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Cristina Grande

Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2011.

ACEITE

Fuimos a Lanaja a dos cosas: a ver a mis tíos y a buscar el aceite de nuestra tercera parte del olivar del saso. Mi madre iba en el asiento trasero un poco taciturna. No comentó, como de costumbre, lo manipulables que éramos en aquellos años en los que decían que el aceite de oliva era malo para la salud. Ella compraba en esa época aceite de girasol, dejando arrinconado el aceite de oliva, no sin dolor de corazón, para que tiempo después dijeran todo lo contrario y acabáramos desconfiando de los gobiernos. Iba mirando por la ventanilla, preocupada (supongo) por la salud su hermana. Sólo dijo “está bastante majo el sementero” y “Alcubierre city” cuando pasamos por delante de Casa Ruata. No dijo nada tampoco acerca del incendio vandálico de las trincheras en la ruta de Orwell. Mi tío Carmelo había abierto la puerta falsa de par en par y un gato negro muy fuino me recordó la ausencia de mi abuela. La casa estaba caliente y mi tía sonrió a su hermana. Por un momento se me cortó la respiración al ver por primera vez en mi vida que el reloj de la escalera estaba parado. Me pareció que el corazón de la casa había dejado de latir. Vaya imaginación la tuya, dijo una voz amada para sacarme de mi ensimismamiento. Mi primo Carlo dijo que el aceite de este año era muy bueno, “pura medicina” según él. Cargamos unas cuantas cajas en el maletero. ¿Os habéis creído que tengo un Pegaso?, habría dicho mi padre. Volvimos casi volando. En mi imaginación ese aceite medicinal representaba el amor fraterno, y me puse contenta cuando descargamos las garrafetas en la puerta de casa.

HERALDO DE ARAGÓN (31-1-11)

03/02/2011 09:14 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

HACER Y DESHACER

Se llamaba Creolina, como la sustancia rotulada en alguno de los tarros del botamen de mi abuelo. Era flaquica, de color canela. A veces la sacábamos de la jaula y dejábamos que se metiese por detrás de los armarios, donde podía estar días enteros haciendo misteriosos ruidos. A cierta edad ya no le apetecía salir de viaje. Algo parecido me sucede a mí, que vivo intramuros, en la vieja Zaragoza. Doy muchas vueltas por el Casco y cada día me da más pereza atravesar la plaza Aragón-Paraíso. Los ríeles del tranvía me cohíben, me alejan mentalmente en vez de acercarme. Me horroriza la idea de que el Paseo Independencia, que me gusta tanto, se cierre de nuevo al tráfico para dar cabida a la caravana de hierro. Un día Creolina me clavó su largos incisivos en la yema del dedo índice cuando intenté acariciarla a través de los barrotes. Pasé largos ratos viendo cómo daba vueltas en su rueda, primero en una dirección y luego en otra. Era como si deshiciese el camino que le había llevado lejos de su casa. Hacer y deshacer, a veces para nada. Soy una ciudadana antigua que lleva 31 años empadronada. Conozco mi barrio a la perfección, veo su carencias, sus defectos, su belleza (que permanecerá por los siglos de los siglos), su capacidad de transformación. Me siento parte de él y reconozco que me desagrada la idea del tranvía pero, como no soy un hámster, no puedo morder a nadie. Mi naturaleza pensante me dice que todo es hacer y deshacer, prueba y error, un no parar sin mirar atrás. ¿A qué fin?, me digo. Y como le doy tantas vueltas a la noria cerebral, a menudo me entran dudas.

HERALDO DE ARAGÓN (7-2-11)

17/02/2011 21:45 cristinagrande #. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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