrededores. Adentro la sala estaba oscura. Los ojos se me habían enrojecido al ver de nuevo a José Antonio Labordeta en el documental “La voz del viento” (Víctor Forniés, 2008). Al salir me sorprendió un intenso olor a hierro. Huele a sangre, dijo una mujer. Mi ojos seguían rojos, como los del herrero de mi pueblo. Se llamaba Ángel. Mi madre se disgustaba con él porque hacía lo que quería. En un papel cuadriculado mi madre dibujaba camas, lámparas y apliques que en nada se parecían al resultado final. El herrero retorcía hasta el delirio los elegantes diseños de mi madre. Sus ojos siempre estaban rojos, casi ensangrentados. En algún momento debieron ser unos bonitos ojos azules, de un azul intenso, como su mono de trabajo. Me gustaba mucho ir a la herrería y ver a ese hombre con brasas en los ojos. Es caprichosa la memoria. Me pregunto cuál es la conexión entre el herrero de mi pueblo y José Antonio Labordeta. Quizás la pasión por la vida, esa pasión que transmiten algunas personas y que tiene un cierto olor a hierro. Los tambores seguían sonando en la distancia. Un ligero cierzo bombeaba el sonido como acoplándose a los latidos de mis sienes. Los recuerdos iban y venían en oleadas. El sol se ocultaba simulando un bello atardecer africano. Me escocían los ojos y me habría gustado llorar por los ausentes, pero ellos seguían conmigo, en mi flujo sanguíneo. Acababa de empezar la Semana Santa.

HERALDO DE ARAGÓN (19-4-2011)

25/04/2011 13:02 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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